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Little Fires Everywhere

«Creía que ansiaba estar hecha de cosas de niña. De bailes de fin de curso, de besos en la puerta de casa, de yemas de los dedos que casi se tocan. Creía que ansiaba estar hecha de tus promesas. Las que sabían a marfil, fresas y hasta chocolate. Creía que ansiaba estar hecha de finales de cuentos de hadas, donde no sabría distinguir la realidad de los sueños. Así que soñé que te pertenecía porque sabía que me protegerías de las cosas de niñas mayores. De las arañas gigantes, los desastres naturales y también los artificiales. Nunca me había sentido tan segura como contigo en esa jaula. Pero cuando abrí los ojos, vi las rejas doradas que nos rodeaban y no recordaba qué pasaba en el sueño.

¿Era yo el pájaro o la jaula?

¿Era yo misma o una de mis madres?

¿Estaba segura o me estaba asfixiando?

Porque el pájaro está en una jaula y la jaula en una cuidad y la ciudad es de harina blanca pura y mentiras preciosas. Y quizá no podamos huir de lo que soñamos igual que no podemos huir de lo que estamos hechas o quizá sí.

Si logramos al fin ver las mentiras y la ciudad y la jaula en la que vivimos podemos ver muchas cosas más. Podemos ver la puerta. La salida. Y podemos salir volando.»

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Nosotras no estamos hechas para este mundo

Estás destrozada por dentro. Sé lo que es. Sé lo que se siente. Sé que crees que nadie puede comprenderte. Cuando pasas más de un segundo mirándote al espejo las lágrimas empiezan a brotar sin sentido alguno. En ese momento dejas que se derramen. Litros y litros de agua que se traducen en sequía para el resto de tu ser. Pero te da exactamente igual porque tienes la sensación de que no existes. Y, de repente, una angustia recorre todo tu cuerpo al intentar razonar el por qué de esas lágrimas. Entonces llega la desesperación por no encontrar ningún motivo y sentirte brutalmente estúpida por llorar sin razón alguna. Blanda, floja, sensible de mierda, eres una penas y das muchísimo asco. Inconscientemente estas palabras se repiten en tu cerebro martilleándote con una sensación de soledad que te engulle y te hace chiquitita, minúscula, un átomo sería 100 veces más grande que tú. A mí me costó encontrar el motivo pero finalmente lo alcancé. Las lágrimas eran en realidad el terror de no verme reflejada en el espejo, el pavor de haber desaparecido por completo, de que mi esencia se había esfumado y tan solo era un cuerpo lleno de grasa y huesos que no servía para nada.

Que nadie te engañe conque esto se cura porque no es así, pero sí se puede soportar. No tienes que sentirte culpable por llorar o estar triste y mucho menos por disfrutar de un momento de gozo a pesar de que al día siguiente puedas estrellarte. Eres alguien especial y el ser especial no siempre es positivo. Eres diferente a los demás y en el fondo lo sabes. Eso te enerva por dentro y deseas ser como el resto de seres humanos que disfrutan del tiempo sin total preocupación teniendo la vida resuelta. ¿De verdad quieres ser así? Si rebuscas más en tu fuero interno tú deseas ser diferente porque no te gusta el mundo en el que vives. Y créeme que eso no es tan malo. Pero requiere de mucho esfuerzo comprender que para una persona como tú soportar el mundo es mucho más difícil que para los demás. Tiene cosas bonitas, muy bonitas y sé que lo sabes. Y es a eso a lo que tienes que aferrarte para soportar el momento en el que se presentan las cosas malas. Un chiste malo, una sonrisa, un olor que reconoces, el café a media mañana, a media tarde o por la noche, cuando te pruebas un vestido que te queda como anillo al dedo, cuando te miras al espejo e imitas un beso con ese labial que te encanta, cuando saboreas el chocolate que, curiosamente, hoy sabe mejor que ayer, cuando recibes un mensaje inesperado, cuando tu gatita o tu perrita te miran con eses ojos que desatan toda la ternura que la humanidad parece haber olvidado, cuando al día siguiente de resaca le dices a tu amiga que no piensas beber más, cuando ves tu película favorita con ella u os reís al ver una película mala con unas cuantas copas de más e incluso cuando miras el tatuaje de tu brazo y te das cuenta de que 1000 kilómetros, 50 mil u 80 millones de años luz no son nada.

Quizá es que este mundo no está hecho para nosotras y no nosotras para él. Al final llegué a comprender que existen miles de mundos y que, en contadas ocasiones, los compartes con esas personas especiales. ¡Que le jodan al resto de mundos! El nuestro a veces está triste, agonizante pero en cuanto rebosa de vida es el más envidiable de todos. Y sé que lo sabes. Y sé que te vas a volver a encontrar porque no vas a desaparecer.

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Existir

¿Qué ocurre cuando te miras al espejo y no te reconoces? ¿Qué ocurre cuando hablas y no tiene nada que ver con lo que piensas? ¿Qué ocurre cuando sabes dónde está la salida pero estás situado en una habitación de medio metro cuadrado con muros a cada lado? Intentas dar un paso y te das de bruces con el hormigón. Aunque saques todas tus fuerzas te es imposible echarlo abajo para poder escapar.

Ésa es la existencia de Aya. Y creo que coincide con la de muchos.

Lo peor es saber que no está fabricada para el mundo que le rodea. El momento que tiene claro quién y cómo es y que no existe solución para ella. Y, obviamente, el mundo no va a amoldarse a sus pensamientos o a su forma de ver la vida. El mundo sigue adelante sin tener en cuenta las almas que se lleva a su paso. No se refiere al mundo como «la Tierra». Ella, como astro, como planeta, como organismo vivo no tiene la culpa de nada. Quizá ella es la menos amparada, la menos comprendida de un mundo con intenciones conscientes de destruirla. No de golpe, sino torturándola hasta agonizar. Habla del mundo como ente que hemos fabricado con sus dogmas de mierda, sus criterios sin sentido, su psicología irresponsable y de alma autodestructiva.

Existen momentos, hechos en los que recupera la esperanza y ve luz a través de los muros. Pero rápidamente se construyen fervientemente para taparla y que no vea absolutamente nada. En esos momentos siente un nudo en la garganta y un pellizco en el pecho. Le consuela pensar que en ese momento ha conectado con otras almas que están en sintonía con la suya.

A veces tiene la sensación que es la única a su alrededor que tiene los ojos abiertos. Observa los actos y las conversaciones de muchos y no las comprende. No da crédito a lo que salen por sus bocas y piensa… «¿será lo que de verdad están pensando o solo intentan amoldarse al mundo que nos ha tocado vivir?» En algunas ocasiones se ha sentido valiente para expresar lo que siente y, lo que recibe a cambio, son miradas atónitas o de desprecio. Le han llamado loca, amargada, flipada, utópica, altruista, egoísta, negativa, positiva, ilusa, imbécil y hasta atemporal.

Aún así no puede escribir todo lo que se le pasa por la cabeza. Uno es por miedo y dos, porque su cabeza está hecha un lío y solo halla nubarrones que no le dejan expresarse, ni siquiera a través de relatos o textos.

Si algo se está llevando su esencia, la herramienta que tenía para poder escapar y amoldarse mejor a este mundo, ¿qué puede hacer ahora? Quizá lo que muchos han hecho: rendirse al contexto actual, amoldarse y dejar de existir. Ser un ente vivo que sigue esos dogmas de mierda, esos criterios sin sentido, tener una psicología irresponsable y autodestruirse por dentro. Será eso. Tendrá que dejar de existir, ¿no crees?

Qué más da escribirlo todo aquí si nadie la va a leer.

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Coraza

Cuando nacemos, nacemos totalmente desnudos. A los minutos de vida ya nos visten, ya deciden por nosotros que, tapados, es como debemos enfrentarnos al mundo.

Al nacer no poseemos eso que llaman «coraza». Es algo artificial que vamos construyendo a medida que crecemos. No existe una coraza igual, todas son diferentes, marcadas por la experiencia. Al principio naces con una luz propia, con un halo brillante de un color característico que casi puedes palpar. Sin embargo, la coraza va poco a poco elevando un muro tan opaco que no permite que se escape esa luz. Pero ella sigue ahí, aguantando.

Me gusta creer que hubo algún tiempo pasado en el que esa luz era visible, en el que existieron personas a las que no les daba miedo mostrarla en todo su esplendor. Me reconforta imaginarme un mundo lleno de seres humanos que exponían al mundo tantas gamas de colores como personas existen en el planeta. Seguro que no hay un verde igual que otro, ni un violeta que se parezca en lo más mínimo al de su lado y ya no digamos las tonalidades de potentes amarillos que podrían existir. Me encanta imaginarme la vida así, plagada de colores. Y la veo. Pero la veo cuando cierro los ojos en el más puro silencio. La observo mientras tengo la mirada perdida en el momento que reina el caos a mi alrededor. La siento cuando elevo la vista hacia arriba y me topo con la Luna llena mostrándome ese característico tono planteado que solo ella sabe ofrecer. Pero sé que no es real, que realmente no están ahí. Y noto como otro ladrillo más se posa en mi propia coraza.

Vagas en la realidad observando las corazas de todas las personas con las que te cruzas. Todas poseen el mismo tono, algunas parecen más reforzadas que otras. Seguramente hayan sufrido daños, la luz haya intentado escapar y se haya enmendado lo más rápido posible para que no se filtrara, para que no la descubrieran.

Incluso he podido observar absorta mi propia coraza. Tan solo tienes que mirarte al espejo y esperar un rato hasta que dejes de juzgar la imagen que te devuelve. Poco a poco va emergiendo una especie de halo alrededor de todo mi cuerpo. Puedo tocarlo. Su tacto es frío y rugoso, como una roca que acaba de ser bañada por el agua del mar dejando un cierto gusto a salitre.

He probado mil maneras de intentar romper esta coraza. La he limado durante horas, la he golpeado, he intentado fundirla… pero nunca he tenido éxito.

Hubo una ocasión en la que conocí a alguien que había podido ver su propia luz, su color único, pero solo fue un instante, un efímero segundo que le permitió creer en algo más de lo que le ofrecía la monotonía de su día a día. Me contó que, pasadas horas mirándose al espejo, tocó su reflejo y, simplemente, sonrió.

Y, de repente, todo a su alrededor comenzó a temblar, su corazón se aceleró hasta llevarlo casi al colapso, pero aguantó, aguantó aunque su garganta se tornara seca hasta dejarlo mudo. Mientras tanto la coraza comenzó a fundirse, se derramaba por todo su cuerpo notando cómo le producía quemaduras y llagas en la mayor parte de su piel. Pero resistió, no apartó en ningún momento la vista de su reflejo, aún notando la sangre palpitando bajo su piel y una vista que se nublaba acercándolo al más puro vacío. Me confesó que el truco era no apartar la vista y, mucho menos, dejar de sonreír.

Y ahí estaba. Ahí estaba su aura. Pura, como si acabara de nacer.

Desde su confesión he probado a descubrir cuál es mi luz tantas y tantas veces que he perdido la cuenta. Por más que me miro fijamente al espejo, por más que le sonrío, la coraza sigue ahí, reconstruyéndose, reforzándose.

Ojalá vuelva a encontrarme de nuevo con esa persona. A veces pienso que me falta algo para poder hallar mi luz. Y otras veces me gustaría encontrármelo para pegarle una paliza por embustero.

Pero dicen sus más allegados que ahí sigue, sin despegar su mirada del espejo. Sin dejar de sonreír.

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Heaven only Knows

Shhh, silencio. ¿Oyes los cánticos angelicales? Solo podrás oírlos cuando dejes de justificar cada palabra, cada gesto, cada acto. Solo podrás alcanzarlos cuando no te sientas culpable por caminar con paso firme. Sólo podrás deleitarte con sus voces cuando no te tiemble la voz al expresar lo que verdaderamente sientes.

La vida misma es el purgatorio y los únicos pecados más atroces que puedes cometer es no ser fiel a ti mismo, no sentir lo que quieres sentir y no abrir los ojos de par en par a la realidad que tengas delante, aunque creas que es un sueño precioso que no debe estar ocurriéndote, aunque creas que es la pesadilla más atroz que no te mereces.

Deja de echarte la culpa por todo. Solo eres un ser que vive. Solo eres un ser humano. Tú no tienes el derecho de decidir qué está bien o qué está mal para el mundo, pero sí qué está bien o qué está mal para ti.

De vez en cuando relájate y deja que el silencio te acompañe, aunque te encuentres en la ciudad más ruidosa del mundo. Es entonces cuando escucharás las voces que hay al otro lado, en aquél lugar que algunas religiones llaman el Cielo y otras el Paraíso. Incluso podrás desgarrarte con los gritos de socorro de los que habitan en el Infierno o los que se han perdido en el Nirvana.

Quizá ese silencio no dure para siempre, pero sé que sonreirás, sé que te sentirás fuerte para continuar tu camino. Y, aunque sea por unos días, serás tú mismo, te sentirás indestructible, tarearás canciones que no son de este planeta y no sucumbirás a la monotonía. Durante esos días cuando la brisa sople la notarás como una caricia, cuando escuches una risa será como una melodía para ti y cuando una mirada se cruce con la tuya estallarán fuegos artificiales.

Sacrifícate por sentir lo que quieres sentir. Sacrifícate por acercarte a otro plano de la realidad. No tienes que justificarte.

Total. Solo el Cielo lo sabe.

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