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¿Cuándo ocurrió?

Cuando era niña solía ser el centro de mundo.

Creía que, si me dormía, el mundo entero se detendría.

El mundo entero se movía para mí y no podía imaginar un mundo sin mí.

Durante esos días todo lo que existía lo hacía para quererme.

¿Cuándo fue?

¿Cuándo me di cuenta de que el mundo sigue girando sin mí?

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo me di cuenta de que no era el centro del mundo?

¿Cuándo fue?

¿Cuándo me di cuenta de que solo era una de las muchas personas que lo habitan?

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo coloqué a otra persona en el centro de mi mundo?

Me he dado cuenta de que hay cosas que no puedo tener por mucho que las desee…

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo empecé a odiarme por querer ser amada?

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Broken doll notes

“Ábrete en canal, rasga tendones, córtate las venas y las arterias, que te dé igual destriparte, perfila el hueso hasta que desaparezca y, cuando veas el vacío, ahí estás tú”

“Algunas palabras sientan como echar azúcar en un vaso de agua fría. No importa cuántas veces lo remuevas, nunca se deshace”

“A veces no necesitamos que alguien nos arregle, a veces sólo necesitamos que alguien nos quiera mientras nos arreglamos nosotros solos” – Julio Cortázar

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Temblores

Nacemos con prisa por amar, sea como sea. Cuando somos niños no somos conscientes de cuán importante es ese sentimiento porque no necesitamos cuestionárnoslo.

Un niño odia sin más, pero ama sin reparar en qué significa, simplemente ama. Y, por esta misma razón, le es fácil decir que algo le gusta como luchar por lo que le vuelve loco.

A medida que creces te das cuenta de lo mucho que duele y, como buenos humanos, ponemos una coraza para evitar que volvamos a registrar ese momento amargo que no le desearíamos ni a nuestro peor enemigo. Pero no nos cuentan de qué manera se pierde la esencia de cuando amábamos de verdad, sin miedo al qué pasará, sin miedo al qué dirán, sin miedo a los rechazos, sin miedo al futuro, sin miedo a ti mismo.

Corre, corre, que crees que el tiempo se te acaba y hay que disfrutar al máximo. Probar y nunca dejar rastro. La primera regla es no enamorarse nunca, es no abrir tu corazón a nadie, jamás de los jamases.

Llegará un momento en el que has llegado a un número ilimitado de seres con los que habrás conseguido miles de experiencias vacías para no declararte culpable de no sentir. Culparás a los demás por no entregarse a ti cuando tú hacías exactamente lo mismo con ellos. Culparás al que quiso aprovecharse de ti, culparás al que nunca te dijo “te quiero” aún habiéndolo visto en sus ojos, en sus gestos y en cada caricia. Culparás al que te lo dijo tantas veces que acabó derramándose junto a tus lágrimas al darte cuenta de que esa frase era compartida con muchas más.

Y, sobre todo, te culparás a ti por no amar de verdad.

 

 

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Broken

unge lovende

No pretendía salir a hacer nada especial. Sus amigas le liaron para tomar algo estando ella en pijama. Fueron tan, pero tan insistentes que acabó cogiendo cualquier cosa para salir con tal de que se callaran.

Se miró al espejo durante un solo segundo y le repudiaba la imagen que le devolvía. Pelo revuelto, sin color en los labios aunque quedaba algo de rímel aún bien instalado en sus pestañas. Si de algo se alegró antes de salir por la puerta con sus amigas fue por el dineral que le costó esa marca y que, al menos, funcionaba como decía la caja.

Sin ganas entraron a un garito donde servían cerveza fría en jarras de medio litro y donde abundaban los billares y la poca iluminación. Quizá por eso él se fijo en ella.

Tras varios litros de cerveza en el cuerpo cualquier cosa parecía bailable y se convirtió en una hacha en el billar. Él le contaba historias divertidas y conseguía sacarle la sonrisa, hasta hacerle olvidar ese pelo despeinado, ese vestido maltrecho y esos labios sin color que se llenaron de gozo al besarle inesperadamente. ¿Sería el alcohol?

Ahora ella sonreía mientras hacían el amor. Reía a carcajadas junto a una persona especial que le miraba con dulzura y lujuria. Aún permanecía intacto el rímel en sus pestañas. Se había olvidado de su pelo desaliñado, de su vestido usado de dos días y sus labios consiguieron un bonito color rojizo debido a los besos y a los pequeños mordiscos de los juegos previos al sexo.

Al día siguiente, él le preguntó qué quería para desayunar y ella respondió muerta de hambre:

  • “Algo de McDonalds, ya sabes que me encanta ese sitio” – le comunicaba con una sonrisa pícara.

Él cogía cualquier cosa que llevarse al cuerpo para no formar escándalo público. Ella está acostada en la cama con apenas una sábana que quedó tras una noche revuelta. Está de espaldas. Gira la cara para darle un beso con mensaje de “hasta ahora mismo”.

Mientras se besan él no se da cuenta, pero de los ojos de ella brota una lágrima furtiva que surca sus mejillas rosadas complacidas por el sexo. Pero él solo ve que sonríe y le dice que le esperará en la cama para ese desayuno grasiento y nada saludable.

Cuando él cierra la puerta ella vuelve a incorporarse en la misma posición en la cama. Su brazo abraza la almohada y deja entrever sus ojos verdes cubiertos de lágrimas. No observan nada, están sumergidos en el vacío.

Si la observases a ella ahora mismo, en este instante, comprenderías que todas esas carcajadas, que esas mejillas sonrosadas, que esa felicidad efímera, era en realidad una capa que acaba de deslizarse para dar rienda suelta a un ser profundamente hundido, perdido y roto.

 

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Desgarre

Otra vez mi piel se cae a trozos, otra vez el desgarre consigue que me sienta frágil y desamparada.

Ni el paraíso más codiciado de todas las religiones existentes conseguirían que volviera en sí. Siento que he desaparecido.

Mis pies descalzos no dejan de sangrar mientras camino en la oscuridad más temible de todos los tiempos. No consigo iluminarla, no consigo que desaparezca. No oigo mi propia respiración.

Esperando el arrepentimiento de un alma que hace tiempo echó a volar. Me quedé aquí esperando a que volviera, a que me sacara de la oscuridad que empezaba a comerme por dentro, a callar mi voz. Ahora me he quedado ciega y nada ni nadie conseguirá que no me desgarre.

¿De verdad tengo que seguir esperando? ¿Para qué?

Este desgarre es tan profundo que no podré sobrevivir una vez más.

Caminando sin destino, sin una guía que ilumine el camino me he detenido.

El desgarre se suma a un grito de desesperanza que consigue romper mis cuerdas vocales.

No sé si mi voz pudo llegar al cielo, allá donde echaste a volar.

Ojalá sobreviviera para saberlo…

 

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