A L I E N


Antes de comenzar recomiendo leer el texto con esta canción. El tema es original de Coldplay y trata de concienciar sobre la situación actual de muchos de los refugiados. He querido basarme en su letra de una manera más abstracta para contaros una pequeña historia que no tiene que ver directamente con este tema. Quería dejarlo claro antes de nada, ¡gracias!

 

Extraño. Es extraño.

Es realmente aterrador cuando no encuentras tu hogar.

En cualquier lugar el cobijo es posible. Tienes un techo, pero solo es válido para cubrirte de la lluvia o del viento. Sin embargo, dentro de ti sigue avanzando una batalla que no parece tener fin, que te destroza si no logras encontrarte y recomponerte.

Es un continuo vaivén de preguntas y de respuestas que no cesan. Debajo de cada una de esas cuestiones se encuentra la pregunta: “¿quién soy?” Encontrar un hogar no es tan fácil como parece. No puedes obtener paz si no sabes realmente quién eres.

Hace tiempo conocí a alguien que me confesó ser un extraterrestre, un alien perdido en una tierra que no conocía y que, lo único que deseaba, era volver a tener un hogar, sentirse como en casa. Su aspecto era tan humano como el tuyo o como el mío, pero había algo en sus ojos grises de grandes iris que desconcertaban, que te hacían reconocer que, realmente, no era de este mundo. Sabía que no era posible volver al origen, echar la vista atrás para mantenerse vivo en recuerdos del pasado.

Le pregunté su nombre. No supo contestarme.

Le cuestioné sobre su edad, sus estudios o su trabajo. Su cara de desconcierto me daba la respuesta de que entendía perfectamente mi idioma pero no podía darme una respuesta. No la sabía. No la recordaba. No estaba ahí.

Entonces, llegó la hora de que me hablara sobre dónde venía.

Sus ojos comenzaron a brillar y una sonrisa empezó a perfilarse en sus labios pues, por fin, había logrado recordar algo. Me cogió de las manos con tanta fuerza que me hizo daño. Ahora mi cara era de desconcierto.

En su planeta habitaban los árboles de hojas de color rosado, mientras que el cielo se tornaba de color verde añadiendo unas nubes que pasaban de ser blancas a amarillas según cómo se encontraba la atmósfera en ese momento. Su cielo lo iluminaban dos preciosos soles en un sistema binario de estrellas que brindaba un espectáculo durante cada amanecer y cada atardecer.

Pero tan solo había que esperar a la noche para maravillarse de un espectáculo mucho mejor de seis lunas, cada una con sus características totalmente diferentes que iluminaban el cielo cuando los dos soles se escondían.

Recordaba la brisa en su rostro mientras admiraba la belleza del cielo estrellado acompañado de todos estos satélites. Pronto me habló de mi planeta y de las bellezas que posee, nada envidiables al suyo, pero algo había cambiado en él. Conseguía acordarse, poco a poco, de sus recuerdos. Un viajero del espacio que no tenía miedo a nuevos parajes por muy inhóspitos que fueran. Pero no podía sentirse como en casa, como cuando era niño y jugaba entre los matorrales de diversos colores violáceos. No se encontraba, no estaba, no existía…

El alien me miró y me cogió la mano aún más fuerte. Noté una extraña energía que recorría todas mis venas y mis arterias hasta provocar pequeños chispazos en mi cerebro. Agachó la cabeza y me confesó que yo me sentía igual que él en este momento, no tenía hogar, no me encontraba, no estaba, no existía:

  • “Si no sabes quién eres nunca encontrarás tu hogar”
  • “Sé perfectamente quién soy y qué quiero”
  • “¿Estás segura?”
  • “Sí”
  • “¿Y por qué no puedo escucharte? ¿Por qué noto tu alma rota por dentro?”

Una luz cegadora apareció de repente encima de nosotros. La mano del alien iba desprendiéndose poco a poco y noté como mi cerebro desconectaba de algo, creando un click que me dejó noqueada durante unos segundos. Cuando me di cuenta vi como el extraterrestre ascendía como un ángel hacía arriba, hacia la luz cegadora. Pasados unos segundos todo se volvió oscuro, silencioso, como si nada de esto hubiera ocurrido. Mis ojos soltaban lágrimas tímidas y comencé a temblar.

Y, entonces, murmuré casi sin darme cuenta:

“Solo quiero volver a casa de nuevo”…

 

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