Al final del camino

¿Has recorrido ya tu camino? ¿En qué parte te encuentras? Lo gracioso de la vida es que no sabes cuánto sendero nos queda. Cierto es que, la vejez, es cuando notas que los pasos pesan más y el final se acerca. ¿Pero quién nos asegura que el camino es corto o se alargará hasta 10 años más? Nadie.

Algunos de estos caminos están llenos de tierra, de enormes piedras que aparecen y desaparecen a su antojo. Por mucho que tengamos cuidado acabamos tropezando y duele, ¡joder si duele! Pero hay que seguir caminando porque, todavía, queda mucho por recorrer. Descalzo notas la tierra que se resbala por tus dedos, que va acariciando la piel de todo tu pie creando una singularidad y una intimidad que solo tú conoces. Cuando llevas demasiado tiempo caminando, empiezas a notar cómo ya no acaricia, sino que roza hasta provocar llagas. Empiezas a sangrar… el camino sigue y hay que acabarlo.

Hay otros senderos de asfalto, como una carretera infinita de doble sentido que se abre entre montañas, creando sombras fantasmales que, realmente, aterran. Y hace frío, mucho frío. Sin embargo, no hay marcha atrás, ni siquiera curvas. Solo un horizonte basto sin nada interesante, sin ninguna motivación para seguir avanzando. Pero sigue caminando. Sin descanso.

Existen pequeños pasajes donde crece la hierba, donde los colores asoman a doquier para provocar un alivio en tus pies que no dejan de sangrar por la rozadura del asfalto, de la tierra, de las piedras, del Sol abrasador y de las noches frías donde la Luna no quiere aparecer.

Pero es el camino y hay que llegar al final.

¿Has conocido a seres mientras caminabas? Estos seres que aparecen y desaparecen a su antojo están para entretenerte, para que no se te haga tan duro el recorrido. Sin embargo, algunos te cogen de la mano para aguantar kilómetros y kilómetros a tu lado. El doloroso momento en el que tienen que marchar, en el que deben seguir sus pasos porque tu dirección es una y el de ese ser es otra. Cuando ocurre esto decides parar un momento, arrodillarte en el camino y esperar a que vuelva. Pueden pasar siglos, milenios… nunca va a volver. La esperanza de que los caminos se crucen es lo que permanece hasta el final.

De repente, una fuerza sobrehumana se apodera de ti y consigue que te levantes. Tus pies se han curado de las heridas y están dispuestos a seguir hacia adelante. Vuelven a darte la mano, vuelves a sonreír, vuelves a sentir que no estás solo hasta que llega el final, a veces tan largo, a veces tan de sopetón.

Una enorme cortina se sitúa entre el cielo y la tierra que pisas. Un resquicio deja pasar la luz cegadora, como si el Sol solo consiguiera pasar por ahí mientras todo queda en penumbra. En ese momento todo desaparece, sólo estás tú y la enorme cortina que espera a que la abras para pasar al otro lado. Entonces, tras tanto tiempo caminando solo, tras tanta desesperanza, tras sentirte abandonado mientras tus pies se curaban al mismo tiempo que tu corazón se recomponía, te sorprende descubrir que hay muchas más cortinas a lo lejos, más hilos de luz de esperanza. Y descubres que no estás solo, nunca lo has estado. Porque todos sentimos algo parecido, porque todos tienen un camino.

Tu voz llegará a algún lugar y conseguirá que los que siguen caminando sonrían, aunque sea por un ápice, por un instante y ni siquiera sepan de dónde viene esa sensación. Canta, sonríe y traspasa la cortina. Todo ha acabado. Tus pies no sangrarán más. Tu corazón está intacto y late, sin descanso.

Entonces, quizá en ese momento, te hagas las siguientes preguntas:

¿Cómo podemos sentirnos solos si todos experimentamos el mismo sentimiento?

¿Cómo podemos sentirnos abandonados cuando todos queremos lo mismo?

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