Posts by Ghibril

雨のセレナーデ (Ame no Serenade)

“La serenata de la lluvia”

Como un kamikaze ella vagaba sin miedo por las cuerdas de un destino totalmente desconocido. Antes le cegaba el Sol, caminaba a paso lento para prevenir las caídas, para no hacerse daño, pero había aprendido que, a pesar de ser previsora, no podías evitar pisar un suelo lleno de espinas. Se encontraba cansada y apática persiguiendo sueños imposibles e ilusiones que nunca se manifestaría palpablemente.

Una noche escuché una triste serenata sin letra interpretada maravillosamente por una banda desconocida bajo un día de esos de lluvia tan espesa que no dejaban ver más allá de dos metros. Narraba la historia de la chica kamikaze, una chica a la que no le importaba sacrificar su cuerpo para poder liberar su mente. Luchaba para no caer rendida cada día por el peso de una vida que no le había sido agradecida.

No le importaba en absoluto ser golpeada una y otra vez mientras que su mente, su alma, permanecieran intactas. No fue fácil conseguir ser una kamikaze para poder proteger su propio espíritu. Pero ni los que luchan cuerpo a cuerpo son inmunes a las heridas del alma. Tras varios tropiezos que le llevaron varias veces al abismo, pudo recuperarse una vez más. Solo una vez más.

Podías rozar su fortaleza con solo echarle un vistazo, te cautivaba su sonrisa que parecía no tener fin, te inundaban sus preciosas palabras sobre positivismo y frases que no se cansaba de repetir: “Todo va a salir bien”. Pero, cuando la chica de la serenata de la lluvia se quedaba sola, su fortaleza se hacía añicos y caía al suelo desplomada, su sonrisa se convertía en un gesto de dolor constante porque, los cristales rotos de su propio caparazón le provocaban heridas irreversibles y, sus preciosas palabras se transformaban en horribles comentarios sobre ella misma. Y cuando se miraba al espejo no era capaz de formular su cántico de positivismo y de poder. Balbuceaba, tartamudeaba y se rendía.

Cada día volvía a colocar cada pieza de su fortaleza antes de enfrentarse al mundo. Sin embargo, la chica kamikaze había construido desde las cenizas tantas veces su propia coraza que su estado se convirtió en apatía total, dándole igual absolutamente todo.

La apatía comenzó a consumirle y esperaba con ansia los días de lluvia espesa para esconderse en su propia oscuridad y sentir algo en su piel.

Uno de esos días de lluvia se topó con una pequeña banda desconocida que tocaba en la calle. Le conquistó la pequeña guitarra eléctrica que denotaba tristeza en cada nota y un contrabajo que manifestaba soberanía junto a un ligero violín y una batería que querían conquistar el Universo. Tocaban para ella la frase “Todo va a ir bien”. Y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió para ella misma. La música erizaba cada pelo de su piel y no pudo evitar arrancarse a cantar. Se sorprendió por tener escondida una voz cautivadora y preciosa que necesitaba salir y expresarse desde hacía mucho, pero que mucho tiempo.

Así es como comenzó la historia de esta serenata. Así es como comenzó a tener letra para darle forma a una canción triste pero cargada de sentimientos.

Sin embargo, nunca más volvió a ser interpretada por la chica kamikaze. Tras cantar la serenata de la lluvia ella se giró hacia la banda y les sonrió con dulzura, una sonrisa que era verdadera y desprovista de coraza.

Caminó con paso firme hacia el horizonte. Los chicos de la banda vieron cómo se alejaba y se difuminaba con la lluvia espesa hasta verla desaparecer.

Desde ese día, todas las noches de lluvia espesa, la banda desconocida tocan sin descanso esperando a que, la chica kamikaze, vuelva a aparecer.

Pero, hasta la fecha, no se ha sabido nada más de ella.

神風女の子はどこだの ?

 

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El chico de los mapas

“¿Podrías poner tu dedo sobre un mapa y decirme dónde estás?”

Ella conoció a una persona que era capaz de saber todas las capitales del mundo y a cambio le pedía que le contara historias del universo.

Mostraba interés por mundos que aún quedan por explorar y que ella intentaba explicarle torpemente.

Los mundos inexplorados así como las incógnitas del vasto universo te permitían viajar sin descanso y poder imaginarlo todo, desataban la capacidad de inventártelo. Ella se sentía cómoda con este panorama. Sus ilusiones podían moverse libremente porque, apenas, había nada escrito. No obstante, el globo terráqueo se encontraba, casi en su 100%, investigado, descubierto, topografiado, pisado y, en muchas ocasiones, destruido…

Él se encontraba a gusto en ese mundo, en un mundo más seguro, donde poner los pies en la tierra, donde poder ubicar las capitales, donde residir sus conocimientos.

Sin embargo, a ella le era imposible poner los pies en tierra firme. Sin poder evitarlo elevaba sus pies en su mente y dejaba que volaran sin rumbo, perdiéndose en su mundo de fantasía donde no existe el dolor. Dispersa en sus pensamientos el chico de los mapas le acarició la cara con cariño y le susurró: – “¡Vuelve!”

En ese momento ella se esperanzó con el hecho de que, por fin, alguien la haya encontrado perdida en las fronteras de una Tierra inmensa que había generado en su propio cerebro, que le hubieran cogido de la mano con la esperanza de hacerle volver, de mantenerse a su lado sin miedo, sin condiciones, simplemente porque no quería soltarla. Porque ella era el punto en el mapa donde quería quedarse, al menos por ahora…

Pero su mundo no se encontraba en ningún mapa conocido, en ninguna Tierra, en ningún mundo descubierto y que ya se ha topografiado. Su mundo estaba totalmente inexplorado aún y nadie sabía qué podía hallarse en su superficie.

Ella solía decir siempre que hay que decir las cosas bonitas cuando las sientes, que no hay que esconderlas porque nunca sabes lo feliz que puedes hacer a alguien en ese preciso momento. Le mostró al chico de los mapas a no tener miedo a expresar lo que sentía, pues era lo poco que nos quedaba bonito de lo que nosotros llamamos humanidad, de los habitantes que habitan el planeta. Ella le enseñó que todavía existía el cosquilleo en el estómago, esas famosas mariposas que revolotean traviesas y tímidas, que todavía se podía tener 14 años y experimentarlo todo como si fuera la primera vez.

Otra vez más la estrella de cinco puntas volvió a quedarse incompleta. Otra vez sería la persona que se convertiría en una transición más, en una especie de lección que aprender para aplicar todo lo adquirido a otra persona. Ella ha sido el parche que ha aliviado el dolor mientras enseñaba a cómo sentirse mejor, a cómo hacer sentir a otros a gusto, en consonancia entre cuerpo y alma. Una enfermera, una tirita a la que utilizar para paliar el dolor cuando se está herido y de la que olvidarse cuando ya se está curado.

Ella había sido Venus durante una temporada y ahora solo quedaba como una estatua maltrecha y podrida en la que las aves depositaban sus heces. Quizá hasta que alguien se digne a limpiarla, si alguien se da cuenta de que está ahí.

Ella fue un lugar desconocido en el que topografiar un mapa y, una vez sabida sus ciudades, mares, bosques y entresijos, perdía todo el interés.

Total… era una isla escondida y perdida…

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¿Sigues amando?

“Lanzo un grito mudo al cielo

que lo escuche el mundo entero, menos tú

Lanzo un grito mudo al cielo

que me sirva de consuelo”

 

“Lanzo un grito mudo al cielo

que lo ignore el mundo entero, menos tú

Lanzo un grito mudo al cielo

que te sirva de consuelo”

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El baile de las máscaras venecianas

Hace unos meses me invitaron a una fiesta del todo singular. Podías ir como quisieras con la única condición de que te pusieras una máscara veneciana y no te la quitaras en el trascurso del evento.

Acepté ya que me habían hablado muy bien de él.

Opté por mis mejores galas y, aunque sé que nadie podría ver mi verdadero rostro, me maquillé como nunca antes. Incluso fui a la peluquería y al salón de belleza. Nunca sabes cuándo va a surgir la oportunidad de encontrar a ese “alguien” que cuentan que es para toda la eternidad.

Estaba tan segura de mí misma que me autoconvencí de que, durante la noche, alguien se quitaría la máscara para mí y yo lo haría para esa persona mostrándole mi verdadero rostro, mi verdadero ser.

Los nervios corrían por mis venas erizando mi piel a medida que se acercaba la hora del evento. Tenía la extraña sensación de que algo iba a cambiar, de que algo emocionante iba a acontecer en apenas unas horas.

La fiesta de las máscaras venecianas tenía lugar en una vieja mansión del siglo XIX. Podía percibirse que existía por las luces que emanaban del interior, así es como pude localizarla tras un pequeño recorrido de tierra que construía un camino alrededor de un denso bosque. Me sentía como si formara parte de un poema de Edgar Allan Poe. Sin embargo, estaba situada en el año 2018, aunque mi corazón iba notando como el tiempo se paraba, que no existía el pasado, el futuro y, mucho menos, el presente.

Cuando llegué a la puerta tenías que tocar un total de seis veces y decir la contraseña: “ilusión”.

El interior era mágico, era de otra época, de otro planeta, de otro universo… Me adentré en una enorme sala decorada al estilo barroco donde cientos de personas bailaban con música actual. La ropa de cada uno de ellos era totalmente diferente. Algunos prefirieron elegir trajes relacionados con la edad dorada italiana, otros vestían simplemente con unos vaqueros y una camiseta y, allí estaba yo, vestida con un precioso vestido de color violeta que llegaba hasta mis pies con pequeñas perlas que brillaban hasta en la más profunda oscuridad junto con un pelo rojo como la sangre. Mi máscara simbolizaba un felino con retazos dorados y plateados que esbozaban una pequeña sonrisa dulce e inocente.

Me colé entre la gente buscando algo para beber, pero no existía comida ni bebida. Era curioso porque, a medida que pasaba el tiempo, no sentía sed y, mucho menos, hambre. Notaba como la máscara se adhería a mi rostro. Cuando intenté tocarla para levantarla por esta extraña sensación alguien me cogió por el brazo y me llevo a un rincón más vacío y empezó a bailar conmigo.

Yo escuchaba una dulce voz tras una máscara ennegrecida por el uso pero que, extrañamente, me atraía sin más. Me olvidé de las máscaras, me olvidé de comer o de beber, me olvidé del tiempo y del mundo. Sentía jolgorio y emoción de un rostro que se abría ante mí y que me transmitía la suficiente confianza para comernos el universo, si me lo pidiera.

Tras horas bailando y riendo decidimos salir al balcón para tomar algo de aire y permitir que el sudor se disipara. Notaba cómo, mientras me explicaba su vida, sus ideas del pasado y sus ideas de futuro, mi corazón latía más fuerte. Ensimismada toqué su máscara y me sentí confiada para poder quitarme la mía, dándome igual hasta si el maquillaje se había corrido y si ya no estaba tan perfecta como cuando entré.

Pude desprenderme de ella lentamente olvidando ese miedo a que se hubiera quedado pegada a mi rostro como cuando entré, desconfiada, con miedo, con hambre, sed e, incluso, desesperación. Él todavía poseía su máscara vieja pegada a su rostro.

Por fin pude quitármela y, mirándole a sus supuestos ojos, le sonreí.

De repente… ¡un grito de horror! El chico de la máscara ennegrecida salió corriendo. No entendía nada pero mi alma me pedía seguirle. Entré de nuevo a la gran sala llena de personas. Giraban sus caras a mi rostro desnudo de cualquier máscara veneciana y comenzaron a escucharse gritos de desesperación y me di cuenta de que, yo misma, provoqué una gran estampida.

Me quedé totalmente sola en una gigantesca sala con una música animada que sonaba en bucle.

Tras varias horas postrada en el suelo lo entendí absolutamente todo.

El mundo no está preparado para las personas que van sin máscaras. El mundo tiene miedo a la realidad. El mundo tiene pánico a la auténtica verdad del alma.

Postrada de rodillas y con lágrimas derramándose por mis ojos, cogí mi preciosa máscara veneciana que aún continuaba en mi poder y la coloqué suavemente sobre mi cara.

Se adhería, se pegaba, se fusionaba conmigo… comenzaba a formar parte de mí. Intenté desprenderme de ella pero, esta vez, era un caso imposible. Sin embargo, me daba igual. Si quería sobrevivir debía llevarla toda mi vida.

Antes de salir de la mansión me miré en el espejo de la entrada y noté como la máscara sonreía con ligera tristeza.

Cerré la puerta de un portazo.

 

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El donante

¿Tú también eres un donante?

El otro día me quedé dubitativa sobre qué significa el verbo “dar”. Si no posees algo no puedes ofrecerlo, de ahí que sean tus existencias las que están en juego a la hora de separarte de ellas. Supongo que es ahí donde prima también la importancia del “recibir”. Así es como se compensa la balanza y tu bolsa de detalles, tu propia vida, no se queda vacía.

Hace tiempo conocí a alguien que se quedó bajo mínimos sobre lo que podía ofrecer. Sin embargo, no le importaba en absoluto. Se sentía bien dando todo lo que podía sin pedir nada a cambio. Antes de que desapareciera pude coincidir y hablar sobre lo que estaba ocurriendo. Le dije que lo lógico era que recibiera aunque no tuviera que pedirlo, pero seguía sin darle importancia. Mis ojos veían cómo se iba consumiendo a medida que ofrecía su aliento, su propia respiración si hiciera falta, de dar todo lo que podía, de donar incluso su propia alma si fuera necesario.

Esa vez recordaba que aún sonreía, aunque estaba quedándose en los huesos.

Pasados meses intenté que volviéramos a vernos. Estaba realmente preocupada porque su aspecto, aunque todavía risueño y jovial, pedía auxilio. Leve, casi imperceptible, notaba una vocecilla que salía de la comisura de esos labios que trataban de explicar que todo iba bien, pero que en lo más profundo pedía auxilio desesperadamente.

Aunque me costó lo localicé y volvimos a vernos. Cuando llegué al sitio acordado pedí un vaso de vino y algo para picar. Apareció cual fantasma errante. Casi podías tocar las cuencas de sus ojos, casi podías respirar el frío de su piel, casi podías estremecerte con su tristeza, con su desesperación. Me contaba que ya no tenía más que dar y empezó a donar. A donar todo lo que podía. Hablaba con indiferencia, como si todo ya le diese igual. Ni siquiera se esforzaba ya en ofrecerme una sonrisa. Era obvio, no le quedaba, incluso ya las tenía endeudadas.

Le cogí la mano, huesuda y sin vida, intentando encontrar algo de vida en sus ojos. Solo encontré vacío.

Me acerqué a su rostro semi-muerto y le miré fijamente a los ojos. No los encontraba. Me pegué a su lado intentando encontrar los latidos postrada en su pecho, pero ni con el silencio más absoluto habría escuchado nada. Con mi mano acaricie su pelo y su rostro con esperanza de que resucitara.

Entonces fue cuando me la apartó de su rostro y me miró por primera vez desde que nos habíamos encontrado en esa ocasión. Me confesó que no podía permitir que fuera amable porque ya no tenía nada que ofrecerme, nada que darme, nada que donarme.

Volví a poner la mano sobre una cara en la cual podías perfilar perfectamente su calavera, pero volvió a apartarla y con lentitud se levantó de la mesa y se fue arrastrando los pies.

Al llegar a casa tras nuestro último encuentro cogí una caja y empecé a colocar cientos de caricias, miles de abrazos, toneladas de besos y millones de sonrisas. Esa caja pesaba una eternidad pero conseguí que la recibiera.

Cuando la entregué pasé por mi habitación y me miré al espejo. Mi imagen era aterradora. Era ese mismo esqueleto que había reconocido en esta persona que estaba desapareciendo. Sin embargo, todavía podía sonreír.

Pasadas semanas empecé a no sentir absolutamente nada. Me dolía horrores poder esbozar una leve sonrisa y notaba como mi interior se iba perforando en un agujero negro que hacía desaparecer cualquier sentimiento.

Cuando mi corazón empezaba a detenerse tocaron a la puerta. No quise saber quién era. No me importaba absolutamente nada. Pero quien se encontraba tras ella insistió tanto que ganó la batalla contra la diferencia. Abrí la puerta.

Era esa persona que ahora había cobrado vida, cuyos ojos brillaban mágicamente transformando una habitación gris en un mundo de colores, y que me sonreía solo a mí. Únicamente a mí. Cogió mi mano muerta y colocó en ella una pequeña cajita.

Mi corazón empezaba de nuevo a latir y, mi piel pálida, casi transparente, empezó a cobrar vida.

En la cajita había una estrella de cinco puntas.

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