Posts by Ghibril

Heaven only Knows

Shhh, silencio. ¿Oyes los cánticos angelicales? Solo podrás oírlos cuando dejes de justificar cada palabra, cada gesto, cada acto. Solo podrás alcanzarlos cuando no te sientas culpable por caminar con paso firme. Sólo podrás deleitarte con sus voces cuando no te tiemble la voz al expresar lo que verdaderamente sientes.

La vida misma es el purgatorio y los únicos pecados más atroces que puedes cometer es no ser fiel a ti mismo, no sentir lo que quieres sentir y no abrir los ojos de par en par a la realidad que tengas delante, aunque creas que es un sueño precioso que no debe estar ocurriéndote, aunque creas que es la pesadilla más atroz que no te mereces.

Deja de echarte la culpa por todo. Solo eres un ser que vive. Solo eres un ser humano. Tú no tienes el derecho de decidir qué está bien o qué está mal para el mundo, pero sí qué está bien o qué está mal para ti.

De vez en cuando relájate y deja que el silencio te acompañe, aunque te encuentres en la ciudad más ruidosa del mundo. Es entonces cuando escucharás las voces que hay al otro lado, en aquél lugar que algunas religiones llaman el Cielo y otras el Paraíso. Incluso podrás desgarrarte con los gritos de socorro de los que habitan en el Infierno o los que se han perdido en el Nirvana.

Quizá ese silencio no dure para siempre, pero sé que sonreirás, sé que te sentirás fuerte para continuar tu camino. Y, aunque sea por unos días, serás tú mismo, te sentirás indestructible, tarearás canciones que no son de este planeta y no sucumbirás a la monotonía. Durante esos días cuando la brisa sople la notarás como una caricia, cuando escuches una risa será como una melodía para ti y cuando una mirada se cruce con la tuya estallarán fuegos artificiales.

Sacrifícate por sentir lo que quieres sentir. Sacrifícate por acercarte a otro plano de la realidad. No tienes que justificarte.

Total. Solo el Cielo lo sabe.

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Dos niñas

La pequeña de apenas un año caminaba hacia la imagen de un arco iris. Sus torpes pasos de quien aún está aprendiendo a caminar se aceleraban al mismo tiempo que su sonrisa se acentuaba más y más al encontrarse cada vez más cerca de esos siete colores que bailaban con la luz del Sol. Su rostro cambió de inmediato cuando su manita traspasó sin esfuerzo la ráfaga del espectro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se sentó de golpe en el suelo, derrotada, triste. Comenzó a llorar.

No entendía por qué no podía tocar con sus manitas, curiosas y deseosas de conocer el mundo que le rodea, aquella imagen tan espectacular. Volvió a mirar el pequeño arco iris que se había formado en el jardín de casa. Nacía desde un trocito de charco hacia una silla, creando una curvatura que sobrepasaba las propias leyes de la física. Aún sollozando y sin pestañear observó cómo, lentamente, los colores se iban desvaneciendo con la potente luz del Sol. Y así, sin previo aviso, el arco iris se esfumó.

La niña se quedó durante unos minutos inmóvil, intentando comprender qué estaba pasando. Giró su cabecita a un lado buscando a su madre, su corazón ahora mismo solo buscaba cobijo. La encontró hablando con un pariente. Pero no era la madre que ella solía ver. Gritaba y movía la mano de un lado a otro. Su rostro estaba apretado. Desde aquella perspectiva parecía un gigante enfadado con intención de pisotearlo todo y acabar con lo que encontrara a su paso. Buscó a su padre con la mirada, pero tampoco lo encontró. En ese momento sintió como si su hogar, donde ella se encontraba a gusto, se transformara en la peor de sus pesadillas, en un infierno inerte de colores, agresivo y furioso. Observaba gigantes que se movían de un lado a otro, nerviosos, alterados. Había gritos y portazos por todas partes. El resplandeciente Sol dio paso a una neblina oscura y el canto de los pájaros que acompañaba al cese de la lluvia pasó a ser un silencio solo roto por los gritos de su madre, los cuales se escuchaban mucho más altos que los demás.

Comenzó a llorar desconsoladamente. Solo podía entender que, ese arco iris que había desaparecido sin más, había provocado la ira de las personas que allí habitaban, convirtiéndolas en terribles monstruos y llevándola a un sitio oscuro, sombrío y frío.

De entre las piernas de los gigantes apareció una niña de 7 años con paso firme y mirada decidida. Se sentó junto a la pequeña, la cual no dejaba de llorar. Le secó las lágrimas con dulzura y le ofreció una bola de cristal con la imagen de un arco iris dentro de ella. La pequeña se quedó perpleja y escuchó que su hermana le decía:

«¡Mira!»

Agitó la bola de cristal y en su interior empezó a nevar sobre un bonito campo de flores con un arco iris que nunca iba a desaparecer.

La pequeña dejó de llorar y sonrió de nuevo. Cogió la bola de cristal que su hermana le ofrecía y una pompa de jabón de mil colores las cubrió a las dos.

Se podía ver como las dos niñas jugaban con el arco iris dentro de una pompa de jabón que las protegía de ese mundo de pesadillas y gigantes que destruían todo a su paso.

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Las personas invisibles

Seguramente te has topado más de una vez con una de ellas. No recuerdas su rostro, su voz, su olor, tampoco su nombre. Pero las has usado. Todos las hemos usado alguna vez. Y las dejamos convalecientes, en espera de otro «usar y tirar».

¿Recuerdas esa vez que echaste a llorar y se acercó? En ese preciso instante considerabas que estabas totalmente solo y aislado, pero ahí estaba él… ¿o ella? ¿Te acuerdas de ese ser sin rostro que te preguntaba constantemente cómo te encontrabas, si aún seguías derramando lágrimas, si aún veías el mundo con los ojos tapados? Todavía posees ciertos recuerdos de algo que te tendió la mano y te habló con la amabilidad que en ese momento te hacía falta. Te dijo lo que necesitabas oír y sonreías de dicha. Te escuchaba paciente porque sabía que, en ese momento, tú eras el protagonista. Seguramente aún tienes retazos en tu memoria de un abrazo que en ese momento te reconfortó. Aún tienes llamadas perdidas de un número desconocido que borraste porque ya te encontrabas mejor. Sus mensajes están archivados y nunca quisiste sacarte una foto con un ente que una cámara no podía plasmar. Lo que crees un producto de tu imaginación a día de hoy te invitó varias veces a tomar algo, te rogó que le escucharas, te suplicó un abrazo o una simple sonrisa para cerciorarse de que, simplemente, estabas ahí.

Tampoco puedes culparte porque es cierto que nunca le escuchaste, no recuerdas su voz, tampoco cómo se sentían sus abrazos ni el olor que tanto te reconfortaba en el momento en el que te encontrabas en la más profunda tristeza. ¿Cómo vas a arrepentirte de no atender a alguien que ni siquiera puedes ver?

No te preocupes. Cada vez quedan menos y acaban desapareciendo en el más absoluto desconocimiento de su existencia. ¿Quién va a hablar de algo que no ha palpado? Algunos desaparecen sin dejar rastro, pero otros… otros son capaces, en el último suspiro de su miserable existencia, llamar la atención de los humanos.

Las personas invisibles se rompen. Su onomatopeya «crack» es uno de los sonidos más estruendosos, capaces de dejarte sordo durante unos minutos hasta que un leve «piiiiii» consigue que recobres, poco a poco, la capacidad de oír.

Y esto ocurre porque estas personas no saben que son invisibles, no reconocen su condición, no se aceptan tal y como son. En el momento que se dan cuenta explotan en millones de pedazos, en una nube de sentimientos y recuerdos que nada tendría que envidiar una Súper Nova.

Pero al contrario que estos objetos del Universo no quedan nubes o rastros de dicha explosión. Simplemente desaparecen.

Total… si nadie los recuerda, ¿cómo van a existir?

Algunas personas invisibles siguen vivas, aguantando como pueden los trozos rotos que se mantienen en vilo a punto de explotar. Se reconocen en la mirada de otros seres vivos que aceptan su existencia. Y se calman.

Yo puedo notarlo cuando el hocico de un gato olisquea la punta de mi nariz.

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Don’t run anymore

Pocos han tenido la oportunidad de conocer a una de esas personas que corren más allá de la velocidad de la luz. Me siento afortunada por el privilegio de que, a causa de un accidente, se detuviera unos minutos para hablar conmigo.

Ahora ya no están de moda pero, hará algunos años, los corredores de la velocidad de la luz eran el último grito. Todo el mundo quería ser uno de ellos. Los noticieros siempre les dedicaban al menos un par de minutos al día. Aparecían en pantalla como leves destellos de luz y algunos vacilaban a la cámara parándose unos segundos para saludarla. No había muchos, pero mi único sueño en ese momento era conocer el truco para correr mucho más veloz que el límite que, hasta ahora, conoce las leyes de la física.

Aunque sean tan veloces normalmente no son torpes, un requisito indispensable para que no te choques con cualquier ser humano, con cualquier roca en el espacio, con cualquier planeta… pues tenían la habilidad, debido a la velocidad que podían soportar, de viajar a lugares remotos. Quizá era eso lo que me provocaba más envidia. Yo también quería experimentar ir más allá de la luz para poder experimentarlo todo, para poder verlo todo, para poder sentirlo todo…

Una corredora de la velocidad de la luz se chocó conmigo. Menos mal que solo estaba cogiendo carrerilla porque, si no, hubiera volado por los aires o me podría haber desintegrado en un abrir y cerrar de ojos. Me pidió disculpas infinitas veces, tantas que apenas se le entendían las palabras, las vomitaba, las expulsaba, las confundía. Apenas pude distinguir que me preguntaba constantemente qué podía hacer por mí para recompensarme por ese torpe golpe. Aunque, tranquilamente, le aseguraba que no me había hecho daño, encontré la oportunidad perfecta para que me contara cómo ser un corredor más.

Entendió mi pregunta al vuelo pero se quedó callada. Seguramente experimentó la lentitud del tiempo del resto de los mortales en ese preciso instante. El silencio. Se sentó a mi lado, en el suelo, pues yo aún seguía en la misma posición. Me miró a los ojos y me preguntó, esta vez con todas las palabras en perfecto orden y pronunciación, si estaba segura de querer ser uno más.

Me explicó que había conocido mundos increíbles, que había experimentado sentimientos de todo tipo, que había escuchado las más dulces melodías, que había olido los más sabrosos olores y había palpado las pieles más suaves. Hasta se había percatado de las miradas más tiernas de todo el Universo. Pero un corredor de la velocidad de la luz no puede parar, su anatomía le empuja, su cerebro responde aunque su corazón quiera parar un instante y respirar, dejar de latir a 1000 por hora por correr a tanta velocidad no les está permitido.

Empezó a sudar y a ponerse nerviosa. Su cuerpo empezaba a activarse y pronto tendría que salir disparada como un rayo para atravesar la barrera del sonido y, posteriormente, la de la luz. Antes de eso y, con lágrimas en los ojos, me confesó que, a pesar de poseer esta habilidad que le permitía viajar a todas partes, nunca tenía tiempo para poder contemplar esa mirada, para enamorarse de los olores que percibía durante un microsegundo, de no preocuparse jamás por el paso de las horas al acariciar esa piel tan suave y, sobre todo, no temer que, en cualquier momento, su cuerpo saliera disparado cuando su corazón había encontrado el lugar perfecto donde refugiarse.

Por supuesto, jamás la volví a ver. Como estaba de moda casi todos los seres humanos se convirtieron en corredores de la velocidad de la luz.

Apenas quedamos unos pocos que nos prometimos no correr nunca más.

Ojalá pudiera verla de nuevo para darle las gracias.

Ojalá pudiera verla de nuevo para decirle que se quedara.

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A mi pequeña

¡Hola pequeña!

¡Hacía tiempo que no hablábamos! No te voy a engañar que me había olvidado por completo de ti. He dedicado demasiado tiempo a los demás que no recordaba que seguías existiendo. Gracias por no haber desaparecido, por haber tenido paciencia hasta recibir estas letras.

Seguro que te preguntarás qué ha pasado, por qué no he vuelto a escribirte. Ya estoy imaginándome cómo lloras de felicidad al poder leer estas palabras tras tanto tiempo. Pero créeme que crecer no es fácil.

Quiero ser lo más clara y sincera contigo, aunque quizá estas palabras duelan. Sé que desearás no estar sola nunca más. ¿Te acuerdas aquella vez que te perdiste en un centro comercial? Recuerdo como si pasara ahora mismo que te sentiste la persona más sola y abandonada a pesar de estar rodeada de tantísima gente. Déjame decirte que te seguirá pasando, pero ésta vez tu madre no vendrá a buscarte. De hecho, nadie sabrá que te has perdido.

Mi pequeña. Nunca tendrás suficiente dinero para cumplir tus sueños más ambiciosos, pero no te rindas, ¿vale? Siempre acabarás saliendo airosa. La suerte te sonreirá y tú deberás devolverle esa sonrisa. Recuerda que tus sueños serán los que te mantengan cuerda en este loco mundo cargado de superficialidad y personas planas, que pasan por la vida sin despeinarse. No te preocupes, no todas las personas son iguales y conocerás a seres maravillosos. Y nunca imaginarías que dos seres de orejitas puntiagudas te harían la persona más feliz del mundo, que se convertirían en tu familia cuando flaquees, cuando necesites encerrarte, cuando no quieras contacto con la realidad. Estés como estés ellas siempre estarán ahí. Sin condiciones. Sin dilación.

Conocerás a muchísima gente de la que te enamorarás, pero cometerás el error de colocarlas delante de ti, muy por delante de ti. Y te dedicarás a ellos para hacerlos felices. ¡No pequeña! ¡No lo hagas! Quizá sea ésto lo que te duela más, pero tú no serás la prioridad de ninguna de esas personas, aunque lo desees con toda tu alma no todo el mundo se entregará como tú lo harás. Y no es que sea algo malo, ellos lo hacen bien, tú quizá deseas algo que ya no existe y pensarás que, en realidad, no lo mereces. Así que comprenderás con lágrimas en los ojos cómo, tras tanto esfuerzo, ellos siguen siendo ellos y tú has perdido el rumbo. Y te culparán por ser así, mientras tú no entenderás qué has hecho mal. Porque siempre pensaste que el amor hay que entregarlo, pero no comprendes porque nadie te lo entregará nunca a ti.

Estarás muchos años perdida esperando un milagro que quizá nunca pase. Que quizá tengas que quedarte sola. Que no exista un final feliz para ti. Que tu destino no sea compartir la vida con alguien. Pero con los años irás comprendiendo que la única persona en el mundo que va a priorizarte, la única persona en el mundo que va a comprenderte, la única persona que puede darte un brazo para volver a levantarte serás tú misma.

Un día cualquiera lo entenderás y te enfadarás por haber perdido tiempo por haberte olvidado de ti misma, por haberme olvidado de ti, mi pequeña. Quizá nunca encuentres a nadie que te haga feliz, quizá tus cuentos de hadas nunca se cumplan, quizá tendrás que sobrevivir con lo que encuentres por el camino. Y a tu alrededor encontrarás la felicidad de tus allegados, amigos y seres queridos y te sentirás plena por verles crecer. Sentirás, de vez en cuando, punzadas de desesperación y tristeza. Es normal. Así es la vida, pero ya sabes que eres fuerte.

Pero te prometo que no te dejaré de escribir esta vez, que nunca más me olvidaré de ti.

Y es que eres la única que no me ha fallado jamás. La única que puede ayudarme. La única que puede calmar mis ganas de explotar, de huir, de desaparecer.

No esperes nunca un milagro, no dejes la vida pasar.

Y, por favor, no me olvides pues yo no pienso olvidarme de ti.

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