Posts by Ghibril

Coraza

Cuando nacemos, nacemos totalmente desnudos. A los minutos de vida ya nos visten, ya deciden por nosotros que, tapados, es como debemos enfrentarnos al mundo.

Al nacer no poseemos eso que llaman «coraza». Es algo artificial que vamos construyendo a medida que crecemos. No existe una coraza igual, todas son diferentes, marcadas por la experiencia. Al principio naces con una luz propia, con un halo brillante de un color característico que casi puedes palpar. Sin embargo, la coraza va poco a poco elevando un muro tan opaco que no permite que se escape esa luz. Pero ella sigue ahí, aguantando.

Me gusta creer que hubo algún tiempo pasado en el que esa luz era visible, en el que existieron personas a las que no les daba miedo mostrarla en todo su esplendor. Me reconforta imaginarme un mundo lleno de seres humanos que exponían al mundo tantas gamas de colores como personas existen en el planeta. Seguro que no hay un verde igual que otro, ni un violeta que se parezca en lo más mínimo al de su lado y ya no digamos las tonalidades de potentes amarillos que podrían existir. Me encanta imaginarme la vida así, plagada de colores. Y la veo. Pero la veo cuando cierro los ojos en el más puro silencio. La observo mientras tengo la mirada perdida en el momento que reina el caos a mi alrededor. La siento cuando elevo la vista hacia arriba y me topo con la Luna llena mostrándome ese característico tono planteado que solo ella sabe ofrecer. Pero sé que no es real, que realmente no están ahí. Y noto como otro ladrillo más se posa en mi propia coraza.

Vagas en la realidad observando las corazas de todas las personas con las que te cruzas. Todas poseen el mismo tono, algunas parecen más reforzadas que otras. Seguramente hayan sufrido daños, la luz haya intentado escapar y se haya enmendado lo más rápido posible para que no se filtrara, para que no la descubrieran.

Incluso he podido observar absorta mi propia coraza. Tan solo tienes que mirarte al espejo y esperar un rato hasta que dejes de juzgar la imagen que te devuelve. Poco a poco va emergiendo una especie de halo alrededor de todo mi cuerpo. Puedo tocarlo. Su tacto es frío y rugoso, como una roca que acaba de ser bañada por el agua del mar dejando un cierto gusto a salitre.

He probado mil maneras de intentar romper esta coraza. La he limado durante horas, la he golpeado, he intentado fundirla… pero nunca he tenido éxito.

Hubo una ocasión en la que conocí a alguien que había podido ver su propia luz, su color único, pero solo fue un instante, un efímero segundo que le permitió creer en algo más de lo que le ofrecía la monotonía de su día a día. Me contó que, pasadas horas mirándose al espejo, tocó su reflejo y, simplemente, sonrió.

Y, de repente, todo a su alrededor comenzó a temblar, su corazón se aceleró hasta llevarlo casi al colapso, pero aguantó, aguantó aunque su garganta se tornara seca hasta dejarlo mudo. Mientras tanto la coraza comenzó a fundirse, se derramaba por todo su cuerpo notando cómo le producía quemaduras y llagas en la mayor parte de su piel. Pero resistió, no apartó en ningún momento la vista de su reflejo, aún notando la sangre palpitando bajo su piel y una vista que se nublaba acercándolo al más puro vacío. Me confesó que el truco era no apartar la vista y, mucho menos, dejar de sonreír.

Y ahí estaba. Ahí estaba su aura. Pura, como si acabara de nacer.

Desde su confesión he probado a descubrir cuál es mi luz tantas y tantas veces que he perdido la cuenta. Por más que me miro fijamente al espejo, por más que le sonrío, la coraza sigue ahí, reconstruyéndose, reforzándose.

Ojalá vuelva a encontrarme de nuevo con esa persona. A veces pienso que me falta algo para poder hallar mi luz. Y otras veces me gustaría encontrármelo para pegarle una paliza por embustero.

Pero dicen sus más allegados que ahí sigue, sin despegar su mirada del espejo. Sin dejar de sonreír.

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Heaven only Knows

Shhh, silencio. ¿Oyes los cánticos angelicales? Solo podrás oírlos cuando dejes de justificar cada palabra, cada gesto, cada acto. Solo podrás alcanzarlos cuando no te sientas culpable por caminar con paso firme. Sólo podrás deleitarte con sus voces cuando no te tiemble la voz al expresar lo que verdaderamente sientes.

La vida misma es el purgatorio y los únicos pecados más atroces que puedes cometer es no ser fiel a ti mismo, no sentir lo que quieres sentir y no abrir los ojos de par en par a la realidad que tengas delante, aunque creas que es un sueño precioso que no debe estar ocurriéndote, aunque creas que es la pesadilla más atroz que no te mereces.

Deja de echarte la culpa por todo. Solo eres un ser que vive. Solo eres un ser humano. Tú no tienes el derecho de decidir qué está bien o qué está mal para el mundo, pero sí qué está bien o qué está mal para ti.

De vez en cuando relájate y deja que el silencio te acompañe, aunque te encuentres en la ciudad más ruidosa del mundo. Es entonces cuando escucharás las voces que hay al otro lado, en aquél lugar que algunas religiones llaman el Cielo y otras el Paraíso. Incluso podrás desgarrarte con los gritos de socorro de los que habitan en el Infierno o los que se han perdido en el Nirvana.

Quizá ese silencio no dure para siempre, pero sé que sonreirás, sé que te sentirás fuerte para continuar tu camino. Y, aunque sea por unos días, serás tú mismo, te sentirás indestructible, tarearás canciones que no son de este planeta y no sucumbirás a la monotonía. Durante esos días cuando la brisa sople la notarás como una caricia, cuando escuches una risa será como una melodía para ti y cuando una mirada se cruce con la tuya estallarán fuegos artificiales.

Sacrifícate por sentir lo que quieres sentir. Sacrifícate por acercarte a otro plano de la realidad. No tienes que justificarte.

Total. Solo el Cielo lo sabe.

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Dos niñas

La pequeña de apenas un año caminaba hacia la imagen de un arco iris. Sus torpes pasos de quien aún está aprendiendo a caminar se aceleraban al mismo tiempo que su sonrisa se acentuaba más y más al encontrarse cada vez más cerca de esos siete colores que bailaban con la luz del Sol. Su rostro cambió de inmediato cuando su manita traspasó sin esfuerzo la ráfaga del espectro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se sentó de golpe en el suelo, derrotada, triste. Comenzó a llorar.

No entendía por qué no podía tocar con sus manitas, curiosas y deseosas de conocer el mundo que le rodea, aquella imagen tan espectacular. Volvió a mirar el pequeño arco iris que se había formado en el jardín de casa. Nacía desde un trocito de charco hacia una silla, creando una curvatura que sobrepasaba las propias leyes de la física. Aún sollozando y sin pestañear observó cómo, lentamente, los colores se iban desvaneciendo con la potente luz del Sol. Y así, sin previo aviso, el arco iris se esfumó.

La niña se quedó durante unos minutos inmóvil, intentando comprender qué estaba pasando. Giró su cabecita a un lado buscando a su madre, su corazón ahora mismo solo buscaba cobijo. La encontró hablando con un pariente. Pero no era la madre que ella solía ver. Gritaba y movía la mano de un lado a otro. Su rostro estaba apretado. Desde aquella perspectiva parecía un gigante enfadado con intención de pisotearlo todo y acabar con lo que encontrara a su paso. Buscó a su padre con la mirada, pero tampoco lo encontró. En ese momento sintió como si su hogar, donde ella se encontraba a gusto, se transformara en la peor de sus pesadillas, en un infierno inerte de colores, agresivo y furioso. Observaba gigantes que se movían de un lado a otro, nerviosos, alterados. Había gritos y portazos por todas partes. El resplandeciente Sol dio paso a una neblina oscura y el canto de los pájaros que acompañaba al cese de la lluvia pasó a ser un silencio solo roto por los gritos de su madre, los cuales se escuchaban mucho más altos que los demás.

Comenzó a llorar desconsoladamente. Solo podía entender que, ese arco iris que había desaparecido sin más, había provocado la ira de las personas que allí habitaban, convirtiéndolas en terribles monstruos y llevándola a un sitio oscuro, sombrío y frío.

De entre las piernas de los gigantes apareció una niña de 7 años con paso firme y mirada decidida. Se sentó junto a la pequeña, la cual no dejaba de llorar. Le secó las lágrimas con dulzura y le ofreció una bola de cristal con la imagen de un arco iris dentro de ella. La pequeña se quedó perpleja y escuchó que su hermana le decía:

«¡Mira!»

Agitó la bola de cristal y en su interior empezó a nevar sobre un bonito campo de flores con un arco iris que nunca iba a desaparecer.

La pequeña dejó de llorar y sonrió de nuevo. Cogió la bola de cristal que su hermana le ofrecía y una pompa de jabón de mil colores las cubrió a las dos.

Se podía ver como las dos niñas jugaban con el arco iris dentro de una pompa de jabón que las protegía de ese mundo de pesadillas y gigantes que destruían todo a su paso.

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Las personas invisibles

Seguramente te has topado más de una vez con una de ellas. No recuerdas su rostro, su voz, su olor, tampoco su nombre. Pero las has usado. Todos las hemos usado alguna vez. Y las dejamos convalecientes, en espera de otro «usar y tirar».

¿Recuerdas esa vez que echaste a llorar y se acercó? En ese preciso instante considerabas que estabas totalmente solo y aislado, pero ahí estaba él… ¿o ella? ¿Te acuerdas de ese ser sin rostro que te preguntaba constantemente cómo te encontrabas, si aún seguías derramando lágrimas, si aún veías el mundo con los ojos tapados? Todavía posees ciertos recuerdos de algo que te tendió la mano y te habló con la amabilidad que en ese momento te hacía falta. Te dijo lo que necesitabas oír y sonreías de dicha. Te escuchaba paciente porque sabía que, en ese momento, tú eras el protagonista. Seguramente aún tienes retazos en tu memoria de un abrazo que en ese momento te reconfortó. Aún tienes llamadas perdidas de un número desconocido que borraste porque ya te encontrabas mejor. Sus mensajes están archivados y nunca quisiste sacarte una foto con un ente que una cámara no podía plasmar. Lo que crees un producto de tu imaginación a día de hoy te invitó varias veces a tomar algo, te rogó que le escucharas, te suplicó un abrazo o una simple sonrisa para cerciorarse de que, simplemente, estabas ahí.

Tampoco puedes culparte porque es cierto que nunca le escuchaste, no recuerdas su voz, tampoco cómo se sentían sus abrazos ni el olor que tanto te reconfortaba en el momento en el que te encontrabas en la más profunda tristeza. ¿Cómo vas a arrepentirte de no atender a alguien que ni siquiera puedes ver?

No te preocupes. Cada vez quedan menos y acaban desapareciendo en el más absoluto desconocimiento de su existencia. ¿Quién va a hablar de algo que no ha palpado? Algunos desaparecen sin dejar rastro, pero otros… otros son capaces, en el último suspiro de su miserable existencia, llamar la atención de los humanos.

Las personas invisibles se rompen. Su onomatopeya «crack» es uno de los sonidos más estruendosos, capaces de dejarte sordo durante unos minutos hasta que un leve «piiiiii» consigue que recobres, poco a poco, la capacidad de oír.

Y esto ocurre porque estas personas no saben que son invisibles, no reconocen su condición, no se aceptan tal y como son. En el momento que se dan cuenta explotan en millones de pedazos, en una nube de sentimientos y recuerdos que nada tendría que envidiar una Súper Nova.

Pero al contrario que estos objetos del Universo no quedan nubes o rastros de dicha explosión. Simplemente desaparecen.

Total… si nadie los recuerda, ¿cómo van a existir?

Algunas personas invisibles siguen vivas, aguantando como pueden los trozos rotos que se mantienen en vilo a punto de explotar. Se reconocen en la mirada de otros seres vivos que aceptan su existencia. Y se calman.

Yo puedo notarlo cuando el hocico de un gato olisquea la punta de mi nariz.

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Don’t run anymore

Pocos han tenido la oportunidad de conocer a una de esas personas que corren más allá de la velocidad de la luz. Me siento afortunada por el privilegio de que, a causa de un accidente, se detuviera unos minutos para hablar conmigo.

Ahora ya no están de moda pero, hará algunos años, los corredores de la velocidad de la luz eran el último grito. Todo el mundo quería ser uno de ellos. Los noticieros siempre les dedicaban al menos un par de minutos al día. Aparecían en pantalla como leves destellos de luz y algunos vacilaban a la cámara parándose unos segundos para saludarla. No había muchos, pero mi único sueño en ese momento era conocer el truco para correr mucho más veloz que el límite que, hasta ahora, conoce las leyes de la física.

Aunque sean tan veloces normalmente no son torpes, un requisito indispensable para que no te choques con cualquier ser humano, con cualquier roca en el espacio, con cualquier planeta… pues tenían la habilidad, debido a la velocidad que podían soportar, de viajar a lugares remotos. Quizá era eso lo que me provocaba más envidia. Yo también quería experimentar ir más allá de la luz para poder experimentarlo todo, para poder verlo todo, para poder sentirlo todo…

Una corredora de la velocidad de la luz se chocó conmigo. Menos mal que solo estaba cogiendo carrerilla porque, si no, hubiera volado por los aires o me podría haber desintegrado en un abrir y cerrar de ojos. Me pidió disculpas infinitas veces, tantas que apenas se le entendían las palabras, las vomitaba, las expulsaba, las confundía. Apenas pude distinguir que me preguntaba constantemente qué podía hacer por mí para recompensarme por ese torpe golpe. Aunque, tranquilamente, le aseguraba que no me había hecho daño, encontré la oportunidad perfecta para que me contara cómo ser un corredor más.

Entendió mi pregunta al vuelo pero se quedó callada. Seguramente experimentó la lentitud del tiempo del resto de los mortales en ese preciso instante. El silencio. Se sentó a mi lado, en el suelo, pues yo aún seguía en la misma posición. Me miró a los ojos y me preguntó, esta vez con todas las palabras en perfecto orden y pronunciación, si estaba segura de querer ser uno más.

Me explicó que había conocido mundos increíbles, que había experimentado sentimientos de todo tipo, que había escuchado las más dulces melodías, que había olido los más sabrosos olores y había palpado las pieles más suaves. Hasta se había percatado de las miradas más tiernas de todo el Universo. Pero un corredor de la velocidad de la luz no puede parar, su anatomía le empuja, su cerebro responde aunque su corazón quiera parar un instante y respirar, dejar de latir a 1000 por hora por correr a tanta velocidad no les está permitido.

Empezó a sudar y a ponerse nerviosa. Su cuerpo empezaba a activarse y pronto tendría que salir disparada como un rayo para atravesar la barrera del sonido y, posteriormente, la de la luz. Antes de eso y, con lágrimas en los ojos, me confesó que, a pesar de poseer esta habilidad que le permitía viajar a todas partes, nunca tenía tiempo para poder contemplar esa mirada, para enamorarse de los olores que percibía durante un microsegundo, de no preocuparse jamás por el paso de las horas al acariciar esa piel tan suave y, sobre todo, no temer que, en cualquier momento, su cuerpo saliera disparado cuando su corazón había encontrado el lugar perfecto donde refugiarse.

Por supuesto, jamás la volví a ver. Como estaba de moda casi todos los seres humanos se convirtieron en corredores de la velocidad de la luz.

Apenas quedamos unos pocos que nos prometimos no correr nunca más.

Ojalá pudiera verla de nuevo para darle las gracias.

Ojalá pudiera verla de nuevo para decirle que se quedara.

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