Posts by Ghibril

Broken

unge lovende

No pretendía salir a hacer nada especial. Sus amigas le liaron para tomar algo estando ella en pijama. Fueron tan, pero tan insistentes que acabó cogiendo cualquier cosa para salir con tal de que se callaran.

Se miró al espejo durante un solo segundo y le repudiaba la imagen que le devolvía. Pelo revuelto, sin color en los labios aunque quedaba algo de rímel aún bien instalado en sus pestañas. Si de algo se alegró antes de salir por la puerta con sus amigas fue por el dineral que le costó esa marca y que, al menos, funcionaba como decía la caja.

Sin ganas entraron a un garito donde servían cerveza fría en jarras de medio litro y donde abundaban los billares y la poca iluminación. Quizá por eso él se fijo en ella.

Tras varios litros de cerveza en el cuerpo cualquier cosa parecía bailable y se convirtió en una hacha en el billar. Él le contaba historias divertidas y conseguía sacarle la sonrisa, hasta hacerle olvidar ese pelo despeinado, ese vestido maltrecho y esos labios sin color que se llenaron de gozo al besarle inesperadamente. ¿Sería el alcohol?

Ahora ella sonreía mientras hacían el amor. Reía a carcajadas junto a una persona especial que le miraba con dulzura y lujuria. Aún permanecía intacto el rímel en sus pestañas. Se había olvidado de su pelo desaliñado, de su vestido usado de dos días y sus labios consiguieron un bonito color rojizo debido a los besos y a los pequeños mordiscos de los juegos previos al sexo.

Al día siguiente, él le preguntó qué quería para desayunar y ella respondió muerta de hambre:

  • “Algo de McDonalds, ya sabes que me encanta ese sitio” – le comunicaba con una sonrisa pícara.

Él cogía cualquier cosa que llevarse al cuerpo para no formar escándalo público. Ella está acostada en la cama con apenas una sábana que quedó tras una noche revuelta. Está de espaldas. Gira la cara para darle un beso con mensaje de “hasta ahora mismo”.

Mientras se besan él no se da cuenta, pero de los ojos de ella brota una lágrima furtiva que surca sus mejillas rosadas complacidas por el sexo. Pero él solo ve que sonríe y le dice que le esperará en la cama para ese desayuno grasiento y nada saludable.

Cuando él cierra la puerta ella vuelve a incorporarse en la misma posición en la cama. Su brazo abraza la almohada y deja entrever sus ojos verdes cubiertos de lágrimas. No observan nada, están sumergidos en el vacío.

Si la observases a ella ahora mismo, en este instante, comprenderías que todas esas carcajadas, que esas mejillas sonrosadas, que esa felicidad efímera, era en realidad una capa que acaba de deslizarse para dar rienda suelta a un ser profundamente hundido, perdido y roto.

 

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Desgarre

Otra vez mi piel se cae a trozos, otra vez el desgarre consigue que me sienta frágil y desamparada.

Ni el paraíso más codiciado de todas las religiones existentes conseguirían que volviera en sí. Siento que he desaparecido.

Mis pies descalzos no dejan de sangrar mientras camino en la oscuridad más temible de todos los tiempos. No consigo iluminarla, no consigo que desaparezca. No oigo mi propia respiración.

Esperando el arrepentimiento de un alma que hace tiempo echó a volar. Me quedé aquí esperando a que volviera, a que me sacara de la oscuridad que empezaba a comerme por dentro, a callar mi voz. Ahora me he quedado ciega y nada ni nadie conseguirá que no me desgarre.

¿De verdad tengo que seguir esperando? ¿Para qué?

Este desgarre es tan profundo que no podré sobrevivir una vez más.

Caminando sin destino, sin una guía que ilumine el camino me he detenido.

El desgarre se suma a un grito de desesperanza que consigue romper mis cuerdas vocales.

No sé si mi voz pudo llegar al cielo, allá donde echaste a volar.

Ojalá sobreviviera para saberlo…

 

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Cold little broken heart

Hoy mi corazón se ha vuelto a romper en una mezcla de felicidad jocosa cargada de esperanza a la que gana la tristeza más absoluta junto con la rendición. La sensación es parecida a cuando ves que tus sueños están a punto de hacerse realidad pero, de repente, un bofetón de la más cruda realidad te hace despertar y darte cuenta de que lo que has sido es, simplemente, una boba más.

Tan solo he visto a una pareja de ancianos dándose la mano y diciéndose cosas bonitas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos, como si ese momento en el que estaban sentados en un banco a punto de ver el atardecer ocurriera 40 años atrás, cuando tenían su primera cita y los nervios daban lugar a las mariposas en el estómago.

La verdad es que, pocas veces, se da la ocasión en la que se pueden observar estas imágenes porque, el amor, ya no posee una cara expresiva, se esconde tan tímidamente que es imposible encontrarlo. Sin embargo, esta vez alumbraba mi vista y descongelaba mi pequeño y roto corazón al ver cómo él le preguntaba: “¿qué tal si nos damos un baño?, ¿has traído el bikini?”. Ella le contestaba: “ya no tengo edad para ir en bikini”. Él se reía y le decía: “¡no digas tonterías! Para mí estás preciosa con cualquier cosa que te pongas”. Silencio. Un silencio para nada incómodo porque ella sonreía tímida, como si volviera a los 20 y pocos cogiéndole la mano a la persona que le había comprendido durante tantos años, a pesar de las flaquezas, de las debilidades, de las discusiones y de las pérdidas.

Ella le mira y le pregunta: “¿qué tal si nos vamos? Empieza a hacer fresco”. Él la observa con esos ojos de admiración que solo han sumado arrugas. La mirada continúa siendo la misma y sus pupilas brillan cada vez que la observa, que le come con la mirada. Respondió: “quedémonos un poco más, quiero esperar al atardecer”.

Yo escuchaba toda la conversación sentada en un banco que tenía justo al lado de ellos. Estaba sola. Solo me acompañaba la brisa que movía mi pelo de un lado para el otro. Las lágrimas empezaban a brotar a mis ojos. Me daba cuenta que mi corazón empezaba a descongelarse, a coger calor, a ganar esperanzas…

Menos mal que me levanté corriendo y escapé de la escena consiguiendo que volviera a enfriarse y a hacerse pequeño. La realidad volvía a golpear fuertemente.

Una vocecilla quedaba a lo lejos, en un rincón escondido de mi cerebro y, en concreto, de una pequeña parte de mi corazón que todavía no se había congelado. Apenas escuché su susurro, en realidad no quería: “no huyas de la esperanza”. Pero mi parte racional sabe con perfecta antelación que no me espera un futuro como aquél.

Las imágenes más bonitas que puedas imaginar son las que me rompen por dentro. Quizá es porque me siento totalmente alejada de la imagen que estoy observando, como si viera un mundo de fantasía que nada se asemeja a la realidad, a mi realidad.

Con los 20 sentía una terrible envidia y estaba segura de que podría encontrar a alguien que pudiera descongelar por completo este pequeño corazoncito que, cada vez, palpita menos respecto a mí, respecto a mi futuro. Ahora, tras tiempo enfriándose, es cuando comienza a caerse en trocitos de escarcha, de pequeños ligamentos de hielo cada día que pasa. Y no deja de doler.

Sin embargo, no siento envidia. Siento alegría al comprobar que el sentimiento más universal a veces aparece y que sigue estando tan vivo como siempre, aunque cada vez sea más difícil encontrarlo.

Aunque no me corresponda a mí, aunque yo no lo encuentre nunca, el hecho de que exista ya me hace la persona más feliz del mundo.

Sigue ofreciéndome imágenes como éstas, aunque sepa que no seré para ti, que no estoy dentro de tu colección de personas que han encontrado la felicidad pues, así, nos haces vivir esperanzados.

Todo cobra sentido, aunque sea solo una fantasía.

 

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Vida, existencia. SER

Más de 7000 mil millones de personas viven en el planeta Tierra. La tecnología avanza gracias al esfuerzo de muchos, de habitantes que trabajan en equipo para sacar adelante y, a veces, destruir la naturaleza.

Pero, cuando se trata de la vida de una persona, ¿existe la pluralidad?

Cuando somos unos niños nuestro motor se rige por lo que queremos, nada nos importa el qué dirán y mucho menos las consecuencias de nuestros actos. Quizá por eso muchos la consideran la etapa más feliz. Sin embargo, durante esta época, si algo salía mal teníamos a nuestro alrededor personas en las que apoyarnos, donde llorar hasta que llegaban las palabras de ánimo y consolación tras alguna que otra regañina. Vamos aprendiendo que el camino está lleno de obstáculos. A veces pienso, ¿nos acostumbran mal desde pequeños a tener alguien en quién apoyarnos para levantarnos? Recuerdo que, si me caía, mis padres esperaban a que pudiese levantarme por mis propios miedos. Pero, tras esto, me felicitaban y me consolaban porque, al fin y al cabo, me había hecho daño y dolía más el hecho de sentirse sola y desamparada que el propio dolor de la herida.

¿Qué pasa cuando eres un adulto? Te caes. Pero, esta vez, quizá ya no tengas nadie a quién acudir. Estás solo.

¿Eso es ser más fuerte?

Yo creo que no, simplemente te hace sentir peor.

Pero solo queda seguir caminando y encontrar un brazo amigo para, cuando llegue el momento que no puedas más, que te arrastres por el suelo tras tantas caídas que quedes hecho pedacitos, puedan cogerte y levantarte.

Puedes seguir buscando lo que quieres pero, si no lo encuentras, si te esfuerzas, conseguirás lo que necesitas.

Las personas necesitan de otras personas para existir, para vivir, para sentirse felices. Lo demás es pura falacia de cobardes que prefieren seguir estando solos entre 7000 mil millones de personas.

Yo no voy a ser una de esas.

 

 

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El mundo de los puzzles

Existió un mundo donde las personas eran puzzles. Algunos eran más complejos que otros. Cuando nacían estas personas estaban totalmente completas, con todas las piezas en su sitio. En la infancia son enormes, tal y como son los rompecabezas para los pequeños de corta edad. Por eso, cada vez que se deshacían en pedazos, era fácil reconstruirlos con juegos, con sonrisas, abrazos y mimos. Eran felices con nada.

A medida que se sumaban los años las piezas eran cada vez más pequeñas y se contaban ya en cientos. Ahora, si se volvía a descomponer, para volver a montar este puzzle ya no valía cualquier juego o cualquier carantoña para que tuviera una imagen completa. Había veces que se intentaba poner una pieza en el lugar que no le correspondía y eso dolía mucho, ya que no era posible completar el puzzle si no se hacía de la manera correcta.

El tiempo pasa y las piezas de los rompecabezas que existían en este mundo tan icónico ya se cuentan por miles. Las personas tenían miles de piezas que creaban personalidades, caracteres de distinta índole y experiencias que marcaban el dibujo final que el puzzle completo reflejaba.

La mayoría de ellos estaban completos o casi completos. Caminaban mostrando la imagen que reflejaba este juego que lleva siglos existiendo entre nosotros. Había imágenes realmente bellas. Comprendías que, cada uno de ellos, tenía a alguien que podía construirlos, montarlos, crearlos de nuevo cuando se descomponían, cuando se derrumbaba la montaña de piezas que encajaba a la perfección.

Yo conocí ese mundo y no siempre era feliz. Caminaba por sus calles atestadas de esas personas representadas por puzzles de miles piezas redondeadas o rectangulares. El cielo brillaba con un intenso color azul mientras los edificios intentaban alcanzar el cielo sin éxito. A veces encontrabas en los rincones escondidos puzzles totalmente deshechos y abandonados. Estaban así porque no tenían a nadie que les arreglara, que se preocupara por ellos, que pudiera estar ahí cuando el mundo se les venía encima. Sí, este mundo idílico donde siempre brillaba el Sol y las piezas que más abundaban eran las de las sonrisas.

Me acerqué a un puzzle deshecho, totalmente descompuesto y lleno de polvo. Miré con atención sus piezas, eran realmente bonitas. Seguro que, montado, tendría que ser la imagen más hermosa que había visto nunca. ¿Cómo alguien podía deshacer este rompecabezas tan increíble? ¿Qué habría pasado? Quise descubrirlo y empecé a montarlo. Pieza por pieza iba observando la imagen que recreaba. Un precioso cisne de alas blancas en un lago cristalino con árboles de flores de cerezo mejoraban la vista con su color rosado.

Me faltaba una sola pieza, justo la del centro para completarlo, pero no logré encontrarla jamás. Hay una regla en este universo: si falta la pieza central el puzzle no podrá tener vida. Estuve horas buscando sin cesar pero no tuve éxito. Dejé el puzzle sin completar y acabé rindiéndome.

Después de aquello, nunca más supe del mundo de los puzzles hasta que, en una ocasión, en la vitrina de una tienda vi la imagen del cisne de nuevo. Sin dudarlo ni un momento compré ese precioso puzzle de un millón de piezas.

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