Posts by Ghibril

Gimme Danger

 

El peligro. Lo sentí como una bocanada de aire que recibes de golpe al salir a la superficie tras casi traspasar el límite sin poder respirar debajo del agua. Sentí vida. Eso es lo que sentí. Eso es lo que me hizo volver a mí.

Sin embargo, esa vida podrá matarme, ese golpe de aire que me devolvió la consciencia llegará a ser mi peor enemigo. Pero elijo el peligro frente a un mar de calma y tranquilidad sin que el aire llegue a mis pulmones.

Ahora que he decidido ser valiente y quiero arriesgarme me doy cuenta de que estoy totalmente sola. Consigo salir de ese mar que te atrae por sus aguas cristalinas y la calma apabullante de sus aguas para que te conquiste el corazón, animando a que se pare bajo su lecho, permaneciendo allí para siempre.

Me quedé en la orilla y pude vislumbrar un enorme lago que se extendía más allá del horizonte. Eché la vista abajo para sentir un miedo atroz al darme cuenta de que, cientos de personas, permanecían hundidas bajo las aguas de este lago de los sueños. Todas estas personas mantenían una sonrisa dulce como si descansaran totalmente en paz, donde nadie les molestase nunca más. ¿Por qué fui la única que se despertó?

 

Salí a la superficie porque decidí ser valiente y enfrentarme a cualquier peligro, exigiendo que me lo diesen para sentir dolor, para sentirme viva a cambio de alcanzar la felicidad, ¿me habría equivocado?, ¿habría tomado la peor decisión?

Asustada caminé hacia atrás sin dejar de mirar todas esas almas que se amontonaban bajo las aguas de este lago cristalino. Y, de repente, me encontré en un bosque espeso que ya no me dejaba ver el horizonte, ni siquiera el Sol era capaz de atravesar sus rayos por cualquier resquicio. Caminé sin cesar durante horas y horas. Mis pies sangraban porque el terreno era abrupto, pero no podía ver por dónde iba. Y mis brazos estaban doloridos por las ramas y hojas que impedían el paso.

La sangre de mis pies y brazos comenzó a mezclarse con mis lágrimas, que comenzaron a brotar de mis ojos sin que yo se lo ordenara. Aguanté un par de horas más caminando por la maleza hasta que caí rendida y exploté en llantos de desesperación que se mezclaban con el silencio y el frío.

¿Ésto era el peligro?, ¿ésto es vivir?

En ese momento me arrepentí de tomar la decisión de salir de mi zona de confort, de ese lago donde nada pasaba, pero nada te hacía daño. Me imaginé mi propio rostro calmado, blanco, aterciopelado, acompañado de una sonrisa de felicidad plena mientras me hundía cada vez en esas aguas que no conocían fondo.

Decidí deshacer el camino y volver por dónde había venido, pero todo estaba tan oscuro que no lograba ver mis propios pasos y mis pies me pedían descanso o acabarían rompiéndose en pedazos. Caminé durante días. La sed y el hambre comenzaron a apoderarse de mí, aunque mi desesperación les ganaría cualquier pulso, cualquier pelea.

Me arrodillé desesperada en el suelo y, entonces, palpé una rama con uno de sus extremos puntiagudos, ya que el corte no había sido limpio, seguramente debido a una tempestad que desquebrajó la madera de los árboles que no conocían el finito del cielo.

Toqué con la punta de los dedos el extremo puntiagudo y pensé en cómo atravesaría mis entrañas para poner fin a esta locura, a esta decisión que había tomado. Estuve temblando dándole vueltas a esta idea durante minutos, los cuales me parecieron horas interminables.

¿Qué iba a hacer sola? Tomé la peor decisión y ahora tengo que asumir las consecuencias. Coloqué la rama con el extremo puntiagudo justo en el luigar donde habita el corazón que empezó a palpitar cuando salí del agua, esperando peligro, esperando emociones fuertes, esperando encontrarse con algo que le hiciera sentirse vivo, tal y como había escuchado en los miles de sueños que inundaban mi mente mientras permanecía en el lago.

Sentí como la rama traspasaba mi cuerpo y, entonces, el dolor sucumbió al hambre, a la sed, a la desesperación. Agonizaba en el suelo cuando escuché movimiento de agua a lo lejos y como alguien cogía aire con tal bocanada que se escucharía hasta en el otro extremo del Universo. Noté cómo seguía respirando con fuerza y cómo sus pies rozaban la maleza y las hojas muertas en el suelo.

Se oían sus pasos cada vez más fuertes hasta que pude ver su rostro borroso y una voz lejana. No conseguía entender qué me decía. Solo noté cómo su mano rozaba la mía y cómo sus lágrimas caían en mi pecho.

Se acercó a mi oído y pude entender:

“Por poco toca tu corazón, pero sobrevivirás”

Entonces, el dolor pasó a alegría, pasó a alivio, pasó a la felicidad. Y mi rostro volvió a sonreír como cuando estaba en el lago pero, esta vez, marcado por la sangre, por el dolor y por el peligro.

Marcado por la vida.

 

 

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A L I E N


Antes de comenzar recomiendo leer el texto con esta canción. El tema es original de Coldplay y trata de concienciar sobre la situación actual de muchos de los refugiados. He querido basarme en su letra de una manera más abstracta para contaros una pequeña historia que no tiene que ver directamente con este tema. Quería dejarlo claro antes de nada, ¡gracias!

 

Extraño. Es extraño.

Es realmente aterrador cuando no encuentras tu hogar.

En cualquier lugar el cobijo es posible. Tienes un techo, pero solo es válido para cubrirte de la lluvia o del viento. Sin embargo, dentro de ti sigue avanzando una batalla que no parece tener fin, que te destroza si no logras encontrarte y recomponerte.

Es un continuo vaivén de preguntas y de respuestas que no cesan. Debajo de cada una de esas cuestiones se encuentra la pregunta: “¿quién soy?” Encontrar un hogar no es tan fácil como parece. No puedes obtener paz si no sabes realmente quién eres.

Hace tiempo conocí a alguien que me confesó ser un extraterrestre, un alien perdido en una tierra que no conocía y que, lo único que deseaba, era volver a tener un hogar, sentirse como en casa. Su aspecto era tan humano como el tuyo o como el mío, pero había algo en sus ojos grises de grandes iris que desconcertaban, que te hacían reconocer que, realmente, no era de este mundo. Sabía que no era posible volver al origen, echar la vista atrás para mantenerse vivo en recuerdos del pasado.

Le pregunté su nombre. No supo contestarme.

Le cuestioné sobre su edad, sus estudios o su trabajo. Su cara de desconcierto me daba la respuesta de que entendía perfectamente mi idioma pero no podía darme una respuesta. No la sabía. No la recordaba. No estaba ahí.

Entonces, llegó la hora de que me hablara sobre dónde venía.

Sus ojos comenzaron a brillar y una sonrisa empezó a perfilarse en sus labios pues, por fin, había logrado recordar algo. Me cogió de las manos con tanta fuerza que me hizo daño. Ahora mi cara era de desconcierto.

En su planeta habitaban los árboles de hojas de color rosado, mientras que el cielo se tornaba de color verde añadiendo unas nubes que pasaban de ser blancas a amarillas según cómo se encontraba la atmósfera en ese momento. Su cielo lo iluminaban dos preciosos soles en un sistema binario de estrellas que brindaba un espectáculo durante cada amanecer y cada atardecer.

Pero tan solo había que esperar a la noche para maravillarse de un espectáculo mucho mejor de seis lunas, cada una con sus características totalmente diferentes que iluminaban el cielo cuando los dos soles se escondían.

Recordaba la brisa en su rostro mientras admiraba la belleza del cielo estrellado acompañado de todos estos satélites. Pronto me habló de mi planeta y de las bellezas que posee, nada envidiables al suyo, pero algo había cambiado en él. Conseguía acordarse, poco a poco, de sus recuerdos. Un viajero del espacio que no tenía miedo a nuevos parajes por muy inhóspitos que fueran. Pero no podía sentirse como en casa, como cuando era niño y jugaba entre los matorrales de diversos colores violáceos. No se encontraba, no estaba, no existía…

El alien me miró y me cogió la mano aún más fuerte. Noté una extraña energía que recorría todas mis venas y mis arterias hasta provocar pequeños chispazos en mi cerebro. Agachó la cabeza y me confesó que yo me sentía igual que él en este momento, no tenía hogar, no me encontraba, no estaba, no existía:

  • “Si no sabes quién eres nunca encontrarás tu hogar”
  • “Sé perfectamente quién soy y qué quiero”
  • “¿Estás segura?”
  • “Sí”
  • “¿Y por qué no puedo escucharte? ¿Por qué noto tu alma rota por dentro?”

Una luz cegadora apareció de repente encima de nosotros. La mano del alien iba desprendiéndose poco a poco y noté como mi cerebro desconectaba de algo, creando un click que me dejó noqueada durante unos segundos. Cuando me di cuenta vi como el extraterrestre ascendía como un ángel hacía arriba, hacia la luz cegadora. Pasados unos segundos todo se volvió oscuro, silencioso, como si nada de esto hubiera ocurrido. Mis ojos soltaban lágrimas tímidas y comencé a temblar.

Y, entonces, murmuré casi sin darme cuenta:

“Solo quiero volver a casa de nuevo”…

 

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Al final del camino

¿Has recorrido ya tu camino? ¿En qué parte te encuentras? Lo gracioso de la vida es que no sabes cuánto sendero nos queda. Cierto es que, la vejez, es cuando notas que los pasos pesan más y el final se acerca. ¿Pero quién nos asegura que el camino es corto o se alargará hasta 10 años más? Nadie.

Algunos de estos caminos están llenos de tierra, de enormes piedras que aparecen y desaparecen a su antojo. Por mucho que tengamos cuidado acabamos tropezando y duele, ¡joder si duele! Pero hay que seguir caminando porque, todavía, queda mucho por recorrer. Descalzo notas la tierra que se resbala por tus dedos, que va acariciando la piel de todo tu pie creando una singularidad y una intimidad que solo tú conoces. Cuando llevas demasiado tiempo caminando, empiezas a notar cómo ya no acaricia, sino que roza hasta provocar llagas. Empiezas a sangrar… el camino sigue y hay que acabarlo.

Hay otros senderos de asfalto, como una carretera infinita de doble sentido que se abre entre montañas, creando sombras fantasmales que, realmente, aterran. Y hace frío, mucho frío. Sin embargo, no hay marcha atrás, ni siquiera curvas. Solo un horizonte basto sin nada interesante, sin ninguna motivación para seguir avanzando. Pero sigue caminando. Sin descanso.

Existen pequeños pasajes donde crece la hierba, donde los colores asoman a doquier para provocar un alivio en tus pies que no dejan de sangrar por la rozadura del asfalto, de la tierra, de las piedras, del Sol abrasador y de las noches frías donde la Luna no quiere aparecer.

Pero es el camino y hay que llegar al final.

¿Has conocido a seres mientras caminabas? Estos seres que aparecen y desaparecen a su antojo están para entretenerte, para que no se te haga tan duro el recorrido. Sin embargo, algunos te cogen de la mano para aguantar kilómetros y kilómetros a tu lado. El doloroso momento en el que tienen que marchar, en el que deben seguir sus pasos porque tu dirección es una y el de ese ser es otra. Cuando ocurre esto decides parar un momento, arrodillarte en el camino y esperar a que vuelva. Pueden pasar siglos, milenios… nunca va a volver. La esperanza de que los caminos se crucen es lo que permanece hasta el final.

De repente, una fuerza sobrehumana se apodera de ti y consigue que te levantes. Tus pies se han curado de las heridas y están dispuestos a seguir hacia adelante. Vuelven a darte la mano, vuelves a sonreír, vuelves a sentir que no estás solo hasta que llega el final, a veces tan largo, a veces tan de sopetón.

Una enorme cortina se sitúa entre el cielo y la tierra que pisas. Un resquicio deja pasar la luz cegadora, como si el Sol solo consiguiera pasar por ahí mientras todo queda en penumbra. En ese momento todo desaparece, sólo estás tú y la enorme cortina que espera a que la abras para pasar al otro lado. Entonces, tras tanto tiempo caminando solo, tras tanta desesperanza, tras sentirte abandonado mientras tus pies se curaban al mismo tiempo que tu corazón se recomponía, te sorprende descubrir que hay muchas más cortinas a lo lejos, más hilos de luz de esperanza. Y descubres que no estás solo, nunca lo has estado. Porque todos sentimos algo parecido, porque todos tienen un camino.

Tu voz llegará a algún lugar y conseguirá que los que siguen caminando sonrían, aunque sea por un ápice, por un instante y ni siquiera sepan de dónde viene esa sensación. Canta, sonríe y traspasa la cortina. Todo ha acabado. Tus pies no sangrarán más. Tu corazón está intacto y late, sin descanso.

Entonces, quizá en ese momento, te hagas las siguientes preguntas:

¿Cómo podemos sentirnos solos si todos experimentamos el mismo sentimiento?

¿Cómo podemos sentirnos abandonados cuando todos queremos lo mismo?

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Sonrisa

Siempre una sonrisa.

Aunque estés totalmente roto por dentro, una sonrisa en los labios mejora cualquier estado anímico. Pero cuando sale desde dentro, cuando notas que las piezas se recomponen es cuando esa sonrisa brilla a kilómetros.

Ojalá pudiera explicaros qué se sentía cuando tus labios se extendían hacia los dos extremos, se entreabrían para mostrar tus dientes y, entonces, una dulce carcajada salía de tu boca porque la felicidad se desbocaba, conseguía salir por los poros y demostrarse en los labios. También en unos ojos que se entrecerraban debido a los rasgos que se dulcificaban al explotar en un placer que todos conseguimos, aunque sea solo por un mísero instante.

Y, las sonrisas, no saben de edad, no conocen un límite para decir: “ya es tarde”. Sin embargo, hay momentos en la vida donde cualquier experiencia se convierte en plena, consigues vivir todo tan intensamente que lo de alrededor te da igual. La tristeza y la desesperación son sumamente potentes, pero obtienes la recompensa al ver que, la felicidad, el placer y la alegría son mucho más fuertes. Es el momento en el que te sientes vivo.

A lo largo del camino de la vida seguimos sonriendo, pero va perdiendo fuelle, la esencia se va agotando. Solo hay una manera de volver a recuperar la fragancia completa, que sus feromonas, que su energía positiva vuelva a inundar todo lo que haya alrededor, incluso a las almas más negras.

A lo largo del trayecto encontramos tantas dificultades que comienzan a rasgar dentro de la carne hasta penetrar en nuestro ser. Nos hace necesario eso de construir una coraza para poder protegernos de cualquier mal. Empezamos a dejar de vivir, a dejar de sentir. Nos convertimos en meros robots que obedecen las órdenes de la sociedad que nos ha tocado vivir. Asientes cuando realmente quieres decir “no”, ríes cuando desearías gritar, llorar o desatar toda la furia que has ido construyendo junto con ese enorme muro que está labrado con frustración y silencios.

La sonrisa permanece, pero ya no es real, está hecha añicos. Tus ojos no siguen la sintonía de los arcos de tu piel que van formándose mucho más duros debido al paso de los años, pero no provocados por las sonrisas verdaderas.

Sin embargo, no pierdas la esperanza. Sigues respirando, eso es lo importante. No temas a lo que está por venir y, de vez en cuando, vive.

Di lo que sientes.

No tengas miedo.

A veces el “no” es lo que debes decir.

Y, entonces, quizá llegue el momento en el que vuelvas a sonreír de verdad.

Ya se sabe que, la esperanza, es lo último que se pierde. No la dejes escapar mientras sigues construyendo tu coraza.

Y, lo más importante, aunque cueste, no dejes de sonreír nunca.

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Cuántas veces

Cuántas veces se habrá repetido que la perfección no existe, que es imposible que pueda manejarlo todo ella sola, que el control en todos los ámbitos de la vida, de la sociedad, son imposibles si no eres una máquina. ¡Oh! ¡Cuántas veces habrá soñado con ser un robot sin alma, donde las acciones o tareas a realizar fueran perfectas. Y, si no sale bien, no pasa nada. La conciencia está tranquila, eres solo una máquina que se puede arreglar con facilidad. Y aquí no ha pasado absolutamente nada.

Cuántas veces le han dicho eso de “no eres perfecta, no puedes controlarlo todo”. Si se pusiese a enumerar las ocasiones en las que allegados y no tan allegados le han dado consejos podría sumar miles. Cuando esto ocurre asiente, da las gracias, pero por dentro sigue sintiéndose sola, el vacío inunda su ser y nota como el desamparo empieza a llenar ese vacío. En ese momento piensa que, ojalá, se hubiera quedado así, vacío.

Si pudiera describirlo de manera gráfica, tenerlo todo bajo control es como si estuviera atada de pies y manos con un sinfín de cables que recorren su cuerpo, que están conectados en perfecta armonía, pero que le aprietan, apenas le dejan respirar, pero aguanta porque sabe que, si todo circula como debe, todo irá bien.

Sin embargo, de vez en cuando, casi cada día últimamente, ocurren cortocircuitos que recorren todo su cuerpo. Pero no puede desatarse, ni siquiera arreglar ese cable que no conecta bien. Así que no le queda otra que aguantar los calambres hasta explotar.

Cuántas veces habrá deseado explotar…

Cuántas veces habrá rogado que la sacasen de ahí…

Cuántas veces.

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