Ignore the smoke

Tendemos a querer mirar con los ojos abiertos. ¿Alguna vez has intentado cerrar los ojos y probar?

Tuve la ocasión de ser una de esas pocas personas privilegiadas a las que invitaban a la fiesta del humo. El objetivo básicamente era no ver. Simplemente sentir. Lo que no me contaron es que la gente iba allí para ignorar la realidad. Ignorar el humo y sonreír, simplemente sonreír.

Te soltaban sin darte ninguna explicación. Al principio mantienes los ojos abiertos para observar a tu alrededor, intentando disipar algo entre un humo tan espeso que hacía que tus lacrimales provocaran lágrimas de escozor.

Con los ojos aún abiertos me choqué con alguien, pero no podía ver cómo era. Empecé a inspeccionarlo con mis manos. Algo más alto que yo, la piel estaba algo seca, casi sin vida. Cuando posé mis manos sobre sus ojos me di cuenta de que los tenía cerrados y, cuando rocé sus labios, noté su sonrisa. Pero él no me respondía. Simplemente dejaba que le tocase sin ningún remordimiento, sin ninguna reacción.

Así sucedió con unos cuantos más pero nunca, nadie, respondía a mis caricias. Tampoco hacían caso de mi voz, la cual se quedaba sobrevolando en el aire sin encontrar ningún receptor que la escuchase. Sin embargo, todos ellos tenían en común una postura rígida, inamovible y, sobre todo, que sus ojos se encontraban cerrados y su sonrisa permanente.

Pasaban las horas, incluso llegaron a pasar días y me sentía desesperada intentando encontrar la salida entre todo ese humo espeso. ¿Por qué me invitaron? ¿Por qué acepté? ¿Qué querían de mí?

Los ojos no dejaban de picar y de escocer y, debido al agotamiento, me desplomé y me quedé profundamente dormida. Noté un ligero roce en mis brazos, apenas apreciaba cómo me levantaban y me ponían de pie, totalmente rígida.

Unas suaves manos cerraron mis ojos y expandieron la comisura de mis labios hasta hacerme sonreír. Pasados unos minutos ya no sentía nada, pero mi cerebro sabía que me estaban manipulando, que me estaban utilizando, que hacían de mí lo que realmente querían sin yo tan siquiera darme cuenta, sin poder reaccionar.

Pero notaba que estaba sonriendo y que mis ojos estaban cerrados.

Lo último que pude apreciar antes de desaparecer de mí misma fue a alguien que me susurraba:

“Ignore the smoke and smile”

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¿Está mal?

Los seres humanos nos diferenciamos de los animales porque tenemos conciencia sobre lo que está mal y lo que está bien.

Yo no creo estar de acuerdo.

¿Quién ha sido el que ha impuesto una línea entre lo correcto y lo incorrecto? No hablo de que esté bien robar, matar o violar. Me refiero a los sentimientos, a las acciones individuales, a la moral misma.

Si realizas algo y pides una opinión caen dagas sobre ti, martillazos de moralidad y de ética que te hacen sentir una confusión total sobre qué estás haciendo. Pero, al mismo tiempo, necesitas sentirte apoyado por lo que estás sintiendo antes de que cometas una equivocación.

Hace tiempo conocí a una chica a la que le habían roto las alas. Aunque podía ver con sus ojos violetas nunca podía fijar la vista en un objeto y, mucho menos, en alguien. Cuando cogimos algo más de confianza empezó a buscar mi mano, necesitaba sentir el calor de alguien. Su mano temblaba y vacilaba en si acercarse definitivamente o no.

Le hablé de tantas cosas sobre el mundo, sobre la realidad, sobre mí, ¡oh! cuánto hablaba sobre mí que, poco a poco, notaba que sus pupilas volvían a cobrar vida y se disipaba algo de atención hacia mi persona. Pero sus alas seguían rotas y no podía convencerla de que le atendieran para poder curarlas. Se negaba, me ignoraba, no le interesaba.

Cuando tras muchos años estando con ella me cogió de las manos pude verla a través de sus ojos, de esas pupilas que ahora se fijaban en las mías. Y la miré, la observé, la analicé: nunca había sentido tanto terror. Nunca había sentido tanto vacío. Nunca había sentido tanta pena. Pero sonrió, por fin salió de su estado de autismo y me prestó atención. Para ella era alguien por fin.

Cuando intentó decirme algo se dio cuenta de que, sus alas, estaba totalmente rotas. Empezó a gritar de dolor, a tambalearse, se levantó y cayó al suelo fulminada. Ahora sus ojos volvían a perder su vida pero, ésta vez, su corazón tampoco respondía. Sin embargo, seguía sonriendo.

Nadie vino a rescatarla, nadie vino a socorrerla. Fui yo quien la llevó a un lago cercano. Antes de tirarla al lago toqué sus alas rotas y su mirada totalmente desaparecida, totalmente muerta. Le susurré:

“¿Por qué no te dije que nada de lo que hacías estaba mal?

¿Por qué no te convencí de que hacías lo correcto si tú eras feliz así?

¿Por qué me pedías mi opinión?

¿Por qué no te comprendí?

¿Por qué no te dejé volar si lo necesitabas?

¿Por qué no te quise de verdad?

Solo tú fuiste capaz de decir lo que sentías siempre, solo tú mostrabas tu cara sin tapujos, solo tú vivías haciendo lo que querías. Cometiste el error de pedir opinión, cometiste el error de escuchar lo que decían los demás. Cometiste el error de encontrarme. Yo te rompí las alas. Pero, ahora, te he liberado.

Te lo debía”

 

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Preciso Me Encontrar

Dicen que la vida es un regalo, que no hay que desaprovechar ninguna oportunidad. Disfrutarla a tope, ¡a tope! Porque pasa más rápido de lo que crees y hay tanto que hacer, tanto que ver, tanto que descubrir. “¡Que la vida son dos días!” – dicen.

Pero, ¿qué pasa cuando la vida no tiene sentido? Ya no es un regalo, sino una maldición. Cada día esperas que pase lo más rápido posible con la mínima esperanza de que, el siguiente, haya algo por lo que retomar las palabras y “disfrutarla a tope”, como dicen cuatro cantamañanas viviendo entre algodones. Pero el siguiente es exactamente igual que el primero. Nada ha cambiado.

Otra persona, de esas que te cuentan maravillas, que ve la vida de color de rosa y que nada se ha interpuesto nunca en su camino, te dice que es culpa tuya porque no haces nada para remediarlo. Y te sientes realmente mal, realmente una mierda, eres tú el culpable de que no veas sentido a la vida, de que esté pasando por delante de ti riéndose en tu cara.

Piensas en la veces que lo has intentado. Cada mañana, aunque costase mil horrores, te has levantado con energía, con esperanzas y has sonreído al espejo diciéndote: “¡hoy será diferente!” Y te topas con la realidad de bruces. Todo sigue igual, nadie te ve distinto, el mundo sigue siendo ese lugar cruel donde viven personas que lo pasan mejor comprando, gastando, haciendo daño que mirando al prójimo con intención de ayudarle, pensando en disfrutar sobre lo que le brinda la naturaleza y no en un mundo virtual cargado de caretas y perfiles falsos.

Cuántas veces te habrás levantado con pesadez para arrastrar los pies para no frenarte porque, claro, la vida hay que aprovecharla, que son dos días, que pasa muy rápido y no estás haciendo nada. Vuelves a perder fuelle. No obstante, lo que no deja de aumentar son las pesas en tus tobillos para que te sea cada vez más difícil levantarte.

Uno de esos días sin pena ni gloria me arrastraba por el suelo porque se habían añadido tantas pesas que ya no podía levantarme. Entonces me encontré con otra persona que arrastraba sus pies. Se paró delante de mí, sorprendido, y me soltó: “¡Y lo que estamos aprendiendo de la vida qué! ¡Cada pesa es una experiencia y nos ayudará a enfrentarnos mejor al futuro!” Os juro que, si no hubiera sido por las toneladas que arrastraba mi cuerpo, le hubiera espetado yo un buen puñetazo en toda la cara.

Llegó un día en el que no podía levantarme de la cama. Lo único que se movían eran mis lágrimas brotando de mis ojos. Solo quería quedarme ahí postrada, durmiendo sin descansar en absoluto y que me consumiera la nada, que me tragara hasta lo más profundo. Lo deseaba tanto que pensaba que el tiempo se había parado. De repente, una vocecilla me habló cuando la penumbra comenzaba a cubrirme.

Me reconocí a mí misma. Una voz de niña que me agarró de las manos y me brindó la oportunidad de encontrarla de nuevo. Me concedió el regalo de volver a tener ilusiones, de soñar despierta y de enfrentarme a la realidad con sentimientos que sobrepasaban al tiempo y al espacio. No sé si jugaba conmigo o si era la única que se había quedado luchando, siendo ella misma y no teniendo pánico a absolutamente a nada. Veía la realidad a través de sus sueños y de sus ilusiones, aprendiendo que, lo que ella siente es lo que realmente importa, lo que marca la diferencia y aumenta la experiencia.

Apareció ante mí y sonrió burlona. Soltó una risa y se alejó corriendo de mi vista.

Hizo desaparecer de un soplo las pesas que me postraban a la cama, disipó en un segundo las sombras y de mi espalda brotaron dos alas. Me sentí ligera como hacía tiempo, pero tenía el vehículo para encontrarla porque había vuelto a esconderse.

¡Te encontraré! Total, la vida son dos días y hay que aprovecharla.

 

 

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Pánico

Ella se queda mirando al infinito. ¿Nunca habéis probado a hacerlo? Seguro que más de una vez lo habéis hecho pero solemos no recordarlo.

Mirar al infinito es mantener la mirada fija en un punto, pero no estás observando absolutamente nada. Tu mente anda perdida en la nada, viajando por el Universo en busca de algo que le haga reaccionar.

Puede tirarse horas así, sin sentir nada, sin percibir ni un solo resquicio de que se encuentra en un lugar y en unos hechos de los cuales no puede escapar.

Le ocurre cuando intenta explicarse a sí misma por qué se encuentra así, por qué posee pánico a absolutamente todo. Pánico a salir, pánico a conducir, pánico a la gente, pánico al futuro, pánico a sí misma, pánico a la hoja en blanco.

Escuchaba una letra que decía:

“Toda la vida soñando en este mundo hecho de papel.

Tengo los pies en el cielo. El corazón vuela alto también”

Y recordó que antaño estaba llena de vida, que antaño no poseía miedo a nada, que antaño se comía el mundo. Vuelve a fijar la vista en el Universo, buscando entre la nada algo que le haga reaccionar, que registre un click en su cerebro para librar el dedo pulsado en una pausa permanente y accionar el “play”.

Volvió a perderse en el vacío, otra vez. Y cuando se dio cuenta de nuevo comenzó a entrar en pánico.

Seguía perdida en el infinito. Seguía buscando su esencia, su alma en ese punto fijo.

Pero se está cansando de buscarla y el pánico empieza a subir por sus pies, a provocarle sudores fríos, a disparar su corazón a mil por hora viendo llegar el final.

¿Se cansará de buscarla y se rendirá al pánico?

¿O podrá encontrarla y agarrarle de los dedos y tirar, tirar, tirar y encontrarse por fin?

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Crisis


Ella pensaba que una “crisis” se trataría de un evento traumático, cargado de gritos y desesperaciones. Quizá hubiera sido mejor así, un volantazo, soltarlo todo y volver a la calma.

Tonta de ella cuando se percató de que la auténtica “crisis” conlleva un hilo que conecta las ganas con la apatía, la risa con el llanto y la luz y la sombra. Y ese hilo no era siempre igual. No lo imaginéis como un filamento perfecto y tensado de un punto a otro totalmente recto y sin vacilaciones.

El hilo de la “crisis” empezaba bien, pero acababa deshilachándose para convertirse en un material distinto para volver a encauzarse hasta el punto final pero, de nuevo, parecía que iba a cortarse, que el último resquicio de la fibra iba a romperse para caer en picado y quedarse colgando desde un principio mirando hacia un final cuesta abajo, sin salida. Asombrósamente volvía a recuperar fuerzas y a recubrirse de un material que lo hacía más fuerte pero que, con el tiempo, se desgastaba.

Ese hilo no conseguía ver el punto y final al que estaba atado y eso hacía que la vista corriese más rápido hacia la derecha, como una película cuya cinta es infinita provocando que se volviera loco ese motor, ese cerebro que posee el acelerador pisado a fondo pero, al mismo tiempo, con el freno de mano puesto.

Solemos expresar las emociones como una montaña rusa. En el momento de la bajada nos quedamos un segundo sin respiración y levitamos a causa de la caída en picado. Ella notaba que le faltaba la respiración y sentía que caía sin cinturón de seguridad, al vacío. Experimentaba temblores por una emoción que se puede describir como si la luz corriese hacia atrás para dejar a la vista la nada, la total oscuridad. Mirar hacia los lados no servía de nada porque todo permanecía en la penumbra, en el silencio.

El aire no llega a los pulmones de ella. Sin embargo, bocanadas de aire vuelven a estos órganos a través del llanto, que surge de manera desesperada como método de supervivencia, como vía de escape. Junto con las lágrimas la luz comienza tenue hasta recobrar su protagonismo cuando ella se queda exhausta, cuando no le quedan más lágrimas.

La crisis está presente y la reconoce. La ve claramente cada vez que se siente triste, cada vez que agacha la cabeza, cada vez que sonríe al mismo tiempo que otra pieza se rompe en su interior, cada vez que da un paso adelante para que alguien le ponga las manos en el los hombros, no dejándola continuar su camino, cada vez que da las gracias, cada vez que pide perdón.

Antes ella cerraba los ojos y dejaba volar su imaginación, sus pensamientos se convertían en cuentos de hadas, en historias que cobraban sentido en su interior y le llenaban de alegría la realidad, aunque no se pareciese lo más mínimo.

Ahora ella cierra los ojos y solo ve a la “crisis”, la cual detiene cualquier pensamiento positivo, cualquier historia bonita con la que reconfortar el alma. Solo le insiste en que mire al futuro, en que piense en lo mal que lo ha hecho, en el tiempo que ha perdido y, sobre todo, echándole toda la culpa por no hacer nada para solucionarlo.

Se ríe a carcajadas, sin vacilaciones, se ríe a sus anchas, a gusto, se ríe por completo de ella. La “crisis” sabe que, por mucho que ella lo intente, cada vez que cierre los ojos, cada vez que esté sola, cada vez que se sienta en compañía, la única persona que estará a su lado será la “crisis”.

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¿Cuándo ocurrió?

Cuando era niña solía ser el centro de mundo.

Creía que, si me dormía, el mundo entero se detendría.

El mundo entero se movía para mí y no podía imaginar un mundo sin mí.

Durante esos días todo lo que existía lo hacía para quererme.

¿Cuándo fue?

¿Cuándo me di cuenta de que el mundo sigue girando sin mí?

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo me di cuenta de que no era el centro del mundo?

¿Cuándo fue?

¿Cuándo me di cuenta de que solo era una de las muchas personas que lo habitan?

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo coloqué a otra persona en el centro de mi mundo?

Me he dado cuenta de que hay cosas que no puedo tener por mucho que las desee…

¿Cuándo ocurrió?

¿Cuándo empecé a odiarme por querer ser amada?

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