Antes del amanecer


Brindo por una soledad compartida, una congelación en el tiempo donde la temperatura sea una mezcla entre la tuya y la mía. Palabras que lo dicen todo y no dicen absolutamente nada, miradas que disparan cargas macrocósmicas de pasión, manos sudorosas a causa de la agitación y la detención de Cronos. Somos tú y tú y yo y yo y tú y yo y yo y tú, básicamente somos nosotros como individuo, somos algo más que carne, hueso, sangre y neuronas, más que agua y partículas complejas, más que un trozo de carne que se excita al roce.

Es imposible describirlo, supongo que es como lo que sienten los pájaros al volar. El aire les golpea como vítores de libertad. Por eso cantan y se sienten felices.
Aunque todo el mundo nos vea como paseamos a las orillas del Danubio por las calles de Viena, cómo disfrutamos de un café caliente junto a los jardines del castillo de Schönbrunn, alzamos la vista al techo inalcanzable de la catedral y rebuscamos discos antiguos en una de esas tiendas que huelen a recuerdos en las capas de los vinilos.

Caminas a ras de una nube rosa, de estas de caramelo. Pero prefieres sus labios a romper la esencia que os eleva hacia arriba, hacia el átomo primigenio.

Y aunque el tiempo no corra para vosotros, la Tierra sigue girando sin remedio y la luz del Sol emerge del este, atravesando los vastos valles vieneses hasta destrozar los ojos, rasgando vuestras almas para por fin separaros.

Y aunque creais haber llegado a la perfección aún quedan cosas por decir. Cuando el tren ha partdio y el avión despegado sois uno más y uno menos. Pues habéis conocido la felicidad durante una eternidad para ser arrebatada hasta que alcancéis el día de vuestra muerte.

A no ser que el destino sea benévolo y pueda juntar a dos almas sin rumbo. En perfecta soledad.

“Si de verdad existe alguna clase de Dios no debe de estar en nosotros, ni en ti, ni en mí. Pero quizá en un pequeño hueco entre nosotros.
Si existe alguna magia en este mundo debe estar en el intento de comprender a alguien al compartir algo… Lo sé, es casi imposible lograrlo pero, ¿qué importa eso? En el intento debe de estar la respuesta”

Celine (Julie Delpy) – Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995)

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Al rico pastel

El otro día me dio por probar a hacer un pastel. Pero no sabía qué sabor escoger. Así que rebusqué en los cajones de mi antigua vida a ver si encontraba inspiración. Recetas antiguas de cocina, manuales para hacer postres, fascículos pasados de galletas caseras…
Había sabores empalagosos, amargos y otros tantos bastante sosos.

Probé con el dulce. De estos tenía muchos para elegir. El chocolate sabía demasiado a chocolate. Empalagoso hasta aburrir. Tiré el pastel con algo de pena. Intenté compartirlo pero nadie lo quería.

La nata nunca me había gustado del todo, pero era cuestión de intentarlo. Este pastel me salió riquísimo. Lo guardé en la nevera… No sé para qué porque lo saqué a los pocos segundos para zampármelo entero. Al rato, me sentí culpable por habérmelo comido todo.
Aún así no estaba llena.

Pasé a los amargos.
Café… el olor el café me entumece los sentidos y me relaja el espíritu. Sin embargo, mi pastel de café era lo más asqueroso que había comido nunca. No hizo falta probarlo, fue olerlo una vez sacado del horno y tirarlo a la basura.

No quise probar con más amargos así que lo intenté con el queso.
Tarta de queso con frambuesas. Suena tan bien que ya dan ganas de comer hasta sus propios caracteres, ¿verdad? Siento decepcionaros pero no tenía sabor, ni textura, ni color, no tenía ni puñetera gracia. Qué desperdicio de especie, qué desperdicio de harina y huevos. Marcha atrás… aprovechemos esos ingredientes.

¡Pastel de carne! Puag…
¡Galletas de limón! Demasiado ácido.
¡Magdalenas de canela! Esponjosas y vomitivas.

¡Joder! Desisto…

Tiré todos los manuales de cocina, las recetas de postres y pasteles. Saqué la basura cargada de pasteles enteros, cáscaras de huevo, bolsas de harina y miles de cartones de leche.

Volví a la cocina, toda patas arriba. Un desastre.

Lloré de frustración. No sé ni hacer un puñetero pastel, ni unas estúpidas galletas, ni tampoco hornear unas simples magdalenas.

Sonó el teléfono. Era Raquel, una amiga de clase:

– Hola Raquel…
– ¿Qué te pasa? Te noto la voz decaída.
– No sé hacer un pastel. Y sigo teniendo tantísma hambre…
– Tienes antojo.
– Será eso. Pero he comido de todos los que he hecho pero sigo con el estómago vacío.
– Bah… ve al súper que tienes al lado de casa. Ahí están buenísimos. Así ni se te ensucia la cocina y no te comes la cabeza.
– Pero…
– Pero nada. Ya no existe la buena cocina, ya no hay ricos sabores. El paladar es otro. Adáptate a los cambios. Debes acostumbrarte, aunque tu estómago lo rechace los primeros meses.
– Yo sólo quería elegir mi sabor…
– Pierdes el tiempo. Ellos ya te eligen a ti.

Fui al súper y cogí el primer pastel que vi. No sé ni de qué era, ni me importaba.

Me senté en el suelo de una cocina empantanada de harina en los azulejos y trozos de chocolate en los armarios. Había dos pobres cáscaras de huevo a mi lado.
Tenía el pastel entero en la mano con el envoltorio medio abierto. Cogí un trozo con el tenedor y me lo llevé a la boca.

No sabía a nada.

– … ¿que no te supo a nada?, ¿y te pareció raro? Mujer… vives en otro mundo, en otro tiempo. Mejor que te sepa a nada a que acabes vomitando por las esquinas cualquier pastel que intentes hacer.

Nunca más volví a cocinar.

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Left

Una melodía de cajita de música sonaba a lo lejos, rejurgitando entre los átomos de hidrógeno. Su sonido era melancólico, pero vomitaba palabras de apoyo y voces de alegría.
Si fueras capaz de agarrarme el corazón en este momento explotaría en tus manos alejándote de este mundo de violines tristes y estrellas fugaces. Y en esos pocos segundos todo esto vino a mi mente:

“Dejar todo cuando aún queda mucho por hacer. Amar a medias cuando puedes descubrir el cielo antes de pasar a una mejor vida. Tragarse las lágrimas cuando la única solución es llorar para calmar tu angustia. Sonreir cuando desearías usar la violencia. Ponerte de pie cuando lo que necesitas es sumirte en un placentero sueño. Beber té de hierbas cuando lo que verdaderamente necesitas es una puñetera cerveza. Agachar la cabeza en la pista de baile cuando desearías desatar tu adrenalina moviendo todo tu cuerpo al ritmo de la música. Cerrar los puños en señal de frustración cuando podrías abrazar al ser amado. Para qué hablar si sabes perfectamente que el silencio lo dice todo entre los dos. ¿Por qué te pones ese vaquero usado cuando compraste un precioso vestido ayer? Sonrojarse por tener menos tetas que aquella, más cintura que la otra y unos pies como lanchas. Taparse la cara porque llevas gafas cuando te sientan tan bien…

Hay tantas cosas que no entiendo y que quedan por descubrir.
Hay tantas cosas que dejaría atrás.

¿Por qué intentas ser normal cuando puedes ser alguien excepcional?”

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La mar



Estoy harta de caminar sin rumbo. Decidí salir de casa con la única excusa de despejarme debido a los últimos acontecimientos acaecidos estos días. Cuando no deberías quejarte piensas que todo lo que te rodea es un asco.

La Luna está menguando, sin embargo, su tenue luz de invierno me atrae hacia la mar. Apenas hay nadie en el paseo marítimo, realmente es tarde y hace mucho frío. Pero a mí me gusta el frío. Adoro que penetre bajo mi piel y acuchille mis entrañas. Me hace sentir viva.

Me quito las botas, corro por la arena hasta llegar a la orilla. Los pequeños minerales y piedrecitas están helados, húmedos por la cercanía del mar. Me paro delante de él o de ella. Siempre he creído que la mar es una mujer, una Diosa abandonada por el Cielo. Suplicante le pide compañía. El Cielo se muestra altivo y pendenciero. Está enfadado porque la mar decidió mostrar su rostro a los seres vivos en vez de esconderse en lo invisible. Quería ser tocada por manos calurosas y llenas de deseos. Con estos pensamientos me acerco a tocarla. Helada. Templada. Caliente. Ella me ha respondido. Ahora estamos a la misma temperatura. Me dejo llevar por la pasión de la mar y ahogarme en mis pensamientos.

Charles, ¿te acuerdas? Tú me contabas esta historia de desamor entre el Cielo y la Mar. Tú me cantabas sabrosas melodías de verano al oído mientras acariciábamos la arena aún caliente por el Sol de la tarde. Tú me enseñaste a escuchar las olas y a predecir las mareas. Tú me aconsejaste que era mejor volar con los ojos cerrados. Me mostraste la plenitud de reír a carcajada limpia. Me enseñaste a confiar en mí. Me enseñaste a sentir. Me enseñaste a amar.
Nunca nos besamos, nunca hablamos con las palabras. No hacía falta. Podía llegar a la felicidad estando contigo mirando a la mar. No necesitaba nada más. Me daban ganas de llorar y de darte las gracias sin descanso por brindarme tan grata sensación.
Ahora la tengo mirando a la mar. Poseo la alegría punzante en mi pecho pasando mis manos sobre sus olas. Siguiendo sus sensuales movimientos hacia la orilla en un retorno sin fin. El bucle de comenzar y acabar sin descanso.

El día que desapareciste recuerdo haberme quedado ciega. Ya no sabía a dónde dirigirme. Todo era negro, algunas veces nuboso hasta que, un día, todo se volvió gris. Pude diferenciar los rostros y los paisajes pero todo, absolutamente todo era igual. Un gris de matices grises.
¿Dónde estás? Muchos dicen que te ahogaste en la mar, otros que eras demasiado libre como para seguir en este lugar de almas olvidadas. Quiero creer que fue la primera opción. No quiero ni imaginar que me dejaras aquí abandonada a mi suerte, cuando yo pertenecía a tu vida. Me hubieses roto en mil pedazos.
Pero, ya no sé qué pensar. No consigo distinguir colores. Visito la mar todos los días desde hace 20 años. La vida se me apaga. No me queda ni una lágrima más. Tampoco un ápice de esperanza.

Al principio ella intentaba salvarme. No sabes cómo duele sumergirse en el agua a unos 4 grados. Imagina miles de cuchillos afilados que te atraviesan 50 veces por segundo, sin parar. Con este dolor intentaba hacerme cambiar de idea. Pero mi alma ya estaba muerta, el dolor físico era lo de menos.
Cansada por hacerme recapacitar, prefirió atacar mi sistema respiratorio. Me ahogaba, el dolor en el pecho que subía hasta mi cerebro era mil veces más doloroso que el frío instalado en mis huesos. Y espero que sepas lo que es que te revienten los tímpanos por la presión del agua. A lo mejor imaginas lo que es que te estallen los pulmones porque se hinchan por esta causa. Y lo que significa alcanzar, por fin, una paz eterna bajo la mar.
La mar ahora me acariciaba y me acunaba en su lecho.

Buceando en sus entrañas te buscaba. Debías de estar en este paraíso sumergido. Estaba segura de que habías muerto bajo sus aguas.
Pero nunca te encontré.

Maldito seas…

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Sequía



El otro día me encontré con mi amiga Estefanía, a la que no veía desde el instituto. La pobre llevaba sin beber agua unos 4 años. Su estado era lamentable: sus ojos caídos, la boca exigiendo saliva y la lengua rota por la deshidratación. Asustada por la imagen que me mostraba, le ofrecí mi botellín de agua. Ella se abalanzó hacia él al asomarse por la cremallera abierta del bolso. Bebió todo el contenido pero, al contrario de lo que debería pasar, su estado empeoró.

Quería llorar pero no le quedaban lágrimas. Se las había bebido todas.

En el agua se crearon los primeros seres vivos. Sin ella el ser humano no existiría. Pero hay riachuelos de un agua muy distinta, fluye por otra parte del cuerpo y se escapa en actos y sonrisas.

“¿Pero qué hace uno cuando tiene sed y el agua no está cerca?”

Esto fue lo último que me dijo Estefanía antes de caer al suelo sin vida.

La autopsia reveló falta de cariño, soledad crónica y una terrible melancolía y desasosiego por una mirada gris que nunca volvió a reconocer.

Fotografía: Rocío Hernández

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Crecer contigo

– ¡Hey, pequeña! ¿Y tú qué quieres ser de mayor? -le acarició la cara a la joven de rasgos orientales que tenía a su lado, acostada en su lecho.
– Tú.
El hombre la miró extrañado, giró la cabeza en gesto de duda, miró hacia un lado, luego al techo, se frotó el mentón con sus dedos fuertes y estilizados y volvió a mirar a la joven:
– ¿Yo? ¿Por qué?
La joven entornó sus ojos verdes al agudizar una sonrisa pícara, a los pocos segundos respondió:
– Porque así sería capaz de reconocer cada rincón de tu piel, encontrar cada pieza rota de tu alma y reconstruirla en poco tiempo, adivinaría cada pensamiento y cada caricia sin tener que preguntarte cada mañana al despertar si me quieres.
Quiero formar parte de ti, transformarme poco a poco en tu alma. Crecer contigo.

Él busco su mano y la agarró con fuerza. En silencio volvieron a caer en un profundo sueño hasta convertir las palabras en ilusiones.

En sus sueños seguían agarrados de la mano construyendo el sendero que les dirigía hacia la incertidumbre.

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