Dos niñas

La pequeña de apenas un año caminaba hacia la imagen de un arco iris. Sus torpes pasos de quien aún está aprendiendo a caminar se aceleraban al mismo tiempo que su sonrisa se acentuaba más y más al encontrarse cada vez más cerca de esos siete colores que bailaban con la luz del Sol. Su rostro cambió de inmediato cuando su manita traspasó sin esfuerzo la ráfaga del espectro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se sentó de golpe en el suelo, derrotada, triste. Comenzó a llorar.

No entendía por qué no podía tocar con sus manitas, curiosas y deseosas de conocer el mundo que le rodea, aquella imagen tan espectacular. Volvió a mirar el pequeño arco iris que se había formado en el jardín de casa. Nacía desde un trocito de charco hacia una silla, creando una curvatura que sobrepasaba las propias leyes de la física. Aún sollozando y sin pestañear observó cómo, lentamente, los colores se iban desvaneciendo con la potente luz del Sol. Y así, sin previo aviso, el arco iris se esfumó.

La niña se quedó durante unos minutos inmóvil, intentando comprender qué estaba pasando. Giró su cabecita a un lado buscando a su madre, su corazón ahora mismo solo buscaba cobijo. La encontró hablando con un pariente. Pero no era la madre que ella solía ver. Gritaba y movía la mano de un lado a otro. Su rostro estaba apretado. Desde aquella perspectiva parecía un gigante enfadado con intención de pisotearlo todo y acabar con lo que encontrara a su paso. Buscó a su padre con la mirada, pero tampoco lo encontró. En ese momento sintió como si su hogar, donde ella se encontraba a gusto, se transformara en la peor de sus pesadillas, en un infierno inerte de colores, agresivo y furioso. Observaba gigantes que se movían de un lado a otro, nerviosos, alterados. Había gritos y portazos por todas partes. El resplandeciente Sol dio paso a una neblina oscura y el canto de los pájaros que acompañaba al cese de la lluvia pasó a ser un silencio solo roto por los gritos de su madre, los cuales se escuchaban mucho más altos que los demás.

Comenzó a llorar desconsoladamente. Solo podía entender que, ese arco iris que había desaparecido sin más, había provocado la ira de las personas que allí habitaban, convirtiéndolas en terribles monstruos y llevándola a un sitio oscuro, sombrío y frío.

De entre las piernas de los gigantes apareció una niña de 7 años con paso firme y mirada decidida. Se sentó junto a la pequeña, la cual no dejaba de llorar. Le secó las lágrimas con dulzura y le ofreció una bola de cristal con la imagen de un arco iris dentro de ella. La pequeña se quedó perpleja y escuchó que su hermana le decía:

“¡Mira!”

Agitó la bola de cristal y en su interior empezó a nevar sobre un bonito campo de flores con un arco iris que nunca iba a desaparecer.

La pequeña dejó de llorar y sonrió de nuevo. Cogió la bola de cristal que su hermana le ofrecía y una pompa de jabón de mil colores las cubrió a las dos.

Se podía ver como las dos niñas jugaban con el arco iris dentro de una pompa de jabón que las protegía de ese mundo de pesadillas y gigantes que destruían todo a su paso.

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