Gimme Danger

 

El peligro. Lo sentí como una bocanada de aire que recibes de golpe al salir a la superficie tras casi traspasar el límite sin poder respirar debajo del agua. Sentí vida. Eso es lo que sentí. Eso es lo que me hizo volver a mí.

Sin embargo, esa vida podrá matarme, ese golpe de aire que me devolvió la consciencia llegará a ser mi peor enemigo. Pero elijo el peligro frente a un mar de calma y tranquilidad sin que el aire llegue a mis pulmones.

Ahora que he decidido ser valiente y quiero arriesgarme me doy cuenta de que estoy totalmente sola. Consigo salir de ese mar que te atrae por sus aguas cristalinas y la calma apabullante de sus aguas para que te conquiste el corazón, animando a que se pare bajo su lecho, permaneciendo allí para siempre.

Me quedé en la orilla y pude vislumbrar un enorme lago que se extendía más allá del horizonte. Eché la vista abajo para sentir un miedo atroz al darme cuenta de que, cientos de personas, permanecían hundidas bajo las aguas de este lago de los sueños. Todas estas personas mantenían una sonrisa dulce como si descansaran totalmente en paz, donde nadie les molestase nunca más. ¿Por qué fui la única que se despertó?

 

Salí a la superficie porque decidí ser valiente y enfrentarme a cualquier peligro, exigiendo que me lo diesen para sentir dolor, para sentirme viva a cambio de alcanzar la felicidad, ¿me habría equivocado?, ¿habría tomado la peor decisión?

Asustada caminé hacia atrás sin dejar de mirar todas esas almas que se amontonaban bajo las aguas de este lago cristalino. Y, de repente, me encontré en un bosque espeso que ya no me dejaba ver el horizonte, ni siquiera el Sol era capaz de atravesar sus rayos por cualquier resquicio. Caminé sin cesar durante horas y horas. Mis pies sangraban porque el terreno era abrupto, pero no podía ver por dónde iba. Y mis brazos estaban doloridos por las ramas y hojas que impedían el paso.

La sangre de mis pies y brazos comenzó a mezclarse con mis lágrimas, que comenzaron a brotar de mis ojos sin que yo se lo ordenara. Aguanté un par de horas más caminando por la maleza hasta que caí rendida y exploté en llantos de desesperación que se mezclaban con el silencio y el frío.

¿Ésto era el peligro?, ¿ésto es vivir?

En ese momento me arrepentí de tomar la decisión de salir de mi zona de confort, de ese lago donde nada pasaba, pero nada te hacía daño. Me imaginé mi propio rostro calmado, blanco, aterciopelado, acompañado de una sonrisa de felicidad plena mientras me hundía cada vez en esas aguas que no conocían fondo.

Decidí deshacer el camino y volver por dónde había venido, pero todo estaba tan oscuro que no lograba ver mis propios pasos y mis pies me pedían descanso o acabarían rompiéndose en pedazos. Caminé durante días. La sed y el hambre comenzaron a apoderarse de mí, aunque mi desesperación les ganaría cualquier pulso, cualquier pelea.

Me arrodillé desesperada en el suelo y, entonces, palpé una rama con uno de sus extremos puntiagudos, ya que el corte no había sido limpio, seguramente debido a una tempestad que desquebrajó la madera de los árboles que no conocían el finito del cielo.

Toqué con la punta de los dedos el extremo puntiagudo y pensé en cómo atravesaría mis entrañas para poner fin a esta locura, a esta decisión que había tomado. Estuve temblando dándole vueltas a esta idea durante minutos, los cuales me parecieron horas interminables.

¿Qué iba a hacer sola? Tomé la peor decisión y ahora tengo que asumir las consecuencias. Coloqué la rama con el extremo puntiagudo justo en el luigar donde habita el corazón que empezó a palpitar cuando salí del agua, esperando peligro, esperando emociones fuertes, esperando encontrarse con algo que le hiciera sentirse vivo, tal y como había escuchado en los miles de sueños que inundaban mi mente mientras permanecía en el lago.

Sentí como la rama traspasaba mi cuerpo y, entonces, el dolor sucumbió al hambre, a la sed, a la desesperación. Agonizaba en el suelo cuando escuché movimiento de agua a lo lejos y como alguien cogía aire con tal bocanada que se escucharía hasta en el otro extremo del Universo. Noté cómo seguía respirando con fuerza y cómo sus pies rozaban la maleza y las hojas muertas en el suelo.

Se oían sus pasos cada vez más fuertes hasta que pude ver su rostro borroso y una voz lejana. No conseguía entender qué me decía. Solo noté cómo su mano rozaba la mía y cómo sus lágrimas caían en mi pecho.

Se acercó a mi oído y pude entender:

“Por poco toca tu corazón, pero sobrevivirás”

Entonces, el dolor pasó a alegría, pasó a alivio, pasó a la felicidad. Y mi rostro volvió a sonreír como cuando estaba en el lago pero, esta vez, marcado por la sangre, por el dolor y por el peligro.

Marcado por la vida.

 

 

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