Luna menguante

A veces siento compasión por la Luna. Parece que la Tierra le acompaña para que nunca se sienta sola, pero yo sé que no es así. Es la Luna quien siempre gira al compás de su hermana mayor, es la que le da calidez a las noches cuando la oscuridad se cierne en una de sus caras, cuando nuestro planeta se siente desamparado. No sabe decirle que no, ni siquiera puede evitar verla llorar cuando llueve o enfurecerse cuando se digna a violentar a los seres vivos que habitan en sus tierras con huracanes, terremotos, tsunamis o erupciones volcánicas. La Luna, levemente, casi imperceptiblemente, le tiende su manto de luz plateada, le hace sentirse amada y querida, le hace plenamente feliz pase lo que pase. Y lo lleva haciendo durante millones y millones de años.

Pero no lo veo justo. Cuando la Luna desaparece para que el firmamento inunde las noches de la Tierra, ésta no es capaz de seguirla, de preguntarse dónde estará, cómo se encontrará y cerciorarse de que, su alma, no se ha roto en mil pedazos tomando la decisión de desaparecer. Está al 100% segura de que acabará volviendo, de un momento a otro. Existe un calendario que determina los estados de la Luna, los sentimientos que profesa. El estado que más me gusta es el menguante.

Es justo aquí cuando la Luna se da cuenta de que su amor incondicional, sus sentimientos sin maldad y su entrega total no son correspondidos. Es el momento en el que se retrae sobre sí misma y comienza la introspección. Empieza a replantearse su existencia, comienza a preguntarse por qué sigue un camino que nunca llevará a un final feliz. Debe pensar más en ella misma y buscar otro planeta con el que compartir su luz, con el que el amor sea mutuo, al 50 / 50. Empieza a menguar, empieza a esconderse, a tomar las riendas de su vida para desaparecer por completo sin mirar atrás.

Apenas dura unos días en los que no está ahí y deja paso a las noches cerradas. En esos momentos en los que, por fin, debe sentirse libre, es cuando emerge una angustia incesante sobre ella. No puede parar de preguntarse si la Tierra estará bien sin su apoyo, sin su luz y, en general, sin su eterna compañía. No puede quitarse de la cabeza el brillo del Sol sobre sus océanos azules, el marrón que se tiñe de verde en el Amazonas o esas formas que tanto le hacen reír cuando las nubes se vuelven juguetonas en su atmósfera.

En cierta manera la Luna sabe que, la felicidad, es poder estar ahí con ella tendiéndole su mano, entregando toda su alma, creciendo, decreciendo, llenándose por completo de alegría hasta acabar desapareciendo por unos días. Y todo esto sabiendo que, nunca, será suya.

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