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Confesiones

“Esta noche mientras dormías te he estado observando. Y me he dado cuenta que… bueno, en realidad no ha sido mientras dormías. Ha sido un poco toda la noche. Viniendo para acá, en tu portal… Incluso en la fiesta antes de que te acercaras a hablar conmigo yo ya te había visto. Estabas con una chica muy guapa.

Quería ir a hablar contigo, pero fui incapaz.

Y pensé que daría cualquier cosa porque te acercases tú.

Luego has venido y yo no me lo podía creer.

¿Sabes por qué no te creía? Porque de mí nunca nadie se ha enamorado.

A mí nunca me ha querido nadie”.

Ella – Stockholm (2013)

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Princesas sin corona

Sobrevalorada. Estás sobrevalorada. Pero, al final del día, no vales nada. En las ilusiones puedes conseguirlo todo, convertirte en el ser más poderoso de todos los tiempos. Y nadie puede destruirte.

En sus sueños ella se cree una princesa de cuento que lleva sobre su cabeza una preciosa corona plateada con zafiros que hacen juego con su vestido de color morado. Ella juega cada día en los campos de fresas para siempre. Corretea sin perder el aliento alrededor de flores de tantos colores como los que puedas imaginar sin parar durante 10 minutos. No le da miedo tropezarse porque su corona queda intacta en su despampanante cabellera pelirroja, tan roja como la sangre. Sus ojos verdes desentonan con los destellos de sus joyas, pero quedan perfectos con el traje que recorre todo su cuerpo tapándole los pies.

Nunca pierde la sonrisa, esa preciosa sonrisa con dientes perfectos y blancos. Sus mejillas sonrosadas desprenden un aspecto angelical y virgen, pero que se contraponen a su mirada pícara y lujuriosa sobre una piel pálida. El sonido más bonito que pudieras escuchar jamás sale de sus labios sonrosados que no necesitan de carmesí, ya que son perfectos y aterciopelados.

Y tropieza. El golpe es tan fuerte que, además de partirse en dos sus labios de ensueño, su corona se desprende de su cabellera y sale rodando entre las flores. A medida que la corona va perdiendo fuerza al girar las flores empiezan a marchitarse poco a poco.

Se queda postrada entre las flores marchitas porque no le quedan fuerzas para levantarse, ni siquiera para esbozar una leve sonrisa. Y despierta, princesa, despierta.

Una noche fría de invierno, de esas de las que no deseas salir de debajo del edredón. Afuera nieva con fuerza y el viento golpea las persianas provocando sonidos ensordecedores, con tanta violencia que despertarían a cualquier alma errante. Ella cobra sentido hacia la realidad de su habitación oscura y solitaria.

Despertaba poco a poco para cerciorarse de que ya no existía el campo de fresas para siempre, ni tampoco las flores y, mucho menos, su precioso vestido morado. Su pelo había perdido su color rojo sangre y sus ojos volvían a ser de ese marrón aburrido que todo el mundo está harto de ver. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sus ojos no estaban hinchados, no se sentían cansados ni abrumados. No le recorrían lágrimas hasta la comisura de unos labios que se encontraban cortados a causa del frío que comenzaba a entrar tras recobrar la conciencia.

Dibujó una sonrisa en su cara a pesar de que, al hacerlo, sus labios se agrietaran más. Se sentó en la cama y miró como el aire y la nieve azotaban su ventana a medio abrir. Comenzaba a amanecer y, con el primer rayo de luz del día, ella observó sus manos huesudas y de piel blanca, casi tan blanca como los copos que caían del cielo.

Un salto al corazón. Un aliento entrecortado. Un grito ahogado. Su mano se elevó rápidamente hacia su cabeza en busca de su corona perdida.

Cuando ella se dio cuenta de que la había vuelto a perder sus lágrimas volvieron a brotar.

 

 

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La chica del bar

Cada semana. Siempre a la misma hora. Ella aparecía por la puerta con un nuevo acompañante. Al principio y por perjuicios llegué a creer que era de esas mujeres que se venden, que hacen la vida de la persona que las acompañan un poquito más feliz aunque sea por unas pocas horas, por un pequeño instante. Ellos se saciaban y ella podía pagar sus facturas.

A la tercera visita a mi bar me di cuenta de que ella no era para nada una acompañante más. De que no vendía su cuerpo por dinero, sino que vendía su alma por apenas unos minutos de atención.

Me percaté de ello por el perfume que desprendía al pasar por la barra antes de coger la pequeña mesa escondida al final del local, la cual poseía una luz más tenue y un habitáculo de una intimidad que ella conseguía enigmatizar. El aroma era dulce, difícil de explicar para los que poco sabemos de perfumes para mujeres. Eso sí, me hacía rememorar los pasteles caseros que cocinaba mi madre todos los domingos para que disfrutáramos de un pequeño momento en familia. Ella no se daba cuenta, pero mi mirada seguía su aroma hasta su rincón preferido. Al cabo de tantas visitas siempre dejaba su mesa libre. Secretamente estaba reservada para ella y sus acompañantes. Incluso he llegado a perder clientes por no querer ocupar aquel rincón. Pero estaba seguro de que no me fallaría jamás.

Al cabo de la tercera cita supe con más certeza que no cobraba por sus servicios, al menos de manera monetaria. Lo sabía por esa sonrisa sincera que mostraba a su receptor sin reparos, sin corazas ni escondrijos. Lo sabía por sus labios de color carmesí que permanecían intactos dando igual lo que comiera o bebiera. Era consciente por sus pupilas negras y enormes, que se dilataban y deleitaban escuchando todo lo que su acompañante le decía. Por la mano colocada en su barbilla en un ángulo recto perfecto cuyos dedos acariciaban el pelo que le caía por el lado derecho de su oreja. Sus movimientos sensuales la delataban. La desnudaban sus gestos, gestos como su mano posada tímidamente sobre sus labios cuando algo le hacía mucha gracia.

Todas las semanas llevaba el mismo vestido de color naranja con ligero escote que escondían unos senos que pedían a gritos ser liberados. ¡Oh! Ojalá escucharas su risa dulce, como la de una niña pequeña, mezclada con una picardía innata que derretiría a cualquier humano, por mucho que se las dé de valiente o rudo.

Siempre pedía lo mismo: dos cervezas estilo porter, fuertes y oscuras, nada que ver con su alma inocente que pedía a gritos que la rescataran. Antes de marcharse ordenaba un chupito de tequila, con su limón y sal para no perder la tradición de los bares donde servimos mal este brebaje de origen mejicano. Su velada duraba, aproximadamente, un par de horas. Picaban algo para poder paliar los grados de alcohol y, pasado ese tiempo, salían del bar. Ella se tambaleaba un poquito, pero su mirada brillaba y se reflejaba en los ojos de su acompañante. Seguramente se debiera a su ebriedad, pero registraba una graduación más alta de esperanza y felicidad efímera que la borrachera evidente. Ella no se daba cuenta, pero le comían con la mirada, la deseaban a más no poder en ese preciso instante. Ella no se percataba pero no miraban a través de sus ojos para saber quién era en realidad. Miraban a través de su vestido para poder intuir cómo era su coraza, si se componía de piel y un cuerpo voluptuoso.

Me decía adiós con una de sus manos y su sonrisa pícara contagiada por el alcohol que había ingerido. Y esa despedida sonaba como un “adiós” definitivo, como que no volvería a visitar mi bar porque por fin había encontrado refugio.

No fallaba. A la siguiente semana volvía con su sonrisa de oreja a oreja, con sus labios carmesí, con sus pupilas enormes y su vestido naranja. Y ese aroma… ¡ese aroma a valentía y a no rendirse jamás! Y yo la esperaba para analizarla de arriba a abajo, aunque ya me sabía de memoria todas las escenas, incluso hasta los planos de su propia película, de sus ilusiones marchitas y de una esperanza que no veía final.

Pasados varios meses, la película dejó de estar en cartelera. Por primera vez ella vino totalmente sola. Vestía unos vaqueros negros y unas botas marrones. Su torso lo cubría una sudadera grisácea, que combinaba perfectamente con la tristeza de su mirada. Sus labios estaban agrietados por el frío que hacía fuera y sus uñas no poseían color ni tampoco vida. Pasó por la barra sin mirarme ni saludarme, pero pude darme cuenta de que era ella porque su perfume no había cambiado, porque la imagen de mi madre horneando las tartas dominicales apareció en un flash de microsegundo para darme cuenta de que se había sentado en su sitio de siempre.

Al marcharse vi que había dejado varias servilletas y un bolígrafo de tinta violeta encima de la mesa, de su mesa. Cuando todos los clientes se marcharon quise ver lo que había escrito. Había decenas de servilletas con estrellas de cinco puntas, ninguna perfecta, dibujadas y, posteriormente, tachadas con el mismo boli.

Guardé esas servilletas como un tesoro por si alguna vez volvía y preguntarle qué significaban.

Ella nunca volvió.

 

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El club de los sentimientos muertos

Hace tiempo trabajaba para una empresa que poseía un departamento muy singular. Nos dedicábamos a escribir las sensaciones o los sentimientos de las personas que pasaban por allí. No era una tarea nada fácil para los tiempos que corrían. Los clientes que entraban tímidamente a nuestra sección les costaba mucho expresarse, se sentían nerviosos porque percibían la angustia de que, lo que habían transmitido o lo que había sentido, se disipaba a mil por hora. Supongo que aún quedaban personas que querían guardar en nuestros archivos ciertas cosas antes de que las dejáramos de sentir.

El mundo estaba destinado a que nos convirtiéramos en seres inertes, simplemente habituados a los quehaceres del día a día, a las necesidades básicas y en explotar un planeta que ya se había cansado de pedir auxilio. Y quizá nosotros también.

Este departamento empezaba a devaluarse ya que apenas llegaban personas. De mis ocho horas de jornadas laborales quizá tenía la suerte de hablar con dos o tres personas y, si el día era bueno, incluso con cinco.

Ese día el jefe nos había dado un aviso: el departamento tenía sus horas contadas de vida. Clausuraría sus puertas en apenas unas semanas.

Me sentía frustrada, pero comenzaba a contaminarme de esa enfermedad que llaman apatía y, al cabo de horas y días posteriores empezó a darme un poco igual, total, nos habían asegurado un puesto para redactar comunicados oficiales del Estado y prospectos médicos. Todo muy a la par.

Ese día no vino nadie hasta última hora. Empezaba a recoger mis cosas aunque faltaban 20 minutos todavía para nuestro fichaje de salida. Entró una chica tímida, con la mirada perdida y que caminaba sin confianza mirando a todos los que estábamos allí, averiguando quién podría proporcionarle más confianza. Ella me eligió a mí.

Se sentó frente a mi escritorio. Para evitar contacto físico nos separaba también una vitrina de cristal con pequeños huecos donde podíamos escuchar a nuestro cliente. Noté su nerviosismo y sus temblores desde el cristal, hasta perfilaba las vibraciones de su inestabilidad. Apenas conseguía mirarme a la cara y todavía se percibía su rubor que le subía hasta las orejas, las cuales tenía coloradas.

Le pregunté sin dilación que me contara sus sensaciones, sus sentimientos, qué había pasado para poder guardarlo en los archivos antes de que la apatía la contagiara. Entonces fue cuando me miró a los ojos y sonrió. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos, pero no podía dejar de sonreír.

¿Os había dicho que empezaba a sentirme apática? Pues con ella todo esto se esfumó y pude entrever qué sensaciones tenía, qué sentía, qué quería transmitirme. Fueron 20 minutos que, en ese momento, pensaba que no podría olvidar.

De sus balbuceos pude distinguir las siguientes frases:

  • “Su voz era ronca, estaba medio rota y quebrada”
  • “Sus manos eran grandes, pero no paraban quietas cuando se emocionaba”
  • “Contaba chistes malos”
  • “Se reía si le decías algo bonito”
  • “Su sonrisa hablaba más que su boca”
  • “Sus ojos hablaban más que su sonrisa”
  • “Sus abrazos hablaban más que todo lo demás junto”
  • “Pero sus palabras no hablaban nunca”

Mientras me comentaba las características de la persona con la que había tratado, con la que había mantenido algún contacto antes de que llegara la apatía, no podía dejar de llorar.

Escribí su caso fervientemente, mis manos no paraban de seguirla, al mismo tiempo que yo misma me ruborizaba por todo lo que me contaba, pudiendo sentir cómo se me erizaba la piel al igual que la de ella y como el corazón casi se nos salía por la boca a las dos.

Y, entonces, en el momento álgido, cuando ella balbuceaba algo como “noche”, “abrazos”, “besos”, “desapareció”, “no existe”, “imbécil”, “mentiroso”, “te quiero”, “te odio”, “¡¿por qué?!… Se quedó callada e inerte. Su mirada se encontraba perdida, ya no miraba a ningún lugar.

Le rogué que continuara explicándome todo lo que pudiera, aunque fueran palabras sueltas que apenas se podían entrelazar entre ellas para contar una historia. No volvió a salir sonido de sus labios.

Cogió su bolso que descansaba en el suelo, justo al lado de una de las patas de la silla. Se levantó con las lágrimas aún brotando de su rostro y salió por la puerta.

Yo me quedé de piedra y, durante unos minutos, mantuve mi mirada fija en la puerta por la que había salido y había entrado tan solo 20 minutos antes. Mi mirada tenía la esperanza de verla aparecer de nuevo para contarme más sensaciones.

Al cabo de un rato me di cuenta de que mis manos seguían en posición de escritura en un teclado invisible, que la pantalla reflejaba lo que mis ojos querían ver y que mi corazón, lentamente, comenzaba a palpitar mucho más lento, hasta conseguir una tranquilidad comatosa.

Antes de entrar en el estado apático de nuevo, verifiqué quién firmaba en el último archivo del club de los sentimientos muertos, quién era aquella persona que pudo explicar, apenas con palabras sueltas, con balbuceos, llantos y sonrisas, lo que le había ocurrido.

Esa persona era yo misma.

Me encontraba al otro lado de la mesa, tras la vitrina de cristal.

Miré a la puerta casi sin esperanza. Cogí mi bolso postrado en una de las patas de la silla y salí por ella.

Me giré tras cerrarla con llave y moví el cartel de “Abierto” a “Cerrado permanentemente”.

Caminé hacia un pasillo sin destino mientras empezaba a notar cómo mis orejas volvían a su estado natural y cómo mis lágrimas se secaban cada vez más rápido por mis mejillas.

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¡Y que te jodan!

¿Alguna vez os habéis parado a pensar la cantidad de veces que pedís perdón? Dicen que hay que saber arrepentirse, saber pedir disculpas, ¿pero dónde está el límite? Quizá no sea común en vosotros, pero en Aya lo fue durante más de tres años.

Creó una lista con más de 1560 situaciones en las que había pedido perdón por diversos motivos. Pude rescatar unas de las pocas que subrayó con creces, pintadas con un color rojo y con letras mayúsculas:

Pedía perdón por no estar delgada.

Pedía perdón por no ser la más guapa.

Pedía perdón por no ser más bajita.

Pedía perdón por tener el pelo largo. O pedía perdón por tener el pelo corto.

Pedía perdón una y otra vez por ser miope y no llevar siempre lentillas.

Pedía perdón por llevar falda, pedía perdón por llevar pantalón, pedía perdón por no querer desnudarse.

Y solía pedir disculpas por decir palabrotas.

Pedía perdón por decir las cosas con el corazón.

Pedía perdón si discutía por algo que le había sentado mal.

Pero más pedía perdón por haber disfrutado de algo que no agradaba a los demás.

Pedía perdón por molestar, o lo que ella creía que era molestar.

Pedía perdón por beber café sin azúcar.

Pedía perdón por gustarle demasiado la cerveza.

Pedía perdón por fumarse un cigarrillo si le apetecía.

Pedía perdón por no hacer running, por no ir al gym o no hacer yoga.

Pedía perdón por pensar que, de tanto en tanto, ir a la montaña era un coñazo.

Pedía perdón porque le doliera la cabeza.

Pedía perdón por tener los pies grandes y, sobre todo, las manos.

Pedía perdón por no estar morena en verano.

Pedía perdón por el grano que le había salido en la barbilla. O en la espalda. O en el pecho.

Pedía perdón por tener pelos.

Pedía perdón por bailar.

Pedía perdón por emocionarse con una peli, un libro, una historia o porque sí, porque le apetecía emocionarse porque pelaba cebollas.

Pedía perdón por no sonreír.

Pedía perdón por llorar.

Pedía perdón por querer estar sola.

Pedía perdón por necesitar cariño.

Pedía perdón por abrazos ausentes.

Pedía perdón por besos que no quería devolver.

Pedía perdón por mantener su cuerpo en la oscuridad.

Pedía perdón por no acordarse de alguien.

Y no podía evitar disculparse cuando se acordaba demasiado de ciertas personas.

 

Se había pasado tres años de su vida o más sintiéndose mal porque, cuando se pide perdón, es porque crees que hay algo que no has hecho bien y cuya culpa recae toda en ti.

Cuando pudo hacer análisis de la situación se quedó paralizada, casi sin respiración. Me contó que sintió como su cerebro comenzó a vibrar, a quedarse sin energía poco a poco, a quebrarse hasta notar como su cráneo se rompía en mil pedazos. Por suerte, solo estaba reseteándose.

Se quedó pensativa un rato, masculló cuatro palabras por lo bajo y, tras unos minutos de silencio absoluto en su mente, bajó de nuevo la cabeza. Lentamente levantó la mirada hacia lo que tenía delante: un espejo. Y entonces dijo:

“Hey tú, sí, Aya, perdóname”

“¡Y que te jodan!”

 

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