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Convaleciente

Una vez alguien me dijo:

“Sé que estarás bien porque eres fuerte”.

Se despegó de mis brazos, se secó mis lágrimas de su camiseta y se marchó. Y ese alguien se convirtió en varias personas. Creó que nunca supieron ni sabrán que esa frase conllevaba una carga extra a la que ya cargas sobre tus hombros. Te toca ser fuerte, de nada vale quejarte, de nada vale rendirte, de nada vale llorar porque, al fin y al cabo, todo lo superarás porque eres como una roca y todos saben que estarás bien. Porque siempre, siempre estarás bien, sobrevivirás y no necesitarás a absolutamente nadie ni nada para levantarte.

Otra persona me veía llorar constantemente y con gesto de estar defraudado con mi persona y con pizcas de desprecio me dijo:

«¿Pero qué estás haciendo? ¡No puedes llorar todo el rato con lo fuerte que eres!». Y volvió a su trabajo sin girarse nunca más.

Y una vez tuve el valor de decir que necesitaba a esa persona porque me encontraba débil y por mensaje de texto me escribió: «Qué pena… Va, que mañana verás que estarás mejor». Y no volvió a contestar a mis mensajes. Por supuesto, al día siguiente te haces la fuerte porque es tu tarea, es tu responsabilidad, es algo que te han impuesto como una orden y no puedes flaquear ante nadie.

Al final tienes que creértelo. O piensas que te lo crees. Te miras al espejo fuerte y poderosa segundos antes de que esa capa falsa de mujer fuerte se disipe. Entonces intentas no mirarte más a ese cristal porque sabes que la imagen será otra totalmente distinta hasta que llega el momento en el que no puedes ver tu imagen en el espejo y, mucho menos, si hay alguien más contigo. Esa persona se ve perfecta y tú no existes, estás borrosa y, en algunas ocasiones, pareces un monstruo comparado con quien tienes a tu lado.

Pero recuerda que eres fuerte, que lo superarás todo, que volverás a levantarte y a caminar con paso firme.

Y quizá, solo quizá, mientras sigues con tu obligada tarea de ser implacable, de no flaquear, de no ponerte triste nunca jamás delante de nadie, de no soltar ni una sola lágrima más si no estás sola, llegue alguien que te diga:

«No es culpa tuya»

«No permitiré que te quedes solo»

«Sé que estás sufriendo, no tienes por qué obligarte a ser fuerte»

Y puede que alguien se tome la molestia de comprobar que, esa carga de ser fuerte porque te lo imponen, es solo una capa de protección. Y, entonces, no diga nada, simplemente esté ahí y solo quiera abrazarte.

Y en ese momento te hará fuerte de verdad.

 

 

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Green Eyes

Un violín sonaba a lo lejos como si sufriera. Cada nota parecía desgarrarte la piel milímetro a milímetro sin dejarse ni un solo ápice, penetrando lentamente en tus órganos hasta hacerles vibrar de dolor.

Nadie más que Ella era capaz de escucharlo en momentos en los que la oscuridad inundaba cualquier lugar en el que se encontrase. Su cuerpo carecía de color ya que, si llegaras a tocarla, experimentarías el frío más extremo con un suculento vacío. Sin embargo, desde que empezaban a sonar las notas más graves, era el momento en el que Ella podía sentir algo. Por eso lo esperaba con deseo, con ansia, con ganas.

Había pasado tanto tiempo desde que no escuchaba las débiles notas de ese violín maldito que auguraba que algo iba a cambiar, que el mundo volvía a girar para, quizás, provocar que el siguiente golpe fuera más duro todavía. Cuando las notas se elevan, comienzan a mezclar graves y agudos para crear una sintonía triste pero bonita. Entonces Ella nota como su piel se eriza y el calor provoca una reacción química en su organismo. Siente como esas notas tristes la envuelven como si se trataran de un abrazo consolador, de una caricia que no esperaba desear tanto. Y, en ese preciso instante, reacciona.

El violín despierta su alma poco a poco. El color grisáceo de su piel se torna en un tono rosado que acompaña al calor que activa el mecanismo de sus venas y arterias. Toma más y más color a medida que la sangre recorre ahora cada milímetro de su cuerpo. Y notas un leve latido que permite que se incorpore tras varios días en la penumbra de una habitación que no permitía la visita de la luz.

El violín cada vez suena más fuerte y la melancolía de sus notas vibran hasta hacer que Ella abriera los ojos, verdes, tan verdes que te quedarías mirándolos miles de años sin cansarte. Y la música retumba más y más fuerte, como si se creara desde el inframundo y se abriera paso hacia el mundo terrenal. Ella agudizó los oídos para darse cuenta de que una batería comenzaba a respirar, a preguntar, a buscar. El corazón de Ella latía al mismo ritmo que esa batería que no dejaba de escucharse junto con las notas de su violín desgarrador.

Se dio cuenta al poco tiempo de que alguien llamaba a la puerta a ritmo de esa batería. Sentada en la cama de esa habitación oscura no sabía si abrir la puerta y tener el valor de descubrir quién o qué habría detrás. A los segundos se percató de que era capaz de ver sus pies a través de un leve rayo de luz que se escapaba desde la persiana, la cual comenzaba a romperse. Parecía que la luz quería devorar sin reparos la penumbra de su cubículo.

Temblando se levantó y se dirigió hacia la puerta. Cuanto más se acercaba al pomo más podía notar cómo la batería acrecentaba el ritmo y los latidos de su corazón iban a un ton cada vez más acelerado, en compañía de la batería, como si entrelazaran las manos en una caricia infinita.

Y abrió la puerta.

Él estaba ahí.

Cuando se miraron el violín y la batería se pararon al unísono. El silencio más abrumador duró solo medio segundo, aunque les pareció eterno. Y, así, el silencio se rompió cuando la persiana cerrada a cal y canto de la habitación se desplomó completamente y dejó pasar violentamente la luz del Sol.

Y entonces Ella descubrió que Él tenía unos ojos verdes a los que miraría durante miles de años.

 

 

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Cobarde

Os encantaría conocer a una anciana que vivía en la última casita de una calle empinada en lo más alto de una colina en uno de esos pueblos perdidos que no salen en los mapas. La conocí en una época en la que necesitaba alejarme del mundo y de la realidad. De esos días en los que te apetece coger el coche y no seguir las señales de la carretera, solo el camino. Y así lo hice.

Buscaba un sitio en el cual alojarme, aunque tampoco me importaba dormir en el coche si no quedaba más remedio. La anciana me ofreció cobijo a cambio de un poco de compañía. Al principio me encontraba reacia a su oferta ya que, lo que menos me apetecía en ese momento, era charlar con una mujer que, seguramente, no permitiría que mi mente descansara ni por un instante. Sin embargo, fue lo mejor que hice.

Me contaba que a lo largo de mi vida conocería a centenas, incluso a millares de personas. Y lo que más me costaría comprender es que, la gran mayoría de esos humanos, destacarían por su cobardía.

La anciana me confesó que, a veces, le gustaba imaginar, incluso a escasos peldaños de su muerte, un mundo sin filtros, donde se dijeran las cosas con sinceridad y se expresaran los sentimientos con libertad. La mayoría de personas a las que les ha contado sus intenciones la han tachado de loca. Ella no ha vivido toda la vida en este pequeño pueblo sin nombre. Se ha criado y gestado en grandes ciudades de todo el mundo. Su trabajo y sus circunstancias más personales la forjaron como una verdadera nómada. Pero aprendió a ser fiel a sí misma. Pasaban los años y el filtro que nos hace ser correctos se iba haciendo cada vez más y más fino. Su sinceridad brillaba dando paso a la explosión de los sentimientos cuando realmente necesitaba vomitarlos.

Cuando ella formulaba cómo sería su mundo perfecto, todos expresaban el mismo recelo a una tierra con esas características. Todos predicaban que nos mataríamos entre nosotros, nos dedicaríamos a violar y a insultarnos. Pero la anciana siempre rebatía con argumentos que nadie supo discutirle. «¿Cómo íbamos a conocer cómo sería el mundo de esta manera si nunca lo hemos intentado? Quizá matamos, violamos y nos insultamos en momentos en los que, nuestras propias limitaciones, nuestra mismísima cobardía atacaba por dentro para reprimirnos en lo más hondo. Y contestábamos con violencia verbal o física, sin razonamiento ninguno creando un mundo totalmente demente, cargado de ansiedad, depresión y locura».

Más allá de media noche, con dos o tres whiskeys dobles sin hielo y sin nada para mezclar, música de blues de fondo datada de aquellos tiempos que nunca se volverán a vivir, ella me hizo varias preguntas:

  • ¿Cuántas veces te has tragado tus palabras y te han sentado mal, como una maldita indigestión tras una comida copiosa a la que le has dedicado gula, pero nada de nutrientes?
  • ¿Cuántas veces has dicho «sí» cuando querías decir «no»? ¿Y viceversa?
  • ¿Cuántas veces te has mentido a ti misma?
  • ¿Cuántas veces te has callado un beso o cuántas veces te has escondido un abrazo?
  • ¿Cuántas veces has deseado entregarte y no lo has hecho? ¿O lo has hecho a medias?
  • ¿Cuántas veces, oh sí, cuántas veces has sido realmente tú?

No supe responderle a ninguna de estas cuestiones. Pensé en mí misma, en mi vida pasada y en cómo quería replantearme el futuro. Pero también recapacité en las personas que habían estado conmigo, que habían compartido intimidad y grandes momentos, que llegaron a ser algo más que un «hola», un «¿cómo estás?» y que esas invitaciones falsas de tomar un café o una cerveza que nunca se hicieron realidad.

Y me quedé imaginando el mundo si alguno de los dos hubiera sido mínimamente valiente, no hubiera tenido miedo a quitarse los filtros y hubiera sido sincero con su propia alma.

Quizá las cosas no hubieran salido bien, seguramente tampoco hubieran salido mal. Sin embargo, con la verdad por delante y los sentimientos a flor de piel, lo que vendría después hubiera sido lo mejor que hubiera podido ocurrir. Simplemente porque la realidad se había plasmado con sinceridad, con palabras, gestos y acciones que hablaban desde lo más hondo, del alma como tal.

Nunca en mi vida conocí a una persona como aquella anciana.

Pasados un par de años quise volver a verla y explicarle que, como ella, empecé a aplicar su concepción del mundo. Fui consciente de la cobardía que habitaba en él y de que sería casi imposible salir de ese bucle de autodestrucción humana. Estaba deseando encontrarla para comentarle que, a pesar de tantos tropiezos en estos dos años, nunca me había sentido tan bien, tan viva, tan a gusto, tan feliz.

Y, también, quería contarle que me sentía sola, totalmente sola en este mundo y que ella era la única persona que me comprendería.

Tras horas y horas, kilómetros y kilómetros en falso hallé el pueblo sin nombre. Sin dilación y decidida apreté el pedal del acelerador hacia la última casa de esa calle empinada que acababa en una colina.

La casa no existía. Tan solo se encontraba un pequeño prado cargado de flores de todos los colores.

Bajé del coche y me senté en una pequeña roca saliente en la cima de este montículo que la tierra había brindado a este pueblo fantasma. Y noté cómo la Luna llena me sonreía burlona y la brisa me acariciaba comprensiva.

Y ya no me sentía sola.

 

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«Hoy propongo un brindis»

Había pasado casi una década desde que no veía a Aya. La encontré por casualidad sentada a las puertas de un establecimiento de comida rápida que llevaba horas cerrado. Fumaba un cigarrillo de liar al que apenas le quedaban unas caladas. Llovía a cántaros y ambas creo que habíamos pensado refugiarnos bajo la cornisa de este lugar hasta que el cielo dejara de llorar sin descanso.

Al principio nos miramos pero no nos reconocimos. No recordaba lo bonita que era: con una cara angelical que esconde un pasado oscuro que haría temer hasta al mismísimo Lucifer. Aunque hubieran pasado casi 10 años desde la última vez que la vi seguía teniendo los mismos auriculares y exactamente el mp4 que le acompañaba cuando pasábamos las noches en vela contando las estrellas en la playa. Su cabello rojizo como la sangre, que no necesitaba tintes para mantener su brillo intacto, su piel aterciopelada que no era de este mundo y unos ojos verdes cristalinos que se iluminaban aunque la noche fuera cerrada. Pero seguía oculta bajo la capucha de su sudadera, negra y algo corroída por el tiempo que había pasado desde que no nos veíamos en ese lugar.

No me miró mucho tiempo a los ojos en los pocos minutos que permanecimos sentadas, una al lado de la otra, pero sin llegar a rozarnos. Sin embargo, sentía su presencia como la de un fantasma que te contagia de melancolía. No obstante, esta vez, ella logró cogerme de la mano. Noté sus dedos huesudos y débiles, cuya piel suave y fría me hacía estremecer.

Y, con leves susurros, me citó lo siguiente:

 

«Hoy propongo un brindis.

Por aquello por lo que tanto he luchado que, acabado en pena y gloria, desguaza mis sueños enseñándome la más inmensa inspiración de la verdad. Que inunda mis pesadillas con la purificación de tus sonrisas. Por esos momentos que me hacen sentir como el más inocente de los niños, agarrando tu mano y desgarrando mi corazón. Por los ojos que dicen más que todas las palabras del mundo. Por el sabor que impregna el aire cuando te acuerdas de mi. Y por los miles de momentos que, sin duda, sería capaz de vivir todos los días de mi vida, hasta la saciedad. Sin pensar en el mañana, sin ver la oscuridad.

Hoy brindo por nosotros dos… en perfecta soledad.

Me gusta como eres»

 

Mientras pronunciaba estas palabras mi mente viajó a más de una década atrás.

A veces Aya no destruye almas sino que te traslada a aquellos años en los que te sentías amada de verdad, en los que no existía un extenso catálogo de personas a elegir bajo una carta de fotos falsas y frases filosóficas sin sentido, en los que podías centrarte en observar el paisaje a tu alrededor y conseguir entrelazar palabras, gestos y sonrisas a través de la observación y el coqueteo hacia la persona que tienes frente a ti. Sin corazas, sin espejos, sin un catálogo previo.

Se levantó sin demasiado esfuerzo, me miró con esos ojos verdes que hielan el alma. Ella esbozó una leve sonrisa para mí que me llenó de esperanza. Avanzó a través de la lluvia espesa mientras terminaba el cigarrillo que estaba fumando. El humo se disipaba junto a su silueta.

Tarareaba «Me gusta como eres».

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The Queen

Acariciaba sus dedos suavemente. Su mano derecha jugaba con la izquierda y, la izquierda, pellizcaba sin dolor parte de la palma de la mano derecha. Estaba nerviosa. Por eso solo realizaba este gesto cuando se encontraba de espaldas mirando hacia la ventana, sabiendo que nadie le prestaba atención en ese instante.

Solía tener el ceño fruncido, seguramente por el peso de una enorme coraza que le cubría de cualquier mal, de cualquier ataque, cubriendo sus sentimientos hasta lo más profundo para que nunca vieran la luz. Esa coraza permitía que descansaran en paz sin ser molestados porque, sus sentimientos, ya no necesitaban respirar. Ella creía que habían perecido para siempre. Pero ni La Reina posee el poder suficiente cuando se trata de la ira, del amor, del odio, de la desesperación, de la tristeza y, mucho menos, de la esperanza.

Pero esa noche sus manos no estaban rígidas ni secas como de costumbre. Sudaban y temblaban y la pobre ilusa pensaba que pellizcando su mano derecha conseguiría que se calmaran.

Su ceño se había relajado por primera desde hacía mucho. Sus cejas, casi imperceptiblemente, se había arqueado hacia arriba en un gesto de tristeza. Sintió como su rostro se relajaba, como dejaba paso a las arrugas de una expresión real, al mismo tiempo que notaba cómo afloraban esos sentimientos de una coraza que se estaba haciendo añicos.

Miraba por la ventana. Era de noche y corría una suave brisa. Apenas había luces encendidas en El Reino. Alguna vela que alguien se había olvidado apagar o que había dejado aposta para que los fantasmas errantes pasaran de largo, entendiendo que no eran bienvenidos.

Hoy su memoria estaba en contra de ella. Sus recuerdos afloraban mucho más rápido que lo que su coraza corría para proteger sus sentimientos escondidos. Quizá era el exceso de vino. Quizá era el agotamiento. Quizá era el momento. Por suerte La Reina se encontraba sola en sus aposentos mirando a un cielo sin estrellas a causa de una Luna llena poderosa que la cegaba, pero no impedía que brotaran lágrimas de un rostro que se desfiguraba por la extenuación de llevar todo el peso sobre sus hombros. Ella estaba en la obligación de cuidar de su pueblo, de su familia, del Rey. Ella debía parecer férrea y segura en todo momento. No podía flaquear ni dejar que su maquillaje se disipara. Sus ojos tenían que estar abiertos y atentos a cualquier paso en falso, a cualquier traición, a cualquier calumnia. Y nunca, por dios, nunca, sonreír.

Miraba a la noche cegadora con cierto alivio. Sonreía con dulzura y cierto ápice de tristeza al ver cómo su coraza, fuerte, férrea e inmortal, se caía a pedazos, se destruía. Y notó como brotaba una inmensa felicidad desde lo más hondo de su alma. Y respiró, pudo respirar a pesar de que continuaba llevando ese estúpido corsé que le oprimía el pecho y los órganos.

Sus manos se tranquilizaron y sus cejas se acentuaron en un gesto de jolgorio mostrando a la noche de Luna llena una preciosa sonrisa de dientes blancos y resplandecientes. Ni siquiera recordaba que pudiera jugar con sus labios de esa manera. Sintió la brisa en su rostro y soltó su cabellera de rizos dorados que se encontraban encarcelados en un peinado digno de jornadas intensivas de peluquería.

Agarró la cornisa de la ventana con fuerza e hinchó su busto al cielo. Con una enorme bocanada de aire comenzó a reír a carcajadas al mismo tiempo que no podía dejar de llorar de alivio.

Como miles de veces había ocurrido, adelantó su torso completo hacia adelante y alzó las manos cual pájaro que quiere echar a volar, que ansía la libertad y, sobre todo, que está desesperada por amar, por sentir sin reproches. Esta vez iba a emprender el vuelo sin retorno. Lo tenía decidido.

Sonreía sin miedo, notaba la brisa azotar su rostro como pequeñas caricias de aquellos amantes que la habían deseado de verdad y que le habían hecho creer promesas rotas. Cuando comenzó a sentir la libertad, cuando notaba cómo el vacío de la gravedad se apoderaba de ella para elevarla hacia el cielo, alguien tocó a la puerta.

«Mamá, ¿puedo pasar»

Recobró la consciencia y volvió de golpe a la realidad. Sintió como su ceño volvía a su configuración antinatural de mujer poderosa y férrea. Sus manos recobraban esa rigidez que la caracterizaba y su espalda se incorporó en la firmeza de las que demuestran que nada ni nadie podrá con ellas.

«Entra hijo»

Cuando su pequeño retoño abrió la puerta tímidamente, pudo ver al fantasma de su madre con rostro serio, manos rígidas y talante férreo con lágrimas que se secaban en su rostro.

Y al verle ella sonrió con la dulzura de una madre que adora a sus hijos ofreciéndole sus brazos en gesto de abrazo y cobijo.

Porque no podía marcharse todavía. Porque no podía dejar a sus hijos crecer en el mundo cruel al que ni ella había podido sobrevivir. Porque, ahora, ella era la coraza de sus pequeños y no dejaría que nadie le viera flaquear por un solo instante.

Porque ella era LA REINA.

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