Princesas sin corona

Sobrevalorada. Estás sobrevalorada. Pero, al final del día, no vales nada. En las ilusiones puedes conseguirlo todo, convertirte en el ser más poderoso de todos los tiempos. Y nadie puede destruirte.

En sus sueños ella se cree una princesa de cuento que lleva sobre su cabeza una preciosa corona plateada con zafiros que hacen juego con su vestido de color morado. Ella juega cada día en los campos de fresas para siempre. Corretea sin perder el aliento alrededor de flores de tantos colores como los que puedas imaginar sin parar durante 10 minutos. No le da miedo tropezarse porque su corona queda intacta en su despampanante cabellera pelirroja, tan roja como la sangre. Sus ojos verdes desentonan con los destellos de sus joyas, pero quedan perfectos con el traje que recorre todo su cuerpo tapándole los pies.

Nunca pierde la sonrisa, esa preciosa sonrisa con dientes perfectos y blancos. Sus mejillas sonrosadas desprenden un aspecto angelical y virgen, pero que se contraponen a su mirada pícara y lujuriosa sobre una piel pálida. El sonido más bonito que pudieras escuchar jamás sale de sus labios sonrosados que no necesitan de carmesí, ya que son perfectos y aterciopelados.

Y tropieza. El golpe es tan fuerte que, además de partirse en dos sus labios de ensueño, su corona se desprende de su cabellera y sale rodando entre las flores. A medida que la corona va perdiendo fuerza al girar las flores empiezan a marchitarse poco a poco.

Se queda postrada entre las flores marchitas porque no le quedan fuerzas para levantarse, ni siquiera para esbozar una leve sonrisa. Y despierta, princesa, despierta.

Una noche fría de invierno, de esas de las que no deseas salir de debajo del edredón. Afuera nieva con fuerza y el viento golpea las persianas provocando sonidos ensordecedores, con tanta violencia que despertarían a cualquier alma errante. Ella cobra sentido hacia la realidad de su habitación oscura y solitaria.

Despertaba poco a poco para cerciorarse de que ya no existía el campo de fresas para siempre, ni tampoco las flores y, mucho menos, su precioso vestido morado. Su pelo había perdido su color rojo sangre y sus ojos volvían a ser de ese marrón aburrido que todo el mundo está harto de ver. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sus ojos no estaban hinchados, no se sentían cansados ni abrumados. No le recorrían lágrimas hasta la comisura de unos labios que se encontraban cortados a causa del frío que comenzaba a entrar tras recobrar la conciencia.

Dibujó una sonrisa en su cara a pesar de que, al hacerlo, sus labios se agrietaran más. Se sentó en la cama y miró como el aire y la nieve azotaban su ventana a medio abrir. Comenzaba a amanecer y, con el primer rayo de luz del día, ella observó sus manos huesudas y de piel blanca, casi tan blanca como los copos que caían del cielo.

Un salto al corazón. Un aliento entrecortado. Un grito ahogado. Su mano se elevó rápidamente hacia su cabeza en busca de su corona perdida.

Cuando ella se dio cuenta de que la había vuelto a perder sus lágrimas volvieron a brotar.

 

 

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