Posts Tagged "caos"

Caótica AYA


Se apagan las luces, el silencio reina y la oscuridad prospera. Es entonces cuando puedes atrapar a Aya y cuestionarte de dónde viene y por qué está aquí.

Escuchar al frío es lo que más le gusta. Se casa con la noche y el viento en una ceremonia de estrellas fugaces invisbles al ojo humano. Aya no vive en este mundo ni tampoco en el más allá porque ella está en todas partes y no lo está. Sin embargo, acompaña a las almas errantes y a los que sueñan con ilusiones rotas.
Puedes verla mientras hueles a café recién hecho, cuando te fijas en la primera hoja marchita que cae a principios de otoño, cuando presientes la espuma de la ola que vuelves a ver cuando te reencuentras con el mar. Ahí está cuando te tumbas a escuchar el corazón de un ser querido, vuelve cuando lágrimas de orgullo no son capaces de deslizarse por tus mejillas, cuando tu oído se excita con una melodía llena de recuerdos. Te avisa de que existe haciéndote un rasguño en tu mejilla con una uña que se acaba de partir, te cala los huesos con el duro aire invernal y te hace sentir que desfalleces con el calor más árido que has podido notar jamás. Hace que veas en la oscuridad de tus pesares y te hundas cuando crees que gozas de felicidad.

Por mucho que lo intentes nunca podrás atrapar a Aya. Confórmate pudiéndola tocar, oler, ver, escuchar, saborear y sentir.
Sólo si consigues habitar en un lugar sin luz, sin ruido y sin vida podrás encontrarte con el cuerpo de Aya mientras su alma recoge cada recuerdo del mundo.

Esto es una declaración de intenciones. No soy AYA, pero eso no quita que quiera convertirme en ella.

Read More

Cuarentena

Las 4 de la mañana de un estúpido sábado cualquiera. Oigo las risas de los vecinos a lo lejos, noto las vibraciones de la música que atraviesan mi piel para seguir el ritmo de mi corazón, distingo risas, gritos, besos con lengua, gente que folla sin cesar. Intento componer melodías de silencio pero la muchedumbre que inunda mi terreno no me lo permite. Quiero que los inquilinos que viven a la izquierda dejen de cantar vítores porque su equipo de fútbol ha ganado la liga, deseo que se corra de una vez la pareja que lleva tres polvos de mi derecha, que deje de retumbar esa estúpida sintonía de bacalao que me revienta los oídos desde la planta de arriba y que dejen de andar en el techo los acróbatas borrachos de la planta inferior. Por favor, dejádme en paz en mi zulo, en la hoguera de las penintencias a la que llamo techo, casa, hogar. No hay paz, no encuentro el lugar idóneo que me reconforte. ¡Callaos imbéciles! ¡Sois todos una panda de idiotas sin sentido común! Ahora mismo, en este mismo instante, necesito estar sola conmigo y sin mí.

Despierto. Las 10 de la mañana del domingo. Silencio. Por fin… Levántate, restriégate los ojos hinchados de una mala noche y pesadillas irreversibles. Arrastra los pies hasta el baño y refresca esa cara podrida con el líquido elemento.
Necesito un café.

Silencio.

Persianas echadas, cortinas cerradas. Oscuridad. Interruptor. Luz.

Antes de abrir la puerta de la cocina para atragantarme con café sin azúcar y pastas caducadas, me paro, frunzo el ceño y agudizo el oído. Silencio. ¿Paz?
Abro la puerta. Persianas bajadas, cortinas echadas. Café. Cigarrillos. No quiero comer.

Pasan las horas, tirada en la cama sin hacer nada, sin pensar en nada, sin que me duela nada. Ni un ruido. Empiezo a replantearme si me he llegado a quedado sorda de todo el estruendo montado anoche tras los lados de mi cubilátero.

En la duermevela de mi desasosiego recuerdo aquella sintonía que me traslada instantáneamente al día que nos conocimos. La comisura de mis labios consigue torcerse hacia la izquierda superior. ¡BASTA YA!

Me levanto de un salto de la cama lista para comprar deliciosas verduras para preparar una ensalada. Necesito volver a sentirme sana, viva, alegre y feliz.

Son las una del medio día, no se oye ni el zumbido que provocan las alas de los mosquitos que devoran mi piel por las noches. Decido abrir las cortinas, subir las persianas. Ver gente correr, reir, llorar y aprender a levantarse de sus caídas.

LUZ

Tal intensidad me ciega, corro a la cocina a realizar el mismo proceso. LUZ.

Cuando mis ojos se adaptan a la intensidad lumínica no puedo creer lo que veo. No es posible.

Necesito salir de aquí.

Abre la puerta, ¡SAL DE AQUÍ!

Agarro el pomo con decisión, tiro con fuerza hacia mí…

NADA

NADA

Sombras

NADA

Read More

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies