Posts Tagged "mini relatos"

Escribí esto el otro día, entre las 14:00 y las 15:00 de la tarde un día de trabajo cualquiera

La vida no podría existir sin espías a su alrededor. Es como una fuerza abrasadora, como corruptos políticos que luchan para que no sepas la verdad. Ahora entiendes por qué hay días en los que no tienes fuerzas ni para sonreír. Ahora comprendes que el aire que respiras no es real. Ahora sientes que no es la realidad que buscabas. Pero antes de que abras la boca para decir una sola palabra, para abrazar a la persona de tu lado y comunicárselo al oído, estos espías se echan sobre ti y te ahogan, te arañan, te muerden… hasta dejarte inconsciente. – Buenos días, te pongo un café solo con leche con media tostada de atún, ¿no? – Claro, Rosa. Como todos los días. … Escuchaba Spies de Coldplay.

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Al rico pastel

El otro día me dio por probar a hacer un pastel. Pero no sabía qué sabor escoger. Así que rebusqué en los cajones de mi antigua vida a ver si encontraba inspiración. Recetas antiguas de cocina, manuales para hacer postres, fascículos pasados de galletas caseras…
Había sabores empalagosos, amargos y otros tantos bastante sosos.

Probé con el dulce. De estos tenía muchos para elegir. El chocolate sabía demasiado a chocolate. Empalagoso hasta aburrir. Tiré el pastel con algo de pena. Intenté compartirlo pero nadie lo quería.

La nata nunca me había gustado del todo, pero era cuestión de intentarlo. Este pastel me salió riquísimo. Lo guardé en la nevera… No sé para qué porque lo saqué a los pocos segundos para zampármelo entero. Al rato, me sentí culpable por habérmelo comido todo.
Aún así no estaba llena.

Pasé a los amargos.
Café… el olor el café me entumece los sentidos y me relaja el espíritu. Sin embargo, mi pastel de café era lo más asqueroso que había comido nunca. No hizo falta probarlo, fue olerlo una vez sacado del horno y tirarlo a la basura.

No quise probar con más amargos así que lo intenté con el queso.
Tarta de queso con frambuesas. Suena tan bien que ya dan ganas de comer hasta sus propios caracteres, ¿verdad? Siento decepcionaros pero no tenía sabor, ni textura, ni color, no tenía ni puñetera gracia. Qué desperdicio de especie, qué desperdicio de harina y huevos. Marcha atrás… aprovechemos esos ingredientes.

¡Pastel de carne! Puag…
¡Galletas de limón! Demasiado ácido.
¡Magdalenas de canela! Esponjosas y vomitivas.

¡Joder! Desisto…

Tiré todos los manuales de cocina, las recetas de postres y pasteles. Saqué la basura cargada de pasteles enteros, cáscaras de huevo, bolsas de harina y miles de cartones de leche.

Volví a la cocina, toda patas arriba. Un desastre.

Lloré de frustración. No sé ni hacer un puñetero pastel, ni unas estúpidas galletas, ni tampoco hornear unas simples magdalenas.

Sonó el teléfono. Era Raquel, una amiga de clase:

– Hola Raquel…
– ¿Qué te pasa? Te noto la voz decaída.
– No sé hacer un pastel. Y sigo teniendo tantísma hambre…
– Tienes antojo.
– Será eso. Pero he comido de todos los que he hecho pero sigo con el estómago vacío.
– Bah… ve al súper que tienes al lado de casa. Ahí están buenísimos. Así ni se te ensucia la cocina y no te comes la cabeza.
– Pero…
– Pero nada. Ya no existe la buena cocina, ya no hay ricos sabores. El paladar es otro. Adáptate a los cambios. Debes acostumbrarte, aunque tu estómago lo rechace los primeros meses.
– Yo sólo quería elegir mi sabor…
– Pierdes el tiempo. Ellos ya te eligen a ti.

Fui al súper y cogí el primer pastel que vi. No sé ni de qué era, ni me importaba.

Me senté en el suelo de una cocina empantanada de harina en los azulejos y trozos de chocolate en los armarios. Había dos pobres cáscaras de huevo a mi lado.
Tenía el pastel entero en la mano con el envoltorio medio abierto. Cogí un trozo con el tenedor y me lo llevé a la boca.

No sabía a nada.

– … ¿que no te supo a nada?, ¿y te pareció raro? Mujer… vives en otro mundo, en otro tiempo. Mejor que te sepa a nada a que acabes vomitando por las esquinas cualquier pastel que intentes hacer.

Nunca más volví a cocinar.

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La mar



Estoy harta de caminar sin rumbo. Decidí salir de casa con la única excusa de despejarme debido a los últimos acontecimientos acaecidos estos días. Cuando no deberías quejarte piensas que todo lo que te rodea es un asco.

La Luna está menguando, sin embargo, su tenue luz de invierno me atrae hacia la mar. Apenas hay nadie en el paseo marítimo, realmente es tarde y hace mucho frío. Pero a mí me gusta el frío. Adoro que penetre bajo mi piel y acuchille mis entrañas. Me hace sentir viva.

Me quito las botas, corro por la arena hasta llegar a la orilla. Los pequeños minerales y piedrecitas están helados, húmedos por la cercanía del mar. Me paro delante de él o de ella. Siempre he creído que la mar es una mujer, una Diosa abandonada por el Cielo. Suplicante le pide compañía. El Cielo se muestra altivo y pendenciero. Está enfadado porque la mar decidió mostrar su rostro a los seres vivos en vez de esconderse en lo invisible. Quería ser tocada por manos calurosas y llenas de deseos. Con estos pensamientos me acerco a tocarla. Helada. Templada. Caliente. Ella me ha respondido. Ahora estamos a la misma temperatura. Me dejo llevar por la pasión de la mar y ahogarme en mis pensamientos.

Charles, ¿te acuerdas? Tú me contabas esta historia de desamor entre el Cielo y la Mar. Tú me cantabas sabrosas melodías de verano al oído mientras acariciábamos la arena aún caliente por el Sol de la tarde. Tú me enseñaste a escuchar las olas y a predecir las mareas. Tú me aconsejaste que era mejor volar con los ojos cerrados. Me mostraste la plenitud de reír a carcajada limpia. Me enseñaste a confiar en mí. Me enseñaste a sentir. Me enseñaste a amar.
Nunca nos besamos, nunca hablamos con las palabras. No hacía falta. Podía llegar a la felicidad estando contigo mirando a la mar. No necesitaba nada más. Me daban ganas de llorar y de darte las gracias sin descanso por brindarme tan grata sensación.
Ahora la tengo mirando a la mar. Poseo la alegría punzante en mi pecho pasando mis manos sobre sus olas. Siguiendo sus sensuales movimientos hacia la orilla en un retorno sin fin. El bucle de comenzar y acabar sin descanso.

El día que desapareciste recuerdo haberme quedado ciega. Ya no sabía a dónde dirigirme. Todo era negro, algunas veces nuboso hasta que, un día, todo se volvió gris. Pude diferenciar los rostros y los paisajes pero todo, absolutamente todo era igual. Un gris de matices grises.
¿Dónde estás? Muchos dicen que te ahogaste en la mar, otros que eras demasiado libre como para seguir en este lugar de almas olvidadas. Quiero creer que fue la primera opción. No quiero ni imaginar que me dejaras aquí abandonada a mi suerte, cuando yo pertenecía a tu vida. Me hubieses roto en mil pedazos.
Pero, ya no sé qué pensar. No consigo distinguir colores. Visito la mar todos los días desde hace 20 años. La vida se me apaga. No me queda ni una lágrima más. Tampoco un ápice de esperanza.

Al principio ella intentaba salvarme. No sabes cómo duele sumergirse en el agua a unos 4 grados. Imagina miles de cuchillos afilados que te atraviesan 50 veces por segundo, sin parar. Con este dolor intentaba hacerme cambiar de idea. Pero mi alma ya estaba muerta, el dolor físico era lo de menos.
Cansada por hacerme recapacitar, prefirió atacar mi sistema respiratorio. Me ahogaba, el dolor en el pecho que subía hasta mi cerebro era mil veces más doloroso que el frío instalado en mis huesos. Y espero que sepas lo que es que te revienten los tímpanos por la presión del agua. A lo mejor imaginas lo que es que te estallen los pulmones porque se hinchan por esta causa. Y lo que significa alcanzar, por fin, una paz eterna bajo la mar.
La mar ahora me acariciaba y me acunaba en su lecho.

Buceando en sus entrañas te buscaba. Debías de estar en este paraíso sumergido. Estaba segura de que habías muerto bajo sus aguas.
Pero nunca te encontré.

Maldito seas…

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Sequía



El otro día me encontré con mi amiga Estefanía, a la que no veía desde el instituto. La pobre llevaba sin beber agua unos 4 años. Su estado era lamentable: sus ojos caídos, la boca exigiendo saliva y la lengua rota por la deshidratación. Asustada por la imagen que me mostraba, le ofrecí mi botellín de agua. Ella se abalanzó hacia él al asomarse por la cremallera abierta del bolso. Bebió todo el contenido pero, al contrario de lo que debería pasar, su estado empeoró.

Quería llorar pero no le quedaban lágrimas. Se las había bebido todas.

En el agua se crearon los primeros seres vivos. Sin ella el ser humano no existiría. Pero hay riachuelos de un agua muy distinta, fluye por otra parte del cuerpo y se escapa en actos y sonrisas.

«¿Pero qué hace uno cuando tiene sed y el agua no está cerca?»

Esto fue lo último que me dijo Estefanía antes de caer al suelo sin vida.

La autopsia reveló falta de cariño, soledad crónica y una terrible melancolía y desasosiego por una mirada gris que nunca volvió a reconocer.

Fotografía: Rocío Hernández

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Silvia


Su abuela siempre se lo había dicho: «Esta niña ha nacido con estrella». La pequeña Silvia no dejaba de preguntarle qué significaba. La abuela la miraba con picardía hasta transformar su gesto en una caricia comprensiva con restos de pena y angustia.

Silvia creció, vivió en una familia acogedora, algo alocada pero feliz. Nunca llegó a conocer la desgracia ni el desánimo. Sus padres la querían, tenía amigos y una vida social reconfortante. El dinero no sobraba pero era suficiente para poder disfrutar de agradables veladas. A la vez que crecía se daba cuenta de su potencial, de que ella se alejaba de lo convencional, que le costaría encontrar lo que de verdad le llenara.

No era guapa, cosa que no impedía que fuese un imán para hombres y mujeres. Experimentó, destrozó corazones y el suyo parecía partirse con el olor impregnado en las sábanas de amantes esporádicos. Un día como otro cualquiera su vida cambió. El instante en que sus miradas se alejaron la estrella que acompañaba a Silvia explotó como una supernova dejando pedazos esparcidos en el alma. Ni el pegamento más fuerte conseguiría recomponer una estrella moribunda.

Él no volvería jamás. Ella lo sabía y le costaba respirar. Decidió seguir adelante sin estrella, sin pasión ni ilusión. Alzaba la mano a desconocidos para que agarrasen los pocos pedazos que quedaban. Ella decidió aferrarse a David, un buen hombre de gran corazón. Fue así porque él recogió el último trozo que le quedaba a Silvia, el más grande y el que aún brillaba con luz propia. Silvia se agarró tan fuerte que no se dio cuenta que robaba parte de la luz de la estrella de David. Ella ya no existía y hacía desaparecer poco a poco al hombre que lo daba todo por ella, hasta su propia existencia.

Los peores momentos llegan juntos. Sus padres murieron, ella no podía tener hijos, su hermana había muerto en un trágico accidente. En el velatorio miró a su hermana sin lágrimas en los ojos, cogió la mano de David con fuerza y pensó en aquél hombre que le robó la luz. Quiso estar a su lado, que él fuera quien le apoyará en estos momentos tan difíciles. Creyó tenerlo al lado, percibir su olor a castañas asadas y comenzó a llorar desesperada. David le abrazó, ella se agarró fuerte a sus hombros. Se sintió tan desgraciada por no poder iluminar toda la estancia con la luz que le robó un maldito embustero. Se sintió una ladrona, una puta barata que roba y utiliza el brillo de los de su alrededor. Lloraba por ella. Vergüenza, pena, angustia y desprecio. Su abuela era una mentirosa, ella no había nacido con estrella. Las estrellas duran más tiempo. Antes deben consumirse por completo para explotar.

Al otro lado del charco un terrible suceso acababa de ocurrir en un pequeño lago a las afueras de una gran ciudad. El mejor cantante de blues de todos los tiempos se había suicidado y había dejado un rastro de luz cegadora. Rastro que siguieron los policías para encontrar el cadáver.

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