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El club de los sentimientos muertos

Hace tiempo trabajaba para una empresa que poseía un departamento muy singular. Nos dedicábamos a escribir las sensaciones o los sentimientos de las personas que pasaban por allí. No era una tarea nada fácil para los tiempos que corrían. Los clientes que entraban tímidamente a nuestra sección les costaba mucho expresarse, se sentían nerviosos porque percibían la angustia de que, lo que habían transmitido o lo que había sentido, se disipaba a mil por hora. Supongo que aún quedaban personas que querían guardar en nuestros archivos ciertas cosas antes de que las dejáramos de sentir.

El mundo estaba destinado a que nos convirtiéramos en seres inertes, simplemente habituados a los quehaceres del día a día, a las necesidades básicas y en explotar un planeta que ya se había cansado de pedir auxilio. Y quizá nosotros también.

Este departamento empezaba a devaluarse ya que apenas llegaban personas. De mis ocho horas de jornadas laborales quizá tenía la suerte de hablar con dos o tres personas y, si el día era bueno, incluso con cinco.

Ese día el jefe nos había dado un aviso: el departamento tenía sus horas contadas de vida. Clausuraría sus puertas en apenas unas semanas.

Me sentía frustrada, pero comenzaba a contaminarme de esa enfermedad que llaman apatía y, al cabo de horas y días posteriores empezó a darme un poco igual, total, nos habían asegurado un puesto para redactar comunicados oficiales del Estado y prospectos médicos. Todo muy a la par.

Ese día no vino nadie hasta última hora. Empezaba a recoger mis cosas aunque faltaban 20 minutos todavía para nuestro fichaje de salida. Entró una chica tímida, con la mirada perdida y que caminaba sin confianza mirando a todos los que estábamos allí, averiguando quién podría proporcionarle más confianza. Ella me eligió a mí.

Se sentó frente a mi escritorio. Para evitar contacto físico nos separaba también una vitrina de cristal con pequeños huecos donde podíamos escuchar a nuestro cliente. Noté su nerviosismo y sus temblores desde el cristal, hasta perfilaba las vibraciones de su inestabilidad. Apenas conseguía mirarme a la cara y todavía se percibía su rubor que le subía hasta las orejas, las cuales tenía coloradas.

Le pregunté sin dilación que me contara sus sensaciones, sus sentimientos, qué había pasado para poder guardarlo en los archivos antes de que la apatía la contagiara. Entonces fue cuando me miró a los ojos y sonrió. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos, pero no podía dejar de sonreír.

¿Os había dicho que empezaba a sentirme apática? Pues con ella todo esto se esfumó y pude entrever qué sensaciones tenía, qué sentía, qué quería transmitirme. Fueron 20 minutos que, en ese momento, pensaba que no podría olvidar.

De sus balbuceos pude distinguir las siguientes frases:

  • “Su voz era ronca, estaba medio rota y quebrada”
  • “Sus manos eran grandes, pero no paraban quietas cuando se emocionaba”
  • “Contaba chistes malos”
  • “Se reía si le decías algo bonito”
  • “Su sonrisa hablaba más que su boca”
  • “Sus ojos hablaban más que su sonrisa”
  • “Sus abrazos hablaban más que todo lo demás junto”
  • “Pero sus palabras no hablaban nunca”

Mientras me comentaba las características de la persona con la que había tratado, con la que había mantenido algún contacto antes de que llegara la apatía, no podía dejar de llorar.

Escribí su caso fervientemente, mis manos no paraban de seguirla, al mismo tiempo que yo misma me ruborizaba por todo lo que me contaba, pudiendo sentir cómo se me erizaba la piel al igual que la de ella y como el corazón casi se nos salía por la boca a las dos.

Y, entonces, en el momento álgido, cuando ella balbuceaba algo como “noche”, “abrazos”, “besos”, “desapareció”, “no existe”, “imbécil”, “mentiroso”, “te quiero”, “te odio”, “¡¿por qué?!… Se quedó callada e inerte. Su mirada se encontraba perdida, ya no miraba a ningún lugar.

Le rogué que continuara explicándome todo lo que pudiera, aunque fueran palabras sueltas que apenas se podían entrelazar entre ellas para contar una historia. No volvió a salir sonido de sus labios.

Cogió su bolso que descansaba en el suelo, justo al lado de una de las patas de la silla. Se levantó con las lágrimas aún brotando de su rostro y salió por la puerta.

Yo me quedé de piedra y, durante unos minutos, mantuve mi mirada fija en la puerta por la que había salido y había entrado tan solo 20 minutos antes. Mi mirada tenía la esperanza de verla aparecer de nuevo para contarme más sensaciones.

Al cabo de un rato me di cuenta de que mis manos seguían en posición de escritura en un teclado invisible, que la pantalla reflejaba lo que mis ojos querían ver y que mi corazón, lentamente, comenzaba a palpitar mucho más lento, hasta conseguir una tranquilidad comatosa.

Antes de entrar en el estado apático de nuevo, verifiqué quién firmaba en el último archivo del club de los sentimientos muertos, quién era aquella persona que pudo explicar, apenas con palabras sueltas, con balbuceos, llantos y sonrisas, lo que le había ocurrido.

Esa persona era yo misma.

Me encontraba al otro lado de la mesa, tras la vitrina de cristal.

Miré a la puerta casi sin esperanza. Cogí mi bolso postrado en una de las patas de la silla y salí por ella.

Me giré tras cerrarla con llave y moví el cartel de “Abierto” a “Cerrado permanentemente”.

Caminé hacia un pasillo sin destino mientras empezaba a notar cómo mis orejas volvían a su estado natural y cómo mis lágrimas se secaban cada vez más rápido por mis mejillas.

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Ignore the smoke

Tendemos a querer mirar con los ojos abiertos. ¿Alguna vez has intentado cerrar los ojos y probar?

Tuve la ocasión de ser una de esas pocas personas privilegiadas a las que invitaban a la fiesta del humo. El objetivo básicamente era no ver. Simplemente sentir. Lo que no me contaron es que la gente iba allí para ignorar la realidad. Ignorar el humo y sonreír, simplemente sonreír.

Te soltaban sin darte ninguna explicación. Al principio mantienes los ojos abiertos para observar a tu alrededor, intentando disipar algo entre un humo tan espeso que hacía que tus lacrimales provocaran lágrimas de escozor.

Con los ojos aún abiertos me choqué con alguien, pero no podía ver cómo era. Empecé a inspeccionarlo con mis manos. Algo más alto que yo, la piel estaba algo seca, casi sin vida. Cuando posé mis manos sobre sus ojos me di cuenta de que los tenía cerrados y, cuando rocé sus labios, noté su sonrisa. Pero él no me respondía. Simplemente dejaba que le tocase sin ningún remordimiento, sin ninguna reacción.

Así sucedió con unos cuantos más pero nunca, nadie, respondía a mis caricias. Tampoco hacían caso de mi voz, la cual se quedaba sobrevolando en el aire sin encontrar ningún receptor que la escuchase. Sin embargo, todos ellos tenían en común una postura rígida, inamovible y, sobre todo, que sus ojos se encontraban cerrados y su sonrisa permanente.

Pasaban las horas, incluso llegaron a pasar días y me sentía desesperada intentando encontrar la salida entre todo ese humo espeso. ¿Por qué me invitaron? ¿Por qué acepté? ¿Qué querían de mí?

Los ojos no dejaban de picar y de escocer y, debido al agotamiento, me desplomé y me quedé profundamente dormida. Noté un ligero roce en mis brazos, apenas apreciaba cómo me levantaban y me ponían de pie, totalmente rígida.

Unas suaves manos cerraron mis ojos y expandieron la comisura de mis labios hasta hacerme sonreír. Pasados unos minutos ya no sentía nada, pero mi cerebro sabía que me estaban manipulando, que me estaban utilizando, que hacían de mí lo que realmente querían sin yo tan siquiera darme cuenta, sin poder reaccionar.

Pero notaba que estaba sonriendo y que mis ojos estaban cerrados.

Lo último que pude apreciar antes de desaparecer de mí misma fue a alguien que me susurraba:

“Ignore the smoke and smile”

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Desgarre

Otra vez mi piel se cae a trozos, otra vez el desgarre consigue que me sienta frágil y desamparada.

Ni el paraíso más codiciado de todas las religiones existentes conseguirían que volviera en sí. Siento que he desaparecido.

Mis pies descalzos no dejan de sangrar mientras camino en la oscuridad más temible de todos los tiempos. No consigo iluminarla, no consigo que desaparezca. No oigo mi propia respiración.

Esperando el arrepentimiento de un alma que hace tiempo echó a volar. Me quedé aquí esperando a que volviera, a que me sacara de la oscuridad que empezaba a comerme por dentro, a callar mi voz. Ahora me he quedado ciega y nada ni nadie conseguirá que no me desgarre.

¿De verdad tengo que seguir esperando? ¿Para qué?

Este desgarre es tan profundo que no podré sobrevivir una vez más.

Caminando sin destino, sin una guía que ilumine el camino me he detenido.

El desgarre se suma a un grito de desesperanza que consigue romper mis cuerdas vocales.

No sé si mi voz pudo llegar al cielo, allá donde echaste a volar.

Ojalá sobreviviera para saberlo…

 

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Cold little broken heart

Hoy mi corazón se ha vuelto a romper en una mezcla de felicidad jocosa cargada de esperanza a la que gana la tristeza más absoluta junto con la rendición. La sensación es parecida a cuando ves que tus sueños están a punto de hacerse realidad pero, de repente, un bofetón de la más cruda realidad te hace despertar y darte cuenta de que lo que has sido es, simplemente, una boba más.

Tan solo he visto a una pareja de ancianos dándose la mano y diciéndose cosas bonitas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos, como si ese momento en el que estaban sentados en un banco a punto de ver el atardecer ocurriera 40 años atrás, cuando tenían su primera cita y los nervios daban lugar a las mariposas en el estómago.

La verdad es que, pocas veces, se da la ocasión en la que se pueden observar estas imágenes porque, el amor, ya no posee una cara expresiva, se esconde tan tímidamente que es imposible encontrarlo. Sin embargo, esta vez alumbraba mi vista y descongelaba mi pequeño y roto corazón al ver cómo él le preguntaba: “¿qué tal si nos damos un baño?, ¿has traído el bikini?”. Ella le contestaba: “ya no tengo edad para ir en bikini”. Él se reía y le decía: “¡no digas tonterías! Para mí estás preciosa con cualquier cosa que te pongas”. Silencio. Un silencio para nada incómodo porque ella sonreía tímida, como si volviera a los 20 y pocos cogiéndole la mano a la persona que le había comprendido durante tantos años, a pesar de las flaquezas, de las debilidades, de las discusiones y de las pérdidas.

Ella le mira y le pregunta: “¿qué tal si nos vamos? Empieza a hacer fresco”. Él la observa con esos ojos de admiración que solo han sumado arrugas. La mirada continúa siendo la misma y sus pupilas brillan cada vez que la observa, que le come con la mirada. Respondió: “quedémonos un poco más, quiero esperar al atardecer”.

Yo escuchaba toda la conversación sentada en un banco que tenía justo al lado de ellos. Estaba sola. Solo me acompañaba la brisa que movía mi pelo de un lado para el otro. Las lágrimas empezaban a brotar a mis ojos. Me daba cuenta que mi corazón empezaba a descongelarse, a coger calor, a ganar esperanzas…

Menos mal que me levanté corriendo y escapé de la escena consiguiendo que volviera a enfriarse y a hacerse pequeño. La realidad volvía a golpear fuertemente.

Una vocecilla quedaba a lo lejos, en un rincón escondido de mi cerebro y, en concreto, de una pequeña parte de mi corazón que todavía no se había congelado. Apenas escuché su susurro, en realidad no quería: “no huyas de la esperanza”. Pero mi parte racional sabe con perfecta antelación que no me espera un futuro como aquél.

Las imágenes más bonitas que puedas imaginar son las que me rompen por dentro. Quizá es porque me siento totalmente alejada de la imagen que estoy observando, como si viera un mundo de fantasía que nada se asemeja a la realidad, a mi realidad.

Con los 20 sentía una terrible envidia y estaba segura de que podría encontrar a alguien que pudiera descongelar por completo este pequeño corazoncito que, cada vez, palpita menos respecto a mí, respecto a mi futuro. Ahora, tras tiempo enfriándose, es cuando comienza a caerse en trocitos de escarcha, de pequeños ligamentos de hielo cada día que pasa. Y no deja de doler.

Sin embargo, no siento envidia. Siento alegría al comprobar que el sentimiento más universal a veces aparece y que sigue estando tan vivo como siempre, aunque cada vez sea más difícil encontrarlo.

Aunque no me corresponda a mí, aunque yo no lo encuentre nunca, el hecho de que exista ya me hace la persona más feliz del mundo.

Sigue ofreciéndome imágenes como éstas, aunque sepa que no seré para ti, que no estoy dentro de tu colección de personas que han encontrado la felicidad pues, así, nos haces vivir esperanzados.

Todo cobra sentido, aunque sea solo una fantasía.

 

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