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The Queen

Acariciaba sus dedos suavemente. Su mano derecha jugaba con la izquierda y, la izquierda, pellizcaba sin dolor parte de la palma de la mano derecha. Estaba nerviosa. Por eso solo realizaba este gesto cuando se encontraba de espaldas mirando hacia la ventana, sabiendo que nadie le prestaba atención en ese instante.

Solía tener el ceño fruncido, seguramente por el peso de una enorme coraza que le cubría de cualquier mal, de cualquier ataque, cubriendo sus sentimientos hasta lo más profundo para que nunca vieran la luz. Esa coraza permitía que descansaran en paz sin ser molestados porque, sus sentimientos, ya no necesitaban respirar. Ella creía que habían perecido para siempre. Pero ni La Reina posee el poder suficiente cuando se trata de la ira, del amor, del odio, de la desesperación, de la tristeza y, mucho menos, de la esperanza.

Pero esa noche sus manos no estaban rígidas ni secas como de costumbre. Sudaban y temblaban y la pobre ilusa pensaba que pellizcando su mano derecha conseguiría que se calmaran.

Su ceño se había relajado por primera desde hacía mucho. Sus cejas, casi imperceptiblemente, se había arqueado hacia arriba en un gesto de tristeza. Sintió como su rostro se relajaba, como dejaba paso a las arrugas de una expresión real, al mismo tiempo que notaba cómo afloraban esos sentimientos de una coraza que se estaba haciendo añicos.

Miraba por la ventana. Era de noche y corría una suave brisa. Apenas había luces encendidas en El Reino. Alguna vela que alguien se había olvidado apagar o que había dejado aposta para que los fantasmas errantes pasaran de largo, entendiendo que no eran bienvenidos.

Hoy su memoria estaba en contra de ella. Sus recuerdos afloraban mucho más rápido que lo que su coraza corría para proteger sus sentimientos escondidos. Quizá era el exceso de vino. Quizá era el agotamiento. Quizá era el momento. Por suerte La Reina se encontraba sola en sus aposentos mirando a un cielo sin estrellas a causa de una Luna llena poderosa que la cegaba, pero no impedía que brotaran lágrimas de un rostro que se desfiguraba por la extenuación de llevar todo el peso sobre sus hombros. Ella estaba en la obligación de cuidar de su pueblo, de su familia, del Rey. Ella debía parecer férrea y segura en todo momento. No podía flaquear ni dejar que su maquillaje se disipara. Sus ojos tenían que estar abiertos y atentos a cualquier paso en falso, a cualquier traición, a cualquier calumnia. Y nunca, por dios, nunca, sonreír.

Miraba a la noche cegadora con cierto alivio. Sonreía con dulzura y cierto ápice de tristeza al ver cómo su coraza, fuerte, férrea e inmortal, se caía a pedazos, se destruía. Y notó como brotaba una inmensa felicidad desde lo más hondo de su alma. Y respiró, pudo respirar a pesar de que continuaba llevando ese estúpido corsé que le oprimía el pecho y los órganos.

Sus manos se tranquilizaron y sus cejas se acentuaron en un gesto de jolgorio mostrando a la noche de Luna llena una preciosa sonrisa de dientes blancos y resplandecientes. Ni siquiera recordaba que pudiera jugar con sus labios de esa manera. Sintió la brisa en su rostro y soltó su cabellera de rizos dorados que se encontraban encarcelados en un peinado digno de jornadas intensivas de peluquería.

Agarró la cornisa de la ventana con fuerza e hinchó su busto al cielo. Con una enorme bocanada de aire comenzó a reír a carcajadas al mismo tiempo que no podía dejar de llorar de alivio.

Como miles de veces había ocurrido, adelantó su torso completo hacia adelante y alzó las manos cual pájaro que quiere echar a volar, que ansía la libertad y, sobre todo, que está desesperada por amar, por sentir sin reproches. Esta vez iba a emprender el vuelo sin retorno. Lo tenía decidido.

Sonreía sin miedo, notaba la brisa azotar su rostro como pequeñas caricias de aquellos amantes que la habían deseado de verdad y que le habían hecho creer promesas rotas. Cuando comenzó a sentir la libertad, cuando notaba cómo el vacío de la gravedad se apoderaba de ella para elevarla hacia el cielo, alguien tocó a la puerta.

“Mamá, ¿puedo pasar”

Recobró la consciencia y volvió de golpe a la realidad. Sintió como su ceño volvía a su configuración antinatural de mujer poderosa y férrea. Sus manos recobraban esa rigidez que la caracterizaba y su espalda se incorporó en la firmeza de las que demuestran que nada ni nadie podrá con ellas.

“Entra hijo”

Cuando su pequeño retoño abrió la puerta tímidamente, pudo ver al fantasma de su madre con rostro serio, manos rígidas y talante férreo con lágrimas que se secaban en su rostro.

Y al verle ella sonrió con la dulzura de una madre que adora a sus hijos ofreciéndole sus brazos en gesto de abrazo y cobijo.

Porque no podía marcharse todavía. Porque no podía dejar a sus hijos crecer en el mundo cruel al que ni ella había podido sobrevivir. Porque, ahora, ella era la coraza de sus pequeños y no dejaría que nadie le viera flaquear por un solo instante.

Porque ella era LA REINA.

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Princesas sin corona

Sobrevalorada. Estás sobrevalorada. Pero, al final del día, no vales nada. En las ilusiones puedes conseguirlo todo, convertirte en el ser más poderoso de todos los tiempos. Y nadie puede destruirte.

En sus sueños ella se cree una princesa de cuento que lleva sobre su cabeza una preciosa corona plateada con zafiros que hacen juego con su vestido de color morado. Ella juega cada día en los campos de fresas para siempre. Corretea sin perder el aliento alrededor de flores de tantos colores como los que puedas imaginar sin parar durante 10 minutos. No le da miedo tropezarse porque su corona queda intacta en su despampanante cabellera pelirroja, tan roja como la sangre. Sus ojos verdes desentonan con los destellos de sus joyas, pero quedan perfectos con el traje que recorre todo su cuerpo tapándole los pies.

Nunca pierde la sonrisa, esa preciosa sonrisa con dientes perfectos y blancos. Sus mejillas sonrosadas desprenden un aspecto angelical y virgen, pero que se contraponen a su mirada pícara y lujuriosa sobre una piel pálida. El sonido más bonito que pudieras escuchar jamás sale de sus labios sonrosados que no necesitan de carmesí, ya que son perfectos y aterciopelados.

Y tropieza. El golpe es tan fuerte que, además de partirse en dos sus labios de ensueño, su corona se desprende de su cabellera y sale rodando entre las flores. A medida que la corona va perdiendo fuerza al girar las flores empiezan a marchitarse poco a poco.

Se queda postrada entre las flores marchitas porque no le quedan fuerzas para levantarse, ni siquiera para esbozar una leve sonrisa. Y despierta, princesa, despierta.

Una noche fría de invierno, de esas de las que no deseas salir de debajo del edredón. Afuera nieva con fuerza y el viento golpea las persianas provocando sonidos ensordecedores, con tanta violencia que despertarían a cualquier alma errante. Ella cobra sentido hacia la realidad de su habitación oscura y solitaria.

Despertaba poco a poco para cerciorarse de que ya no existía el campo de fresas para siempre, ni tampoco las flores y, mucho menos, su precioso vestido morado. Su pelo había perdido su color rojo sangre y sus ojos volvían a ser de ese marrón aburrido que todo el mundo está harto de ver. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sus ojos no estaban hinchados, no se sentían cansados ni abrumados. No le recorrían lágrimas hasta la comisura de unos labios que se encontraban cortados a causa del frío que comenzaba a entrar tras recobrar la conciencia.

Dibujó una sonrisa en su cara a pesar de que, al hacerlo, sus labios se agrietaran más. Se sentó en la cama y miró como el aire y la nieve azotaban su ventana a medio abrir. Comenzaba a amanecer y, con el primer rayo de luz del día, ella observó sus manos huesudas y de piel blanca, casi tan blanca como los copos que caían del cielo.

Un salto al corazón. Un aliento entrecortado. Un grito ahogado. Su mano se elevó rápidamente hacia su cabeza en busca de su corona perdida.

Cuando ella se dio cuenta de que la había vuelto a perder sus lágrimas volvieron a brotar.

 

 

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